Mar 27, 2017
Etiquetado como Derechos Humanos
“Sólo le pido a Dios
Que el dolor no me sea indiferente
Que la reseca muerte no me encuentre
Vacía y sola sin haber hecho lo suficiente
Sólo le pido a Dios
Que lo injusto no me sea indiferente
Que no me abofeteen la otra mejilla
Después que una garra me arañó esta suerte
Sólo le pido a Dios
Que la guerra no me sea indiferente
Es un monstruo grande y pisa fuerte
Toda la pobre inocencia de la gente
Es un monstruo grande y pisa fuerte
Toda la pobre inocencia de la gente”
(León Gieco)

Entrar a la casa de la memoria de Trujillo, Valle del Cauca se dio en medio de la música y la alegría. Se escuchaba la marimba en la distancia, mientras gran cantidad de personar deambulaban por la casa.  La casa de la memoria estaba llena de vida, de ruido por el movimiento continuo de la gente. Las personas deambulaban leyendo los cuadros y relatos de la tragedia que hace 25 años azotó al municipio.

Llegar a la casa implicó  el esfuerzo de subir una pendiente, de sudar para encontrar un lugar refrescante que bullía en animo y en disposición para empezar el día.

Se sentía un ambiente de fiesta, todos preparándose para el recorrido. Era una conmemoración de los hechos trágicos que se vivieron, pero también era un clamor por la vida, por la lucha continúa en contra de la violencia y el olvido. La expectativa frente a lo que iba a pasar se sentía en el aire, jóvenes, adultos, acianos y niños se unían para clamar por la memoria. En un murmullo constante que iba tomando forma, nos encontrábamos todos esperando el inicio del recorrido. Estábamos en el lugar preciso, en el momento justo. Aguardando la señal para comenzar a caminar por la memoria de lo sucedido, a recordar invocando al pasado en el ejercicio de movernos en grupo, como un solo cuerpo. 

La peregrinación empezó  con el descenso al pueblo, al parque central, todos juntos caminando con el sol y el calor de las 10 de la mañana en Trujillo. Hacíamos el recorrido en medio de cantos, y consignas de resistencia. Íbamos todos en medio las ventanas y las puertas abiertas,  que dejaban al descubierto caras curiosas y miradas interrogativas,  que buscaban entender lo que pasaba.

La primera parada la hicimos en la calle de los ebanistas, denominada así en honor a las personas asesinadas que se dedicaban a esta labor. El padre Javier Giraldo y la hermana Maritze Trigos recordaban a las personas que habían sido desaparecidas y torturadas, y que se desempeñaron ese oficio. Después nos detuvimos en la calle de los motoristas, que también fueron asesinados y descuartizados. La música y la sirena del carro de bomberos nos seguía acompañando, pero las tragedias que recordábamos y que dolían, iban trasformando la actitud hacía la contemplación, y seriedad frente a la herida que se volvía a abrir.

Pasamos al frente de la iglesia, digna de ser el centro del pueblo, por su magnitud y solemnidad. Al llegar a la tercera parada, ya le habíamos dado la vuelta al parque central de Trujillo. En esta oportunidad la reflexión se hizo sobre el asesinato del padre Tiberio Fernández. El sol ya había subido, se encontraba en el cenit.

Seguimos caminando pero esta vez de regreso hacia el monumento de la memoria.  Todos juntos en la subida para realizar la eucaristía. El camino era escarpado, empinado y era difícil la ascensión, requería un esfuerzo continúo. La capilla donde se guardan los restos del padre Tiberio se encuentra en la parte más alta de la montaña. El monumento de todos los asesinados en Trujillo, donde se encuentran los osarios, con los dibujos de cada persona masacrada, está sobre la montaña, realizar el recorrido implica subir, esforzarse.

La exigencia física que hay que hacer para subir al monumento y recorrerlo, representa el esfuerzo que se ha hecho por mantener viva la memoria, por seguir en la lucha a pesar del dolor y del cansancio. Un pie delante de otro y arriba, haciéndole frente al cansancio, al sudor, a la desesperanza . Hay que esforzarse y mantenerse para construir memoria, persistir para mantener un proceso. Realizar el recorrido es una metáfora de resistencia al olvido, de continuidad en la lucha a pesar de todos los inconvenientes que se presentan. El esfuerzo de subir es como la dificultad de mantener  la memoria. 

La ascensión al monumento va acompañada de las oraciones de la eucaristía católica, y los cánticos que todos hacemos para acompañarla. Es un proceso lento, que requiere paciencia y determinación.

Vamos deteniéndonos cada vez que es necesario para una oración. Al mismo tiempo se van observando los dibujos de las personas asesinadas, pintados por los familiares; el panadero, el carnicero, la mamá con el bebe, el recolector de café, el militar, el campesino, el conductor, uno a uno van apareciendo diferentes roles sociales. Todas las personas que componían al pueblo, la gente que hace 25 años recorría las calles, haciendo diariamente su trabajo, desempeñándose en las labores cotidianas para vivir.

El parque de la memoria es un lugar sagrado, ahí reposan los restos de todas las personas asesinadas. Allí habitan los muertos, pero es un lugar vivo, porque mantiene la memoria presente, por que es un espacio permanentemente visitado, pensado y cuidado. Al hacer el recorrido acompañamos a los muertos en su descansando, y a los familiares vivos les brindamos nuestros pasos de apoyo y solidaridad.

María del Pilar Quiñones 

Modificado por última vez en Lunes, 10 Agosto 2015 04:14