Jun 20, 2018

El transporte público masivo, en varias capitales del país, está colapsado. Es un lastre que lleva varios años en Colombia. Las erradas decisiones en materia de política pública de movilidad, el monopolio del negocio en pocas manos, la proliferación de buses chatarra y el cada vez mayor malestar de los usuarios, ha llevado a las administraciones municipales a caer en el vacío de soluciones. Cali, Barranquilla, Bucaramanga y especialmente Bogotá son los casos más complicados, pero no se ven soluciones a la vista. A esto se agrega, en el caso de Bogotá, el anuncio del aumento de las tarifas. Esta medida, inconveniente para el débil bolsillo de la gente y con un alto costo político, se hace inevitable desde el punto de vista financiero. El déficit del sistema de transporte, sólo en Bogotá, llegó a la suma de novecientos mil millones de pesos en el 2015, y el año pasado fue de seiscientos sesenta y un mil millones, déficit que para cubrirlo no tiene más fuente que los impuestos de los ciudadanos.

Pero lo que existe en el fondo es un gran negocio. En Bogotá, son nueve empresas privadas que se lucran luego de ganar una de las más grandes licitaciones de Colombia, son veinticinco años de concesión de un negocio que vale veinte mil millones de dólares. Sin embargo, este gran negocio adolece de inequidades. Mientras que para los grandes inversionistas es viable y productivo, así no sirva a los usuarios, para los pequeños propietarios ha sido un total fracaso. En este momento no hay medidas de fondo ni reglas de juego claras sobre cómo salvar o no al Sistema integral de transporte público en Bogotá. Las soluciones están en la mano del buen diseño de políticas públicas y en hacerlas cumplir, pero pesan más los intereses financieros de unos pocos que el servicio público masivo para una ciudad que necesita una buena movilidad que ayude al bienestar colectivo de nueve millones de personas.

Caben en este ejemplo vivo de inequidad y de aprovechamiento egoísta de lo público, las palabras del Papa Francisco en el parque Simón Bolívar de Bogotá: “(en) esta querida ciudad, Bogotá, y este hermoso País, Colombia… se encuentran multitudes anhelantes de una palabra de vida, que ilumine con su luz todos los esfuerzos y muestre el sentido y la belleza de la existencia humana. Estas multitudes de hombres y mujeres, niños y ancianos habitan una tierra de inimaginable fecundidad, que podría dar frutos para todos. Pero también aquí, como en otras partes, hay densas tinieblas que amenazan y destruyen la vida: las tinieblas de la injusticia y de la inequidad social; las tinieblas corruptoras de los intereses personales o grupales, que consumen de manera egoísta y desaforada lo que está destinado para el bienestar de todos”.

 

Luis Guillermo Guerrero Guevera

Director Cinep/Programa por la Paz

Hacer un Plan Nacional de Educación Rural hace parte de una de las propuestas del Acuerdo de Paz. Nada más necesario e importante.

Los estudios de la Misión Rural, muestran que las zonas rurales de Colombia presentan un bajo logro en la calidad de la educación. El analfabetismo de personas mayores de quince años, es del 12.5%, cifra alta comparada con el promedio nacional que es del 3.3%. Mientras que la tasa de permanencia en el sistema educativo es del 82% en las zonas urbanas, en las rurales es del 48%. Solo un 32% de los hombres y un 36% de las mujeres entre 18 y 24 años ha terminado el bachillerato en las zonas rurales. En síntesis, son cuatro grandes problemas de la educación rural. Uno: la baja matrícula en la educación básica secundaria y bajas tasas de graduación en bachillerato. Dos: la baja calidad educativa trae bajo rendimiento académico. Tres: en las zonas rurales se presenta una alta extra-edad de los estudiantes con bajos niveles educativos. Y cuatro: existe un reducido acceso a la educación superior y altas tasas de deserción.

Por eso, la necesidad de un Plan de Educación Rural que logre ganar en calidad, en pertinencia y en la ampliación de la cobertura educativa en los territorios rurales, es uno de los grandes desafíos para reducir los niveles de pobreza, posibilitar la permanencia productiva de los pobladores del campo en sus territorios cerrando la brecha rural – urbana y para avanzar en la construcción de una paz estable y duradera. De otra parte, se necesita “ruralizar” la política pública educativa. Crear direcciones permanentes y especializadas en el Ministerio de Educación, para que el diseño y aplicación de las políticas rurales tengan un enfoque rural diferenciado, promoviendo modelos flexibles y apropiados. Se necesita un Programa nacional diferenciado de analfabetismo cero e igualmente un Plan Maestro de infraestructura y tecnología en educación rural. En educación superior, el ministerio debe revisar los programas educativos rurales y organizar una oferta apropiada para la población.

