Nov 18, 2017
Interculturalidad

Interculturalidad (4)

Desde hace un año comenzaron en Cartagena y en el sur de la Guajira los talleres de formación política a comunidades de esos territorios. Hablamos con Jenny Ortiz y Luisa Fernanda Rodríguez, investigadoras del Cinep/Programa por la Paz que han estado al frente de este proyecto en representación de la organización. 

¿Cuál era el objetivo principal para la realización de estos talleres? 

Jenny Ortiz: Los talleres de formación política tienen la intención de aportar al proceso organizativo de las regiones en donde nosotros trabajamos. En este caso, Cartagena tenía un proceso anterior con la Escuela de Derechos Humanos y se decide seguir trabajando con la Mesa por la Defensa del Cerro de la Popa y construir colectivamente con ellos ocho talleres referentes a mecanismos de participación, derecho al territorio, género, diversos temas que le apuntan a fortalecer a la organización.

En la Guajira, se trabaja con organizaciones sociales y comunitarias y la idea es eso,  generar mecanismos de formación en procesos de participación política, en defensa de los derechos de los grupos  étnicos, en fortalecimiento de las propias organizaciones. Y los talleres tienen esta particularidad y es que se construyen colectivamente, surgen de las necesidades del contexto y de las necesidades de las organizaciones.

¿Cuál ha sido la importancia de trabajar en cada uno de estos territorios?

Luisa Rodríguez: En el sur de la Guajira, el proceso se lleva acabo con miembros de comunidades afro y de comunidades indígenas wayuu.  De las comunidades afro está Chancleta, Patilla, Roche, Tabaco, Las Casitas y de las comunidades indígenas wayuu las participantes invitadas por  Fuerza de Mujeres Wayuu, una de las organizaciones más fuertes en el sur de la Guajira y que ha trabajado el tema de los procesos organizativos frente a los impactos de la mega minería en los diferentes territorios y comunidades como El Rocío, la Horqueta y sobretodo el resguardo Lomamato.

Se trabaja con estas comunidades porque son las principales afectadas por la minería de Cerrejón, porque son las que conocen su territorio.  Además,  en el caso de las comunidades afro, están en proceso de inter reconocimiento como comunidades étnicas para ampliar las posibilidades de su territorio frente al Estado. Y ahí entra otro de los objetivos de este proceso de formación, frente a la ausencia del Estado en la Guajira pero además frente a la falta de reconocimiento como comunidades con derechos especiales, hace falta todo un proceso de formación en derechos étnicos, por eso se trabaja con estas comunidades y además todas coinciden que lo principal a defender es el territorio. 

J:  En ambos lugares coincide que es un proceso de formación política frente a un modelo de desarrollo. En el caso del sur de la Guajira, es el asunto del extractivismo. En el caso de  Cartagena, es el modelo de desarrollo turístico.

Las cuestiones diferenciales frente al sur de la Guajira son que  en Cartagena la mayoría de la población es afro y pobló el cerro de la Popa desplazada de Montes de María, de María la baja, del sur de Bolívar. Pero además al ser un sector urbano Cartagena, no hay reconocimiento de derechos territoriales. La esencia del territorio ahí no está amparada por un resguardo o un consejo comunitario como en el caso del sur de la Guajira sino que está amparada con procesos organizativos populares, juntas de acción comunal, trabajo organizativo de base. 

Esto se afronta con acciones jurídicas frente al despojo que ha habido en los asentamientos urbanos producto del modelo de desarrollo turístico. Y esto se convierte en un modelo de ciudad para el turista blanco, europeo, etc.  Por otro lado, se encuentran en un estado de vulneración de sus derechos. Viven en contextos urbanos pero sus necesidades básicas no están garantizadas, como el acceso al acueducto, al alcantarillado, a las basuras, la electricidad.   También ha sido muy fuerte la discusión de género,  hay muchas mujeres en condiciones de profunda vulneración de derechos y hay un proceso organizativo fuerte  desde la base y que pretende transformar las relaciones de género.

Otro componente transversal es la defensa del medio ambiente. Importante para ellos conocer cuáles son los proyectos de desarrollo que vienen para la región, y cómo se pueden articulan en defenderla, en conocerla y en saber cuáles son los impactos ambientales.

¿Cuál es el balance al cierre de los talleres de formación, cómo se ha visto ese progreso de las personas y las organizaciones?

