Feb 24, 2018
Prensa

Prensa (56)

El Consejo Profesional Nacional de Arquitectura, reveló el año pasado que entre 2016 y marzo de 2017 se radicaron 231 denuncias por malas prácticas de los arquitectos en el país. De otra parte, el sector de la construcción en el país viene creciendo de manera dinámica llegando a una tasa anual del 35%, según la Cámara Colombiana de la Construcción. Este crecimiento aceleró también las denuncias. Pero lo que está en juego es la vida de miles de familias en el país, lo que ha pasado en Cartagena al aplicar la orden de desalojo de 16 proyectos declarados en calamidad pública debido a su alto riesgo de colapso, se suma a situaciones como el desplome del edificio Blas de Lezo, en la misma ciudad y lo ocurrido con proyectos como el desplome del edificio Space en Medellín hace dos años.

Pueden ser varias las causas de estos hechos. La calidad de la formación de los profesionales de la ingeniería y arquitectura, la deficiencia de los materiales utilizados, estudios de suelos insuficientes, licencias de construcción falsas o compradas o lo que sería aún peor, la disminución los costos de construcción para aumentar las ganancias, sin importar la suerte de los que van a habitar el inmueble. Le cabe en esto responsabilidades tanto a los profesionales y universidades para que ejerzan el con responsabilidad su labor, como también a los entes gubernamentales, locales y nacionales encargados de controlar y exigir el cumplimiento de los estándares de calidad exigidos por la ley.  Pero, si bien es necesario que existan estas leyes, no es suficiente, se necesita gestión y aplicación real de las mismas, de lo contrario, se queda todo en el papel y los problemas crecen, como viene creciendo la baja calidad de la construcción de vivienda, vulnerando el derecho a la vivienda de muchos hogares.

Jesús, en el Sermón del Monte, trae la parábola de los dos constructores. Ella no solo da luces para la construcción física de las edificaciones sino, esencialmente, para el crecimiento de los seres humanos: “A cualquiera que me oye estas palabras y las pone en práctica, lo compararé a un hombre prudente que edificó su casa sobre la roca. Descendió la lluvia, vinieron ríos, soplaron vientos y golpearon contra aquella casa; pero no cayó, porque estaba cimentada sobre la roca. Pero a cualquiera que me oye estas palabras y no las practica, lo compararé a un hombre insensato que edificó su casa sobre la arena. Descendió la lluvia, vinieron ríos, soplaron vientos y dieron con ímpetu contra aquella casa; y cayó, y fue grande su ruina”. (Mt 7:24–27)

 

 

Luis Guillermo Guerrero Guevara

Director Cinep/Programa por la Paz

Editorial: Por una paz completa

  • Feb 02, 2018
  • Publicado en Prensa

Hace 14 meses se firmó el Acuerdo de Paz. En este marco se reunió el 4 de enero, en Cartagena, el componente internacional de la Comisión de Seguimiento, Impulso y Verificación a la Implementación del Acuerdo, compuesto por los expresidentes Pepe Mujica de Uruguay y Felipe González de España, en compañía del Presidente Santos y delegados de las FARC. Según los análisis elaborados por varias entidades entre ellas el Instituto Kroc, el CERAC y el Cinep/PPP, si bien el Acuerdo Final ha tenido avances significativos en lo que respecta al cese al fuego, la dejación de armas por parte de las FARC, la creación de su partido político y los desarrollos legislativos para proteger el espíritu e integralidad del acuerdo, entre otros asuntos, el proceso de implementación apenas alcanza un 18% de la totalidad de la implementación normativa. Es mínimo el avance en lo que respecta a la Reforma Rural Integral, la participación política, la Justicia Especial para la Paz y el punto más importante del Acuerdo: la verdad, la reparación y no repetición de la violación de los derechos de más de ocho millones de víctimas que dejó el conflicto social y armado de medio siglo en Colombia.

Es por eso que el pronunciamiento de los expresidentes Mujica y González se centró en pedirle al Estado y a la sociedad colombiana, una implementación más intensa y contundente. El Acuerdo representa un compromiso de las partes con el pueblo colombiano. Compromiso que fue refrendado por el Congreso de la República y revestido de constitucionalidad por la Corte Constitucional, pero igualmente es un compromiso con la comunidad internacional y la paz mundial.