En la Asamblea Plenaria del episcopado colombiano, en julio pasado, los obispos del país en diálogo con la ministra de educación, Yaneth Giha Tovar, expresaron su preocupación por que la educación en Colombia ayude a cerrar la brecha entre el mundo rural y urbano, e invitaron al Ministerio a que fortalezca las experiencias de formar a los niños que quieren quedarse en el campo. Los niños tienen en la cabeza que las soluciones están en las grandes ciudades y la solución de Colombia está en el campo, afirmó Mons. Urbina Ortega.

 

Luis Guillermo Guerrero Guevera

Director Cinep/Programa por la Paz

El Papa Francisco visitó hace pocos días en Roma a la Organización mundial para la Alimentación y la Agricultura, FAO, por sus siglas en inglés. Esta visita tuvo que ver con la Jornada Mundial de la Alimentación. Francisco expresó un discurso articulando temas estratégicos sobre la lucha contra el hambre, la desnutrición, la guerra del agua y los desafíos para la solidaridad mundial. Insistió el Papa que hoy se necesita “una mayor responsabilidad a todos los niveles, no sólo para garantizar la producción necesaria o la equitativa distribución de los productos, sino sobre todo para garantizar el derecho de todo ser humano a alimentarse según sus propias necesidades, tomando parte además en las decisiones que lo afectan”.

El hambre aqueja a ochocientos quince millones de personas, once por ciento de la población mundial, y asegura Francisco: "Las guerras y el cambio climático son una de las causas del hambre, así que no presentemos el hambre como si se tratase de una enfermedad incurable". Francisco recuerda que los conflictos se previenen y se resuelven, siguiendo el derecho internacional humanitario, sin embargo, la humanidad no está aplicándolo, lo que trae la martirizante guerra, el hambre y el desplazamiento forzado, situaciones que duran muchos años, pudiéndose haber evitado o detenido.

Para frenar esto, Francisco apela al diálogo y al compromiso total por un desarme gradual y sistemático, previsto por la Carta de las Naciones Unidas e interroga: “¿De qué vale denunciar que a causa de los conflictos millones de personas sean víctimas del hambre y de la desnutrición, si no se actúa eficazmente en aras de la paz y el desarme?” En cuanto al cambio climático, tema central para el Papa, afirma que se ven sus consecuencias todos los días, pero gracias a los conocimientos científicos, sabemos cómo se pueden afrontar. Además, la comunidad internacional ha elaborado instrumentos jurídicos como el Acuerdo de París, pero no todos lo reconocen y prefieren manipular la naturaleza para saciar la avidez de sus beneficios.

El Papa hace un llamado vehemente para que se haga un consenso concreto y práctico si se quieren evitar los efectos más trágicos, que siempre recayendo con fuerza sobre las personas más pobres. Y concluye: “Estamos llamados a proponer un cambio en los estilos de vida, en el uso de los recursos, en los criterios de producción, hasta en el consumo, que en lo que respecta a los alimentos, presenta un aumento de las pérdidas y el desperdicio. No podemos conformarnos con decir «otro lo hará»".

 

Luis Guillermo Guerrero Guevara

Director CINEP/Programa por la Paz

Hace pocas semanas Colombia vivió la visita del Papa Francisco como una experiencia de excepcional sentido emotivo, reflexivo y espiritual. La inequidad, la pobreza, la violencia, la justicia, la reconciliación y la paz fueron los temas que estuvieron presentes en los mensajes papales. Sin embargo, los efectos de este importante pasaje de la vida nacional aún falta madurarlos. Si el legado que nos dejó Francisco, no se trabaja con un discernimiento libre, intencionado y consciente, puede ser presa de la memoria de corto plazo y finalmente del olvido. Tenemos un gran desafío.

La visita del Papa se enmarca en su momento especialmente crítico de la vida del país. Su decisión de venir a Colombia estuvo motivada por el servicio a la construcción de la paz. Francisco tuvo como propósito elevar la calidad social y política de la paz, haciendo un vehemente y profundo llamado espiritual por la humanización de la Paz.

En Bogotá, interpeló al establecimiento político diciendo: “No es la ley del más fuerte sino la fuerza de la ley, la que es aprobada por todos, la que rige la convivencia pacífica. Se necesitan leyes justas que puedan garantizar esa armonía, (Ellas) nacen del deseo de resolver las causas estructurales de la pobreza que generan exclusión y violencia. Les pido que escuchen a los pobres, a los que sufren. Mírenlos a los ojos y déjense interrogar en todo momento por sus rostros surcados de dolor y sus manos suplicantes”.