L: En ese sentido, en la Guajira los temas tratados en los talleres fueron consulta previa, derecho al consentimiento, consulta autónoma, fundamento de los derechos étnicos, derecho al territorio, entender cuáles son los impactos del extractivismo en  las mujeres y por qué es diferente a lo que viven los hombres.

El tema de los reasentamientos que en el caso de la Guajira son 5 comunidades reasentadas parcialmente. Frente a toda esta variedad, el balance podría ser, que se aclara para ellos - para la diversidad de participantes que vienen de diferentes comunidades-  cómo organizarse de la mejor manera para defender algo común que es el territorio. Además de esto, poder analizar de manera crítica procesos que se creen que son positivos como la consulta previa, por ejemplo.  Y mirar todos los matices que tienen esos procesos al igual que en los procesos de reasentamiento. En términos generales es darles una serie de herramientas para que ellos puedan decidir frente a todo un proceso de interlocución y negociación que es totalmente desequilibrada con la empresa.

J: Podemos hacer un balance en dos sentidos; en el caso de Cartagena, hay dos factores que son interesantes y un reto que añadiría y es el proceso que han tenido los encuentros.  El primero fue en Barrancas y los líderes de las diferentes organizaciones presentaron al resto de los participantes sus problemáticas en el sur de la Guajira.  Y ahora que fueron a Cartagena,  los líderes de las organizaciones sociales dieron ese contexto de qué es lo que está pasando en Cartagena.  Fue muy interesante porque en  ambos nodos de formación empiezan a conocer qué es lo que está pasando en los otros territorios y al mismo tiempo comienzan a encontrarse, a sugerirse y a asesorarse.

Eso lleva al primer reto y es empezar a articular como región estas problemáticas.   Ir buscando las formas de tejer y de relacionar estos procesos y eso para nosotros es muy importante para comprender la región.

Y otro reto tiene que ver con la asesoría jurídica.  Son comunidades que han luchado y se han organizado y han aprendido políticamente en el camino, pero hay una alta exigencia de asesorías jurídicas. Es un reto muy significativo que hay que seguir trabajando porque entonces empieza también a dar unos niveles de exigencia.

Y un segundo asunto que justo es resultado de este último taller en la Guajira es el tema del género. Tanto en Cartagena como en la Guajira cuando se hace el taller de género las mujeres somos las interpeladas las que hablamos, las que nos empoderamos y por los hombres no pasa nada.  Y es un reto para el proyecto, empezar a construir y reflexionar sobre las masculinidades en estos contextos. Cómo se construyen estos hombres nuevos, cómo las concebimos en la reflexión porque atraviesan todas las cotidianidades, de las mujeres, de los hombres y de las comunidades.

L: Un balance positivo sería que este proceso de formación política es como una gran semilla para empezar a construir y fortalecer procesos en los que ellos se constituyan como sujetos y sujetas políticas de derechos frente a problemáticas territoriales, y conflictos territoriales que son comunes en la región y pues frente a eso encontrar estrategias tanto individuales como colectivas de defensa del territorio. Que el proceso de formación política que se dio acá ayuda a que los sujetos y sujetas tengan un proceso de construcción de defensa del territorio. 

 

Laura Inés Contreras Vásquez

Equipo de comunicaciones

Desde hace tres años se comenzó a construir el proyecto Educapaz. Hace un año, gracias a las diferentes alianzas entre organizaciones, esta apuesta por la educación rural en el país ha llegado a 4 municipios del Tolima y espera quedarse en las agendas educativas del departamento al menos por 10 años. Hablamos con Luz Elena Patarroyo y Juan Carlos Merchán, investigadores del Cinep/Programa por la Paz que han estado al frente de este proyecto en representación de la organización. 

¿Cómo nació Educapaz?

Luz Elena Patarroyo:

Esta es una propuesta que se creó inicialmente entre Fe y Alegría y Porticus a la que se fueron uniendo diversas entidades. Estas son entidades que de alguna manera han liderado estrategias y propuestas de educación que  tienen una experiencia reconocida en todo el país.

Todos los que conforman Educapaz son Cinep/PPP, Universidad Javeriana, Fundación Escuela Nueva, Convivencia productiva, Aulas en Paz, la Universidad de los Andes, Fe y Alegría, Fundación para la Reconciliación y hay tres aliados estratégicos uno que es Avina, la Redprodepaz y Clayss.