Preocupa especialmente a los expresidentes que la implementación del Acuerdo, coincida negativamente durante este semestre, con la campaña electoral al Congreso y a la Presidencia de Colombia.

Al respecto, la Conferencia Episcopal colombiana en varios documentos ha insistido en que el país necesita una Paz completa. Lo que supone una Paz cimentada en la reconciliación con justicia social, equidad y convivencia en medio de las diferencias. Una Paz que respete la vida de los líderes y lideresas sociales. Igualmente, la Conferencia Episcopal y la Misión de la ONU, pidieron al gobierno y al ELN, en un comunicado del 8 de enero, definir un acuerdo de cese al fuego más robusto que genere mayor confianza entre las partes y en la sociedad colombiana.

 

Luis Guillermo Guerrero Guevara

Director Cinep/Programa por la Paz

Pareciera que últimamente nos mecemos entre la esperanza que produce saber que el cese bilateral se mantiene, y el escepticismo que deja presenciar las manifestaciones de la inestabilidad política y social del país. En medio de esta fluctuación cotidiana, la Mesa de Quitó realizó las Audiencias Preparatorias, que buscaban insumos para definir los términos de la participación del primer punto de la agenda del Acuerdo de Caracas, en el marco del cuarto ciclo de negociaciones que, en líneas generales, culminó “satisfactorio” a pesar de todo.

Resulta paradójica nuestra fluctuación anímica.

En principio, un estímulo para la participación fue el primer paso dado por ambas delegaciones con la declaración del cese al fuego, que apareció como una esperanzadora muestra de humanidad y voluntad bilateral luego de la visita del Papa. Sin embargo, del dicho al hecho, ha habido mucho trecho, y la responsabilidad en esto ha sido de parte y parte.

El proceso de paz dejó de estar relegado en la agenda de la opinión pública gracias a seguidilla de ciertas noticias que ahondaron la incertidumbre: la renuncia de Juan Camilo Restrepo y del general Eduardo Herrera, así como el anuncio de la reestructuración del equipo negociador del gobierno, si bien parecen una oportunidad, son un reto en el camino de llevar a la mesa al anhelado “punto de no retorno” antes de las elecciones. La tarea parece mayor, teniendo en cuenta que ya Ordóñez, Holmes y Duque se sumaron a la opción de Cambio Radical de suspender las negociones, de triunfar en las presidenciales.

Por desgracia, aunque fue el ELN quien puso la necesidad de frenar los ataques contra los líderes como uno de los compromisos del cese bilateral y como garantía necesaria para el ejercicio de participación, el correlato de su exigencia fue la muerte del gobernador indígena Aulio Isarama Forastero, producto de un “error” cometido por los hombres del Frente de Guerra Occidental de esta guerrilla, aún sin representación en la Mesa. Este suceso y el éxodo consiguiente de las comunidades indígenas de la región, sumado a la alarmante crisis humanitaria que se atiza cotidianamente en el Pacífico –pruebas de eso la masacre de Llorente y la masacre de Magüí Payán-, refuerzan la intuición que indica que la persistencia de las condiciones que han causado y avivado la confrontación en lugares concretos, es lo que determina los factores que hacen más vulnerables a líderes sociales y comunidades específicas, y es precisamente en la existencia de estas condiciones donde puede verse el carácter sistemático de una tendencia que el gobierno se niega a reconocer.

Los acuerdos de la Habana aparecieron como un primer paso en el proceso de superación de estas condiciones. Sin embargo, el incumplimiento y las dilaciones en la implementación de los acuerdos agravan cada día más el escepticismo existente porque, en general, profundizan la desconfianza de la gente en el Estado, y en su capacidad efectiva de tramitar los compromisos que adquiere. Esto, entre otras cosas, disminuye los ya precarios incentivos que existen para participar, en la medida que debilita la frágil credibilidad que la sociedad colombiana atribuye a las instituciones de su democracia. Esta desconfianza puede ser, entre otras cosas, una de las causas de la apatía que el grueso de la sociedad colombiana demuestra ante los procesos de construcción de la paz que ya emprendimos.