Igualmente, indicó, como Pastor, a los obispos: No tengan miedo de perderse si salen de sí mismos. No enmudezcan la voz de Aquel que los ha llamado ni se ilusionen en que sea la suma de sus pobres virtudes o los halagos de los poderosos de turno quienes aseguran el resultado de la misión. Construyan una Iglesia que ofrezca a este país un testimonio elocuente de cuánto se puede progresar cuando se está dispuesto a no quedarse en las manos de unos pocos. No sirven alianzas con una parte u otra sino la libertad de hablar a los corazones de todos. Algunos continúan propagando la cómoda neutralidad de aquellos que nada eligen para quedarse con la soledad de sí mismos. No participen en ninguna negociación que mal-venda sus esperanzas”.

En Villavicencio, al encontrarse con las víctimas, expresó con claridad sobre la reconciliación: “No significa desconocer o disimular las diferencias y los conflictos. No es legitimar las injusticias personales o estructurales. El recurso a la reconciliación no puede servir para acomodarse a las situaciones de injusticia. Debemos estar preparados y sólidamente asentados en principios de justicia que en nada disminuyen la caridad. La historia nos pide asumir un compromiso definitivo en defensa de los derechos humanos. Si Colombia quiere una paz estable y duradera, tiene que dar urgentemente un paso en esta dirección, que es aquella del bien común, de la equidad, de la justicia, del respeto de la naturaleza y de sus exigencias.

Nuestro desafío no solo pasa por recordar el mensaje del Papa Francisco, sino por llevarlo a los hechos de reconciliación y paz que necesita Colombia.

Luis Guillermo Guerrero Guevara

Director CINEP/Programa por la Paz

 

Continua el deterioro estructural de la salud en Colombia. Y no hay una solución profunda a tan grave problema. Según la Asociación Colombiana de Hospitales, el 14% de cerca de mil instituciones que funcionan en el país, se han visto obligadas a cerrar servicios médicos. El 29% de los hospitales disminuyeron su capacidad, cunde el déficit presupuestal. Esta situación afecta al personal médico, pero especialmente a los usuarios, quienes tienen que recorrer varios centros hospitalarios para conseguir atención.

Esto se ha convertido en una queja que se repite desde hace varios años. Los gobiernos prometen, pero no cumplen sus compromisos. La salud se deteriora día a día. La gente sigue padeciendo un sistema inoperante que heredamos de la ley cien desde mil novecientos noventa y tres. Las EPS no pagan el servicio a hospitales y clínicas, por eso no se les puede pagar a los médicos ni a los trabajadores del sector, ni a los que invierten sus capitales y se endeudan para atender los pacientes. La tutela, para alcanzar algún servicio se volvió tan habitual que los médicos en lugar recetarios tienen formatos para que los enfermos demanden mediante tutela la atención médica. Por la mala paga de las EPS, los pacientes acumulan dolencias, crece el sufrimiento y mueren. Los empleados del sector público, profesionales y paramédicos, son maltratados, no hay para ellos un trabajo digno y decente. Nadie vigila, nadie controla, ninguna corrección ni sanción, cunde la impunidad frente a la violación del derecho fundamental a la salud. Las deudas de Caprecom, que son del Estado, continúan. El Estado parece encubrir las de Saludcoop a la que intervino y liquidó con pésimos resultados. Quebró a Cafesalud y no se sabe que va a pasar con sus pacientes y obligaciones. Tampoco se sabe para dónde va Medimás.

La Iglesia católica en Colombia ha generado llamados de atención a las autoridades de salud. En julio de dos mil dieciséis, en la Asamblea plenaria del Episcopado, el Cardenal Rubén Salazar dijo “Hago un llamado de humanidad y respeto a los operadores de la salud y a la red hospitalaria para que presten mejores servicios. Es indudable, que la inmensa mayoría de la población tiene dificultades para acceder rápida y efectivamente a la salud que necesita. Hay que hacer un llamamiento profundo a las IPS y EPS para que tomen conciencia de la dignidad de la persona, sobre todo durante la enfermedad, uno de los percances más duros de la vida. Muchos de los recursos destinados a la salud van a parar a los bolsillos de particulares, que se apropian de ese dinero”. El Arzobispo de Cali, Dario Monsalve, complementó: “Basta ver los casos en el Hospital Universitario de Cali para darse cuenta del horror que significa la corrupción en el sector salud y la pérdida de los presupuestos. A los pobres los están sepultando en vida”.

 

Luis Guillermo Guerrero Guevara

Director CINEP/Programa por la Paz