Todas estas entidades trabajan por la educación bajo el criterio de que una forma de trabajar por la paz, es trabajar por la educación.  Las estrategias que se quieren implementar son a largo plazo, por eso en principio Educapaz está pensado para 10 años y en esos 10 años se espera llegar como mínimo a tres regiones diferentes del país.

Educapaz ha hecho énfasis en el aspecto rural, entonces vamos a ir a las zonas rurales porque allí es donde incide profundamente el conflicto. La idea es desarrollar capacidades ciudadanas y humanas en donde el conflicto ha estado más fuerte. Esto con el propósito de incidir en la paz. Ambas cosas van fuertemente ligadas.

 

¿Cuál es la labor de Cinep/PPP en Educapaz?

L.E.P: Educapaz tiene tres líneas de acción: la línea de educación rural, la línea de capacidades para la reconciliación y la de comunicación, investigación e incidencia. Cinep/PPP hace parte de la línea uno, estamos desarrollando una acción conjunta entre cuatro entidades: Fe y Alegría, Universidad Javeriana de Cali, Fundación Escuela Nueva y nosotros.

Y nuestra tarea fundamentalmente es vincular el trabajo desde el apoyo en el aula de clase, ese sería el primer momento de la relación que es escuela, luego la relación comunidad que sería trabajar todos los planes educativos institucionales que es la relación escuela- comunidad y la parte del territorio es el énfasis que hace Cinep/PPP, entonces lo que hacemos allá es vincularnos con las otras entidades y desde ahí aportar en la constitución de las mesas educativas municipales y los planes educativos municipales.

Hemos diseñado un plan para que la gente pueda construir política pública educativa municipal y esto viene de un trabajo anterior que habíamos realizado en el Magdalena Medio. Ahí construimos la política pública de 17 municipios en donde hay toda una metodología un trabajo elaborado, por esta experiencia estamos en Educapaz.

 

¿Cómo se ha dado ese diálogo intersectorial y cuál ha sido la importancia de hacerlo así?

Juan Carlos Merchán: ¿Qué estamos haciendo ahora en los cuatro municipios del sur del Tolima? En Chaparral, Planadas, Río Blanco y Ataco, estamos conectándonos con una diversidad de actores en el territorio que nos parece que tienen que ver con lo educativo para que hagan parte de ese espacio que son las mesas educativas municipales.

En este momento tenemos participación del sector educativo ( docentes, estudiantes, rectores, padres de familia de zonas rurales), estamos teniendo participación de líderes sociales (líderes comunitarios,  de juntas de acción comunal, y también líderes de asociaciones productivas del territorio), ese sector productivo es fundamental porque nosotros no concebimos una educación rural sin una vida productiva.

Hace parte de estas mesas educativas otros sectores, por ejemplo está asistiendo la policía, está asistiendo el ejército, la alcaldía, concejales del consejo municipal, todo ese sector político, estatal, gubernamental, que con el sector educativo, el sector de líderes sociales y el sector productivo, son una buena representación de la diversidad de los actores de un territorio.

La idea es que al final del proceso de la mesa educativa - que va a llevar varios meses hasta inicios del próximo año- se dé en forma didáctica, de forma pedagógica y se vayan construyendo los planes educativos municipales. Esos planes deben tener un diagnóstico de los problemas educativos territoriales más importantes y luego unas líneas estratégicas de cómo resolver esos problemas. La idea es que el próximo año podamos llevar esos planes investigativos a los consejos municipales para que se vuelva un acuerdo municipal del consejo con la alcaldía y ahí se vuelva política pública, ojalá a doce años para que no dependa del gobernante de turno.

¿Cuál es la importancia de comenzar el proyecto en el departamento del Tolima?

J.C.M: Se decidió comenzar por el sur del Tolima por varias razones. Primero, encontramos unos aliados en el territorio, personas que hacen parte de la Secretaría de Educación de la Gobernación que hace varios años estaban interesados en estos temas de política educativa pero en el mundo político del departamento nadie les captaba esa iniciativa.  Nos dimos cuenta que con esta propuesta, encajábamos en ese territorio. Tiene un poder simbólico muy grande, en esta época de posacuerdo  justo en la zona donde nacieron las FARC, comenzáramos una propuesta de educación rural para la paz.

Nos hemos dado cuenta que consolidar el proceso de Educapaz en el Tolima ha requerido más tiempo de lo que se pensaba. Esperamos que estos 10 años podamos estar en dos o cuatro regiones, lo importante es quedarnos tres o cuatro años en cada región para que exista un proceso. Lo que más le ha generado confianza a las diferentes instituciones es la voluntad de nosotros de quedarnos varios años.