Además del grave historial de incumplimientos de acuerdos por parte del Estado –que es el motivo más recurrente de los eventos de movilización social de los últimos años, como lo indica el seguimiento que hace a estos hechos el Cinep/Programa por la Paz– existe miedo y prevención de participar en los mecanismos diseñados para la implementación de los acuerdos[1]. Se suponía que llevar a cabo estos procesos de manera participativa y concertada en los territorios, permitiría dar tratamiento progresivo a los problemas y a las reivindicaciones históricas de las poblaciones excluidas, ampliando los alcances de la democracia colombiana. No obstante, es claro que esto no está sucediendo.

Entonces, así como pájaro viejo no entra en jaula, las circunstancias dificultan para muchos la posibilidad de no ceder a las inercias del conflicto. Prolongar la postura de aquellos que manifiestan que no hay argumentos para rechazar de manera tajante la violencia, parece condenarnos tristemente a la espiral de una falacia simple, que dice que el histórico recurso a la guerra explica su prolongación, dado que no hay argumentos suficientes para rechazarla convincentemente. Quizá una institucionalidad convincente podría ser, por ejemplo, un primer paso en el camino de liberarnos progresivamente de esta espiral. Algo así como un Estado convincente.

Mientras, la Minga Nacional Indígena por la Vida, o el paro de campesinos cultivadores de coca son una expresión, por un lado, de los límites de los espacios de concertación y participación realmente existentes, y por el otro, de que la movilización social continúa siendo el mecanismo de participación más eficaz para posicionar las iniciativas y reivindicaciones de los movimientos, sectores sociales y poblaciones en la agenda pública. Ahora, la situación es más difícil dada la inexistencia de garantías para la movilización social, cuya expresión más funesta es el tratamiento violento y represivo que la fuerza pública continúa dando a la protesta.

A pesar del éxito proferido de las Audiencias realizadas, difícilmente la conversación sobre los alcances de la participación propuesta para este proceso de paz escape a este contexto. Los retos no son menores ante la posibilidad de realizar un proceso de participación que en efecto guíe la construcción de consensos sobre los temas que se discutirán en Quito. Esto porque lo que ha sucedido en estos días enseña que el ejercicio de participación debe ser suficientemente acotado, con la intención de que no genere nuevas expectativas que formen nuevas frustraciones. También es imperioso que el ejercicio tenga una incidencia real en la conversación, así como que las personas que participaron puedan saber hasta dónde va dicha incidencia. Adicionalmente, urge implementar de manera articulada los alcances y desarrollos que de ahí deriven con lo que se implemente de los acuerdos de La Habana.

Por ahora, que el cese y la mesa permanezcan, recuerda que es humanamente imperativo insistir en la necesidad de persistir, ahora que en teoría hay un consenso relativamente generalizado sobre la necesidad de desligar el ejercicio de la política y el trámite de los conflictos sociales del uso de las armas. En este sentido, la existencia del proceso de paz en sí mismo es una razón para la esperanza. Para acordar en qué términos y bajo qué circunstancias podrá concretarse el alcance de este proceso de paz existe una negociación en Quito. Para que ésta permanezca se requiere que la sociedad rodee el proceso y participe, y para que la participación de la sociedad se dé, se necesitan garantías y voluntad reales.

 

 

[1] Sólo a modo de ejemplo, pese a que los planes de sustitución voluntaria brindarían un tratamiento alternativo a los campesinos acogidos  programa, que el gobierno haya priorizado la erradicación forzada claramente no da seguridad a quienes suscriban los acuerdos de sustitución; tanto en relación con los riesgos que corren sus vidas al participar de los programas, como en términos de las garantías de cumplimiento en acceso a derechos y en la sostenibilidad de los proyectos alternativos. Mientras esto sucede, es bien sabido que grupos armados continúan ofreciendo incentivos para la siembra a comunidades que nunca habían sembrado coca -como sucede hoy en el bajo Atrato-, generando formas nuevas y complejas de relacionamiento entre estos actores armados y las comunidades.