 

Laura Inés Contreras Vásquez

Equipo de comunicaciones

En el marco del segundo seminario regional de interculturalidad desarrollado en Cartagena, Sandra Raggio, docente de la Universidad Nacional de la Plata y Directora general de la Comisión por la Memoria de la Provincia de Buenos Aires, Argentina, participó con profesores de la región caribe en la discusión sobre el papel de la memoria desde la escuela. 

¿Por qué es importante hacer ejercicios de memoria?

En principio la memoria es una construcción social que existe y que tiene que ver con la conformación de los grupos sociales, de las comunidades. La activación de los procesos de memoria en comunidades que han sido atravesadas por procesos de violencia, que han desestructurado las relaciones sociales, tiene que ver con poder reconstruir esa comunidad y reconstruir los lazos en clave de poder vivir juntos y de otra manera. Esta es la memora como un trabajo social, cultural y político. La memoria es profundamente política en el sentido en que la memoria puede ser usada para consolidar el poder de determinadas minorías que legitiman la dominación, que reivindican la violencia o puede ser una memoria ligada a los sectores populares, a las grandes mayorías, que les permitan pensarse en relación con ese poder. Las secuelas de los periodos de violencia son muy largos y difíciles de superar y la memoria es el trabajo de las comunidades por superar ese pasado.

¿Existe una forma correcta de hacer memoria?

Si, claro está, no de validez universal. Uno se posiciona desde algún lugar, porque la memoria siempre implica una posición, no hay memoria desde un lugar neutral, pero para uno hay una memoria que es la correcta. Esa memoria es aquella que es capaz de construir y generar nuevas expectativas de futuro que tengan que ver con vivir mejor, con superar los pasados duros, asociadas a los procesos de democratización de la sociedad que  es a fin de cuentas la conquista de derechos.  La memoria correcta tiene que ver con poder asociarse, y que esos procesos de memoria estén asociados con los procesos de democratización y con procesos de ampliación de derechos.  Hay algunos usos de las memorias que no se orientan a responder a los derechos de las mayorías. En ese sentido, sí hay algunas formas correctas de hacer memoria.

¿Cómo deben las comunidades apropiarse de esas memorias para exigir la reivindicación de sus derechos?

En principio, la primera demanda de las víctimas es la exigencia del reconocimiento del daño, es decir, ser reconocidos como víctimas. La memoria como trabajo, como acto voluntario, implica hacer cosas: juntarse con otros, testimoniar, conversar, registrar, narrar, tener actos colectivos. La memoria no es solo un relato o un registro de los hechos sino que eso tiene que construir sentido, tiene que clamar por justicia. No solo una justicia punitiva, puede ser una justicia restaurativa, una justicia reparadora. La memoria tiene un efecto reparador sobre la comunidad. Un simple registro de los hechos no tiene valor por sí misma. Adquiere valor cuando repara a la comunidad que necesita que lo que le hicieron sea reconocido, sea visibilizado, no sea negado, no sea silenciado.

 Esos son actos de reparación. El muerto no volverá, pero por lo menos se le reconoce que su muerte fue injusta y eso no es menor. La memoria tiene mucho para que las comunidades vuelvan a ser comunidades. El trabajo de la memoria es volver a repensarnos colectivamente, la pregunta, después de la violencia, es ¿Quiénes somos?  Porque la violencia afecta profundamente las identidades.

¿Qué hacer frente a los actores estatales que son sentenciados a hacer actos de perdón, pero que realmente no sienten ninguna intención de hacerlo?

La función del Estado no es solo enunciar, sino que debe actuar. No se trata solo de reconocer un acto. Debe realizar otro tipo de acciones para reparar a las comunidades que se vieron afectadas por los actos de sus miembros. Esa formalidad de actos de perdón, no repara a nadie. Capaz que repara más el hecho de que sean obligados a hacerlo que el mismo acto formal.

¿Se puede lograr un relato unificado del conflicto?

Es difícil hablar de una única memoria o una versión consenso. La dinámica de la memoria es básicamente la disputa. La memoria existe en la medida en que disputa y se enfrenta con otras. Los regímenes totalitarios siempre imponen una mirada única del pasado, para borrar el futuro. Más que crear un relato unificado, hay que construir un piso, una base de dónde partir. En Argentina eso se hizo con la producción de la verdad jurídica. Uno puede tener muchas discrepancias con la forma en que la justicia narra los hechos, pero hay un reconocimiento de que esos hechos sucedieron.  Cuando el Estado no reconoce lo que hizo, o lo que dejó de hacer, es muy difícil que la memoria que se construya sea creíble.  Lo principal es que el Estado reconozca su participación y luego cree el relato de qué hicieron los otros. Eso, por lo menos, es lo que hace particular el caso argentino, que hay una clara responsabilidad del Estado en el ejercicio de la violencia. Hay que diferenciar también las características de cada país. La violencia colombiana no es comparable con los procesos de violencia argentina.  Cada actor involucrado debe hacerse cargo de su responsabilidad, y en el caso colombiano es lo que complica el proceso, que el Estado es uno más.

¿A qué se refiere el término de la memoria feliz?

Es un proceso de recuperar las historias de lucha, de una organización, de lo que  vino a destruir la violencia. Es pensar uno qué ha sido, para plantear en qué quiere convertirse. La memoria feliz es poder repensarse antes de la violencia, porque uno de los primeros efectos de la violencia es borrar las identidades anteriores, entonces hay que repensarlo. No para volver a ser lo que fuimos, sino para incorporarlo a nuestra propia identidad. Hay que pensarse memorias mucho más largas independientemente de la violencia. Las comunidades indígenas, los pueblos originarios tienen memorias así, no de 30 o 40 años sino de 100 o 200 años. Estas memorias más cortas hay que lograr incrustarlas en las más largas para construir los relatos locales y así llegar a un relato nacional.

¿Cómo es hacer memoria en Argentina?

Es siempre un desafío. La memoria siempre trae desafíos. Hoy estamos en un momento histórico muy diferente al de hace 10 años y hace 20 años. La violencia marcó tanto al pueblo argentino que constantemente están reactualizándose, están en la agenda política, y atraviesan a la cultura, la trama social y sobre todo están atravesando a las nuevas generaciones.  La dictadura empezó hace 41 años y aún, a los jóvenes que nacieron en la democracia, la dictadura es un proceso que les sigue significando, siguen interesados en saber qué pasó y se siguen viendo implicados en la dictadura.

¿Qué consejos dejaría a los colombianos para trabajar la memoria?

A mí me parece que más allá de las posibles limitaciones del acuerdo, hay una memoria de abajo y hay una dinámica de las comunidades que es sumamente interesante y que sería muy importante activarla, más allá de las políticas del Estado. Me ha parecido muy interesante en el caso colombiano la participación que tiene  las mismas comunidades locales para reconstruirse. Esa territorialización de la memoria es muy importante que no se pierda. Ojalá que el acuerdo de paso a esos proceso locales de las comunidades para construir memoria y para repensarse hacia el futuro. Otro consejo es que no asuste que la memoria es un conflicto y una disputa permanente. La memoria no es un remanso. Pero puede haber disputa en otros términos que no sean tramitados por medio de la violencia.

 

Miguel Martínez

Equipo de comunicaciones

Cuando mi jefe me confirmó que viajaba a Cartagena, lo primero en que pensé fue en la desigualdad tan marcada que vive la ciudad. Por esos días, había leído una nota en un medio nacional en la que se evidenciaba la gran cantidad de proyectos de inversión que tiene la ciudad, y sin embargo, las comunidades más pobres no se beneficiaban en nada. “Cada diez días inversionistas nacionales y extranjeros lanzan un proyecto de construcción en Cartagena” iniciaba el artículo. “Cartagena es la segunda ciudad de Colombia con el mayor número de pobres” enunciaba más adelante. Así inicié una búsqueda de contexto que me permitiera hacer mi trabajo  en el  segundo seminario regional de educación intercultural que desarrollaba el Cinep/PPP en la costa Caribe.

Una vez inició el seminario, estaba en medio de varias decenas de profesores de la región.  De La Guajira, de Valledupar, de Cartagena, de la Sierra Nevada de Santa Marta. El primer panel de esa mañana fue una presentación de varias experiencias significativas en educación que involucran marcados procesos de interculturalidad en la pedagogía.