 

Camila Carvajal

Investigadora Equipo de Conflicto, Estado y Desarrollo

Solidaridad con Honduras

La situación del pueblo hondureño se hace cada vez más difícil e insostenible y queremos invitarlos a actuar para ayudarles a defender su país y la democracia. El mandatario actual se aferra al poder y ha hecho todo lo posible (durante esta semana postelectoral) para construir resultados que le favorezcan ilegítima e ilegalmente. El Tribunal Supremo Electoral ha sido manipulado y usado a su disposición y ahora el pueblo comienza a manifestar su inconformidad en las calles mediante manifestaciones duramente reprimidas, que ya han cobrado varias vidas. Ayer declararon el Estado de Sitio en la noche.  Nuestros compañeros del ERIC y Radio Progreso están en "el ojo del huracán" pues han desarrollado su labor con profesionalismo y profetismo. Nos solidarizamos con Ismael Moreno, S.J. y con todos los compañeros apostólicos, sí como con todo el pueblo hondureño.  

Lea aquí la exigencia completa que hace la Conferencia de Provinciales en América Latina y el Caribe - CPAL

En el siguiente comunicado encontrará el pronunciamiento de la Provinicia Centroamericana de la Compañía de Jesús:

 
Lea también
 
 

 

 

 

 

El reconocimiento jurídico de los derechos políticos de las mujeres es una manifestación importante de igualdad de género en la sociedad; y es fruto de un largo proceso de pequeñas y grandes conquistas, surgidas en muchos de los casos por movimientos alternativos de mujeres, por la tenacidad y audacia de muchas líderes y también, de oportunidades y contextos políticos, sociales y económicos favorables que les han servido de puente, impulso y apoyo.

Y es que esta promulgación así como su ejercicio ha estado necesariamente acompañado del desarrollo de otros derechos de las mujeres en la sociedad, en la economía y en la familia, así como del reconocimiento de una mayor participación en la vida política del país, de otros grupos poblacionales, también discriminados, en búsqueda de nuevas dinámicas de igualdad.

El reconocimiento de derechos involucra no solo a quienes realizan las reformas, a quienes las promueven y defienden, sino también al conjunto de la sociedad, que las impulsa o las obstaculiza en su promulgación o en su ejercicio, en un momento histórico concreto. Para que un derecho reconocido jurídicamente llegue a la vida cotidiana, requiere de una fuerza transformadora cimentada en procesos sociales, educativos y culturales adecuados.

Esto explica por qué aunque en 1853 se consagran la constitución de la Provincia de Vélez que concedió el voto a la mujer y la Constitución de la Nueva Granada –que concede el derecho universal al voto para todos los hombres, incluyendo afrodescendientes, indígenas y campesinos pobres, superando de esta manera el voto censitorio (restringido a quienes tenían solvencia económica) y el voto capacitorio (restringido a quienes tenían educación) ­–, ninguna de las dos se ejerció en ese momento.

Y es que tanto la sociedad de la Nueva Granada como la de Vélez no estaban preparadas para unas reformas que en Colombia llegaron a promulgarse de manera definitiva en el siguiente siglo; así el voto universal se promulgó en la reforma constitucional en el 1936, y el voto femenino fue concedido en la Asamblea Nacional Constituyente en el 1954 y ejercido en el plebiscito de 1957; adicionalmente, en la Constitución del 1991 con el Art. 43 se instaura el principio tanto de igualdad de oportunidades como de igualdad material para las mujeres tanto en la vida pública y como para actuar autónomamente en la vida civil.

Aún con todos estos avances en materia legislativa y constitucional, estamos lejos de que los derechos políticos sean universales y plenos para todas las mujeres en Colombia; su ejercicio está mediado por un conjunto de condiciones que les abre o les cierra posibilidades de gestión en la sociedad. Así el acceso a la educación, la condición social y económica, el entorno político, la etnia y hasta la región de origen pueden acrecentar o disminuir las condiciones que permiten a las mujeres ejercer una ciudadanía plena. Esto sin contar con la violencia de género que elimina cualquier posibilidad de relacionamiento con lo público.