En la tarde estaba programado un recorrido por Bocachica, uno de los cuatro pueblos de Tierra Bomba, para conocer el trabajo del consejo comunitario. Para llegar allí, debimos caminar hacia el muelle de la bodeguita, frente al Centro de Convenciones donde se firmó el acuerdo de paz. Caminamos por el centro histórico y más turístico de Cartagena. Pasamos la torre del reloj, el centro de convenciones y el museo de arte moderno, claro, justo al lado la muralla. Esta era la ciudad que había visto en fotos, en videos y la que todo turista conoce, pero estábamos a punto de partir hacia otra cara de Cartagena.

 Contrastan los lujosos yates cerca a Cartagena con las conoas y lanchas rumbo a Bocachica

El trayecto duró unos 50 minutos, que incluyó una parada para recoger algo de mercancía y en el que nos cruzamos con pequeñas lanchas de motor y otras balsas que se movían al ritmo de los remos.  “Eso que se ve allá al fondo, eso es Bocachica” dijo un joven que venía en la lancha y que toda su vida ha vivido en este pueblo. “Hay mucha movilidad de la gente de Bocachica porque no tenemos muchas opciones de trabajo, por eso hay que ir a Cartagena” añadió.

Al llegar, la primera imagen es la de varios hombres sentados en una canoa. Dos de ellos arreglando una red, otros sentados y varios niños jugando alrededor. Todos nos miran con bastante curiosidad al ver tantos visitantes. En total, tres lanchas. A medida que íbamos avanzando no paraban los saludos. “buenas tardes, ¿cómo están?, bienvenidos”, se escuchaba desde las puertas de las casas. Varias veces tuvimos que pedir indicaciones para llegar a la casa de la cultura. Esas calles que andamos eran muy diferentes a las que habíamos caminado una hora antes. Allí no estaban pavimentadas, eran de piedra y polvo. Una que otra tenía lozas de cemento pero no por más de tres cuadras seguidas. Se veía claramente las varillas que en algún momento sostendrán los andenes. Este es un pueblo en construcción.

Una vez adentro de la casa de la cultura, todo el salón se llenó. Tanto así que algunos profesores decidieron almorzar afuera, a la sombra de un árbol para estar más cómodos. Fui hacia el salón habilitado como cocina y había diez personas para servir y repartir el almuerzo de todas las que esperaban afuera. Se distribuyeron funciones, unos el arroz, otros el patacón, otros la ensalada y otros el pescado. A mí me correspondió el jugo. Durante todo el tiempo que estuvimos allí, no paraba la conversación, los chistes y uno que otro ánimo para acelerar el proceso. Esta no era la “alta cocina” de los lujosos restaurantes del barrio Getsemaní.  Allí la comida se acomodaba con los dedos,  los platos pasaban de mano en mano y en mi caso, del mismo afán, los vasos quedaban untados de jugo por fuera. A pesar de habernos visto apenas medio día, ya había un ambiente de confianza. “Vamo´migue, sirve el jugo que la gente tiene sed” me decían con cierta picardía.

Al terminar el almuerzo nos dividimos en tres grupos, cada uno tenía un líder que se encargaría de hacer el recorrido guiado. Yo salí en el último que era guiado por Pedro, un habitante de unos 27 años que nos iba contando la historia reciente del pueblo.  “Estas playas eran las más apetecidas por los turistas hace años, pero a las Islas Rosario y a Barú les metieron más plata y ahora se llevan casi todo el turismo” dijo. También relató los procesos organizativos que han tenido para exigir sus derechos. “Aquí han venido grandes poseedores a comprarle la tierra a nuestra gente. El problema es que la compran a precio de huevo, y como aquí mucha gente no sabe, terminan vendiéndola para megaproyectos y grandes construcciones privadas”. Pedro relató las capacitaciones que han dado a las comunidades para que no vendan sus predios y para que no se aprovechen de su desconocimiento. “A veces es difícil porque la gente no es consciente de que vivimos en un paraíso”

El calzado de Pedro durante el rrecorrido

Son muy marcadas las diferencias de condiciones que viven los isleños. En Bocachica el agua no es un derecho fundamental. “El agua la trae una lancha cada tres o cuatro días y cuesta $900 el galón. Sólo para lavar la ropa y la loza se pueden gastar 9 galones semanales” dijo Pedro ante la mirada del grupo. El servicio de energía eléctrica no es muy diferente.  “Son muy continuos los cortes de corriente, a veces se puede ir la luz dos o tres días hasta que vienen de Cartagena a arreglar el daño”.  Toda la conversación sucedía sobre el mayor atractivo turístico del pueblo. El fuerte de San Fernando de Bocachica, un fuerte militar que sirvió también de cárcel en la época colonial y que fue muy importante en la estrategia militar, pues era paso obligado de las embarcaciones para entrar a Cartagena.