Por esto, aunque desde hace 60 años es posible ejercer el voto femenino en Colombia –que implica no solo elegir sino ser elegida–, solo el 22.5% de los cargos de elección popular son ocupados por mujeres y el 20.4% de las curules del Congreso de la República tienen titularidad femenina. Adicional a esto en el informe DANE del 2016, sigue prevaleciendo una desigualdad entre los ingresos de las mujeres en relación a los hombres de un 28% menos que menoscaba la libertad de su actuación en la vida civil.

Así en estas condiciones, es necesario seguir impulsando un cambio cultural, social y político para que sean posibles de manera plena y universal los derechos políticos de las mujeres. La conmemoración del reconocimiento jurídico del voto femenino, puede aportar al balance de lo conquistado hasta ahora y de lo que falta, en la perspectiva de la construcción de democracia para Colombia y de la constatación de que no es un derecho conseguido del todo y que debe ser conquistado para todas las mujeres en la diversidad de la geografía nacional.

 

Luz Elena Patarroyo López

Equipo de Ciudadanía y Paz 

 

 

Editorial: Ética política

  • Dic 10, 2017
  • Publicado en Prensa

La política colombiana pasa por una etapa grave de ilegitimidad y déficit de ética. La corrupción administrativa, los partidos políticos convertidos en empresas electorales, las cortes atrofiadas y desnaturalizadas, vendiendo sentencias a los ladrones de cuello blanco, los entes de control convertidos en cómplices del delito y un Estado que improvisa, que no tiene capacidad de respuesta y que está en manos de intereses políticos y económicos para el provecho propio excluyendo el bienestar de la ciudadanía y el cuidado de los patrimonios naturales. Mientras que los líderes sociales, que deberían ser los primeros en ser protegidos por el Estado, caen víctimas de las balas y de las amenazas de sectores ligados a esos poderes políticos y económicos dominantes.

Si nos acercamos al problema de la corrupción, el informe entregado este año por Transparencia por Colombia, que analiza 69 municipios, calificados como territorios de paz por el Gobierno, muestra la tendencia estructural de este mal en el país. Se estudiaron 187 hechos de corrupción. Y 44% de estos hechos vulneraron derechos fundamentales asociados a la salud, la educación y la infraestructura. De otra parte, un 36% de los hechos analizados han tenido un impacto nocivo en sectores de la infraestructura, industria y comercio, tecnología, sector minero energético, transporte, turismo y desarrollo rural, todo esto se traduce en una violación directa a los derechos humanos civiles, políticos, económicos, sociales, culturales y ambientales en Colombia. Los departamentos más comprometidos son: La Guajira, Valle del Cauca, Nariño, Chocó, Antioquia, Bolívar y Cesar.

El pasado primero de octubre el Papa, en Cesena- Italia, propuso que “la política debe ser una forma de caridad y vida mártir”. Para hacer una buena política Francisco propone que ella no debe servir a “las ambiciones individuales o a la prepotencia de facciones o centros de interés. Una política que no sea ni sierva ni ama, sino amiga y colaboradora; ni temerosa ni temeraria, sino responsable y por tanto valiente y prudente al mismo tiempo; que haga crecer la implicación de las personas, su progresiva inclusión y participación; que no margine a ninguna clase, que no saquee ni envenene los recursos naturales. Una política que sepa armonizar las legítimas aspiraciones de los particulares y de los grupos teniendo bien aferrado el timón en interés de toda la ciudadanía”.

 

Luis Guillermo Guerrero Guevara

Director Cinep/Programa por la Paz

El Consejo Comunitario de los ríos La Larga y Tumarado (COCOLATU), la Asociación de Consejos Comunitarios y Organizaciones del Bajo Atrato (ASCOBA), el Foro Interétnico Solidaridad Chocó (FISCH), el Centro de Investigación y Educación Popular/ Programa por la Paz (Cinep/PPP), el Instituto Popular de Capacitación (IPC), la Comisión Colombiana de Juristas (CCJ) y la Comisión Vida, Justicia y Paz de la Diócesis de Apartadó lamentan y repudian el asesinato de Mario Manuel Castaño Bravo.

 
 

 

 

El transporte público masivo, en varias capitales del país, está colapsado. Es un lastre que lleva varios años en Colombia. Las erradas decisiones en materia de política pública de movilidad, el monopolio del negocio en pocas manos, la proliferación de buses chatarra y el cada vez mayor malestar de los usuarios, ha llevado a las administraciones municipales a caer en el vacío de soluciones. Cali, Barranquilla, Bucaramanga y especialmente Bogotá son los casos más complicados, pero no se ven soluciones a la vista. A esto se agrega, en el caso de Bogotá, el anuncio del aumento de las tarifas. Esta medida, inconveniente para el débil bolsillo de la gente y con un alto costo político, se hace inevitable desde el punto de vista financiero. El déficit del sistema de transporte, sólo en Bogotá, llegó a la suma de novecientos mil millones de pesos en el 2015, y el año pasado fue de seiscientos sesenta y un mil millones, déficit que para cubrirlo no tiene más fuente que los impuestos de los ciudadanos.

Pero lo que existe en el fondo es un gran negocio. En Bogotá, son nueve empresas privadas que se lucran luego de ganar una de las más grandes licitaciones de Colombia, son veinticinco años de concesión de un negocio que vale veinte mil millones de dólares. Sin embargo, este gran negocio adolece de inequidades. Mientras que para los grandes inversionistas es viable y productivo, así no sirva a los usuarios, para los pequeños propietarios ha sido un total fracaso. En este momento no hay medidas de fondo ni reglas de juego claras sobre cómo salvar o no al Sistema integral de transporte público en Bogotá. Las soluciones están en la mano del buen diseño de políticas públicas y en hacerlas cumplir, pero pesan más los intereses financieros de unos pocos que el servicio público masivo para una ciudad que necesita una buena movilidad que ayude al bienestar colectivo de nueve millones de personas.

Caben en este ejemplo vivo de inequidad y de aprovechamiento egoísta de lo público, las palabras del Papa Francisco en el parque Simón Bolívar de Bogotá: “(en) esta querida ciudad, Bogotá, y este hermoso País, Colombia… se encuentran multitudes anhelantes de una palabra de vida, que ilumine con su luz todos los esfuerzos y muestre el sentido y la belleza de la existencia humana. Estas multitudes de hombres y mujeres, niños y ancianos habitan una tierra de inimaginable fecundidad, que podría dar frutos para todos. Pero también aquí, como en otras partes, hay densas tinieblas que amenazan y destruyen la vida: las tinieblas de la injusticia y de la inequidad social; las tinieblas corruptoras de los intereses personales o grupales, que consumen de manera egoísta y desaforada lo que está destinado para el bienestar de todos”.

 

Luis Guillermo Guerrero Guevera

Director Cinep/Programa por la Paz

Hacer un Plan Nacional de Educación Rural hace parte de una de las propuestas del Acuerdo de Paz. Nada más necesario e importante.

Los estudios de la Misión Rural, muestran que las zonas rurales de Colombia presentan un bajo logro en la calidad de la educación. El analfabetismo de personas mayores de quince años, es del 12.5%, cifra alta comparada con el promedio nacional que es del 3.3%. Mientras que la tasa de permanencia en el sistema educativo es del 82% en las zonas urbanas, en las rurales es del 48%. Solo un 32% de los hombres y un 36% de las mujeres entre 18 y 24 años ha terminado el bachillerato en las zonas rurales. En síntesis, son cuatro grandes problemas de la educación rural. Uno: la baja matrícula en la educación básica secundaria y bajas tasas de graduación en bachillerato. Dos: la baja calidad educativa trae bajo rendimiento académico. Tres: en las zonas rurales se presenta una alta extra-edad de los estudiantes con bajos niveles educativos. Y cuatro: existe un reducido acceso a la educación superior y altas tasas de deserción.