Desde las costas de Bocachica se ven los grandes barcos de carga y los lujosos cruceros que llegan a Cartagena

El fuerte es muy similar al Castillo de San Felipe, solo que más pequeño y sin muralla que bordea la costa. Pedro hablaba de los túneles que interconectaban la parte alta del fuerte con la costa. Fue tanta la curiosidad que un par de niños de unos 9 o 10 años nos invitaron a recorrerlo. Entré con Jenny, la coordinadora del seminario y otros dos profesores. A la entrada los niños nos advirtieron que no había ninguna iluminación y que debíamos ser cuidadosos con las cabezas. No pasaron muchos metros cuando descubrimos la razón. Los túneles son de piedra, pero les han puesto unos refuerzos de madera que disminuyen el tamaño de los corredores. Debíamos pasar agachados para no golpearnos. Los túneles son realmente oscuros. No entra ni un rayo de luz, ni hay iluminación artificial. Como pudimos, andamos alumbrado con los celulares. En algunos puntos el aire era muy denso y con poco oxígeno, hasta que llegábamos a los respiraderos. “Estos son nuevos. Cuando los españoles esto no existía” dijo uno de los niños mirando hacia arriba, al respiradero.

Aunque había alguna desconfianza por seguir avanzando, los niños iban completamente seguros de donde estaban. Conocían estos túneles de arriba abajo. En un punto decidimos salir para no perder el grupo, pero ya se habían ido. Fue entonces cuando nos encontramos con Leister. Un isleño que sobrepasaba los 30 años y que ayudó a llevar las ollas a la casa de la cultura. Con él seguimos el  recorrido.

Mientras nos contaba historias del pueblo también nos hablaba de su vida. Tiene dos hijas y vive de eso, de dar recorridos a los turistas por el pueblo. “El trabajo no es fácil. Hay semanas en que llegan muy pocos turistas y somos varias personas las que nos dedicamos a esto” dijo.  Repitió lo que nos había dicho Pedro antes, el fortalecimiento de Barú y las Islas Rosario como destino turístico, los había afectado.  Mientras atravesábamos el pueblo, se repitió la escena de varias personas sentadas alrededor de una mesa jugando cartas o dominó.  Algunas de las cartas que apenas se veían los números y figuras de tanto uso.

Cuando llegamos a la costa parecía que llevábamos un letrero gigante que decía turistas. Al momento se acercaron muchas personas a ofrecernos sus productos. Manillas, cocadas, collares, mochilas, caracoles, figuras de cerámica nos ofrecieron con mucha insistencia. Por fin terminó el largo recorrido y quedaban unos minutos, mientras llegaba la lancha, para descansar. Sin pensarlo fui a la playa y por primera vez en mi vida me metí al mar. La primera sensación fue refrescar el fuerte calor que hacía. Y fue extraño sentir el sabor salado del agua. Fueron unos pocos minutos que de verdad calmaron el calor y dieron descanso, a los pies sobre todo.

La economía de la isla se basa en productos a los turistas, pues la pesca ya no es tan rentable

“Muy bacana tu gorra, donde la compraste” me dijo Leister, “En Bogotá” le respondí, “si la quiere es suya” le dije. Sin dudarlo la recibió e inmediatamente se la puso, dejando en su mano la descolorida y rota que traía. “Esto es para que te acuerdes de nosotros y vuelvas por aquí” me dijo mientras me entregaba una manilla hecha de semillas y pedazos de madera. Nos despedimos y retornamos a Cartagena, La heroica, esa construida por esclavos. La amurallada, que en sus túneles batallaron los más pobres. Esa misma que en su centro histórico desplazó a las comunidades afro y palenqueras para dar paso a los restaurantes, los hoteles y las tiendas, como explicaba uno de los profesores. Frente a este panorama de diversas culturas conviviendo, diferentes clases sociales, dinámicas sociales tan contradictorias, nacía la reflexión de cómo educar a los niños y prepararlos para la ciudadanía responsable y de convivencia que enfrenta a las dos Cartagenas. Este tema  se desarrolló durante los dos siguientes días en el seminario. Próximamente en nuestro canal de Youtube publicaremos los videos en que algunos docentes intentan responder a estas preguntas.

 

Miguel Martínez

Equipo de Comunicaciones