Por eso, la necesidad de un Plan de Educación Rural que logre ganar en calidad, en pertinencia y en la ampliación de la cobertura educativa en los territorios rurales, es uno de los grandes desafíos para reducir los niveles de pobreza, posibilitar la permanencia productiva de los pobladores del campo en sus territorios cerrando la brecha rural – urbana y para avanzar en la construcción de una paz estable y duradera. De otra parte, se necesita “ruralizar” la política pública educativa. Crear direcciones permanentes y especializadas en el Ministerio de Educación, para que el diseño y aplicación de las políticas rurales tengan un enfoque rural diferenciado, promoviendo modelos flexibles y apropiados. Se necesita un Programa nacional diferenciado de analfabetismo cero e igualmente un Plan Maestro de infraestructura y tecnología en educación rural. En educación superior, el ministerio debe revisar los programas educativos rurales y organizar una oferta apropiada para la población.

En la Asamblea Plenaria del episcopado colombiano, en julio pasado, los obispos del país en diálogo con la ministra de educación, Yaneth Giha Tovar, expresaron su preocupación por que la educación en Colombia ayude a cerrar la brecha entre el mundo rural y urbano, e invitaron al Ministerio a que fortalezca las experiencias de formar a los niños que quieren quedarse en el campo. Los niños tienen en la cabeza que las soluciones están en las grandes ciudades y la solución de Colombia está en el campo, afirmó Mons. Urbina Ortega.

 

Luis Guillermo Guerrero Guevera

Director Cinep/Programa por la Paz

La sola publicación de la lista de los integrantes de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición ha producido un oleaje rápido en el mar político. Toda clase de pescadores, cada uno con su propia caña y su propio anzuelo, lanzaron ya sus carnadas, muchas de ellas venenosas, aun antes de saber qué es y qué se espera de dicha comisión.

Ese mecanismo extrajudicial es el que todos más esperamos, por aquello de que los seres humanos, por nuestra misma naturaleza, buscamos siempre esclarecer la verdad de lo ocurrido. Sobre todo, las personas que han sufrido en carne propia los horrores de la guerra y han sobrevivido con dolor. Pero hay quienes han manifestado su temor al esclarecimiento y han prejuzgado, lanzando al público su descalificación de las personas y de la labor aún no empezada de la Comisión de la Verdad. Esos prejuicios son injustificados y temerarios. ¿Le temen a la verdad?

El Cinep, que durante 45 años ha investigado la realidad colombiana y tratado de entenderla y explicarla, sienta su pública protesta por los ataques calumniosos a su actividad y al trabajo científico del profesor Mauricio Archila Neira. Protesta tanto más indignada cuanto que los señalamientos infundados y tergiversados pueden significar, en la Colombia de hoy, un grave peligro de la vida. Es una triste labor de irresponsables el dedicarse a darle razón al que dijo: (…) Calumnia que algo queda.

Es incomprensible que la defensa de los derechos humanos de la gente, o sea, la protección de la vida, de los bienes y de la honra de las personas, pueda constituir un motivo de descalificación por aquellos mismos cuyos derechos se promueven y se defienden. Y es lamentable que la mayoría de esas agresiones verbales se hagan desde la ignorancia y desde la malevolencia. Tampoco podrían tener otro origen.

Los acusadores del profesor Mauricio Archila Neira, en los medios y en las redes sociales, no han leído siquiera sus obras que hacen parte del legado histórico de Colombia, en especial acerca del tema los movimientos sociales de este país. Tampoco conocen su impresionante hoja de vida ni tienen idea del gran servicio que él le ha prestado a la educación del país. Con la soberbia del que ignora de qué se trata y la cobardía del anonimato, los calumniadores repiten la misma frase insultante sin contenido racional alguno.

El Cinep/Programa por la Paz y el profesor Archila continuarán su trabajo por el esclarecimiento de la realidad colombiana y su defensa de los derechos humanos, labor a la cual han dedicado todos sus esfuerzos, con el mismo empeño con el que la comenzaron. Y este es el momento más propicio para que esas labores incansables sirvan al progreso de la población colombiana y al despertar de la conciencia de su dignidad que no puede ser pisoteada.

 

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