Jul 21, 2017

 

Estaba haciendo la fila para entrar a ver  “Monsieur Periné” en el Koerner  Hall de Toronto,  cuando recibí un mensaje de texto de Elvira Alvarado recordándome que el próximo mes de mayo se cumplen 20 años del vil asesinato de su hermana y mi buena amiga Elsa,  junto con su esposo y también cómplice generacional Mario Calderón y el papá Alvarado. Me invitaba a escribir algo, alguna frase relacionada con los dos últimos años de la vida de Elsa y de su pensamiento.  Lo primero que se me vino a la memoria fue un “mini casete” que me regaló quince días antes de su asesinato y que dejó en mi apartamento camino a dictar su clase de “Comunicación para el Desarrollo” en la Universidad Externado de Colombia (nuestra universidad). Se trataba de las canciones de una nueva y desconocida joven cantante barranquillera que había sacado su primer disco “Pies descalzos”, el cual le gustaba mucho a sus estudiantes. Estaba utilizando las letras de algunas de sus canciones para trabajar con ellos los mensajes clave de esas letras, mezcladas con las melodías de esa joven cantante que movía los corazones de los chicos.

 Las nuevas y refrescantes melodías de los integrantes de Monsieur Periné, junto con el recorderis que me hizo Elvira de la partida de Elsa, removieron la memoria de nuestras vidas de hace 20 años, cuando estábamos en los 30s y éramos buscadoras de nuevas formas de educar a los jóvenes estudiantes; de hacer de la comunicación en todas sus formas, una potente arma educadora y de “utilizar” las propuestas de los jóvenes, como una herramienta pedagógica  para propiciar interés por el conocimiento, por la crítica, por el “no tragar entero”.

Desde hace 20 años,  aparece cada año, en mayo, el recuerdo de Elsa y Mario bajo diversas formas.  Tratamos de esquivar el dolor de su partida prematura y de la rabia de pensar por qué esas fuerzas oscuras no se dieron el permiso de haberlos conocido, pues seguro que si se hubieran sentado a conversar con ellos, no les hubieran tocado un pelo. Si hubieran llamado a la puerta en vez de haberla violado a tiros de metralleta, seguramente Elsa y Mario les habrían abierto la puerta de su casa y les brindarían una taza de té o un aromático café colombiano para entablar una charla que se hubiera convertido en una noche de dialogo, de compartir historias, alternada con deliciosos platillos que habrían salido de la cocina siempre lista para hacer sentir a los visitantes como en su casa. Pero no fue así. Llegaron y sin permiso masacraron unas vidas llenas de vida. Mataron vilmente a esos andantes del bien, de la paz, a esos protectores del planeta que buscaban que el agua rodara fresca por los manantiales.

Es inevitable no pensar en lo que quisiéramos borrar de nuestra memoria. Es imposible no preguntarnos una y otra vez ¿por qué?... Pero esto no es a lo que me ha invitado a recordar Elvira. Entonces volvamos a esa mujer alta y esbelta, de sonrisa grande y cabello fino. A esa chica que le robó el corazón al “Obispo de Oriente”… Elsa era una comunicadora por esencia y una educadora por convicción. Nos unía que yo soy educadora por esencia y comunicadora por convicción. Nos unía también que nos encantaban las jóvenes generaciones, los niños, los muchachos y las chicas, por su inocencia, su franqueza y sus búsquedas y nos interesaba llegarles a ellos. Pero también nos importaba pensar en  los más excluidos, en los que no tienen voz, en los que sufren por la pobreza, por no tener un pan en la mesa u oportunidades para estudiar. Teníamos buenas charlas sobre el papel de los medios de comunicación en la educación de las jóvenes generaciones, en el uso de la televisión, de la radio con fines educativos, pero no para producir aburridores programas que se dicen “educan” sino los medios, como potentes instrumentos para cambiar mentalidades y no para mantener el statu quo de los pueblos. Eran tiempos en donde el internet no se había popularizado, ni las redes sociales virtuales aún existían, ni mucho menos existían los celulares inteligentes que todo lo hacen. Eran tiempos del betamax, de los CD, de las videotecas para sacar películas en beta o VHS, de los cine clubs y de las salas con grandes computadores donde accedíamos para tareas puntuales.  Los pequeños laptops eran propiedad de reducidas minorías.  Me pregunto cuál podría ser nuestra conversación de hoy si Elsita estuviera, sobre el papel de la educación mediada por tanta información, por el inmediatismo de la noticia, por  los bancos de música que se bajan en el celular, o las bibliotecas virtuales al servicio de quien los quiera con solo prender un teléfono?

Trabajábamos en el CINEP. Para ese entonces construíamos en el Proyecto Urbano una estrategia educativa para capacitar al movimiento de madres comunitarias en el país encargadas de la atención a la primera infancia. Las madres comunitarias no tenían voz, no eran reconocidos sus derechos como educadoras. Eran simples cuidadoras, que abrían las puertas de sus casas para proteger a los niños pequeños y enseñarles con juegos y cantos las primeras letras. Con Elsita discutíamos ideas para cualificarlas, que tal producir materiales usando comics, grabarles música, ponerles películas para que el mundo se les abriera hacia el universo de la infancia en sus primeros años?… Así nacían las semanas de la creatividad en el Sur Oriente de Bogotá, el cineclub cine-Cinep para los niños del barrio La Perseverancia o el programa Fosdimac de formación a las madres comunitarias.

Fuimos también cómplices de amores secretos. De compartir su sueño de tener un hijo. De su complicidad cuando supo que en mi vientre crecía mi José Alejandro.  La primera persona que llegó a la clínica después de mi familia inmediata a visitar a mi  Ale fue Elsita. Siempre con su sonrisa grande, lo miró a los ojos y yo le se lo entregué para que lo cargara. Ella lo tomó en sus brazos  y con la complicidad que nos caracterizaba, recordamos lo que algún día una madre comunitaria nos había dicho, que era importante cargar a los bebés pues así llegaba el propio. Meses después, la semilla de Iván, su hijo, prendió y también él llegó al mundo.

No compartimos mucho tiempo la primera infancia de nuestros hijos juntas. Nos fuimos para París y ellos, Mario y Elsa, empezaron su crianza en Colombia. Iván recibió un regalo de José Alejandro, “Artura la Cangura”, que cuidadosamente seleccionamos para mandar con un mensajero visitante en Paris que volvía a Colombia. Guardo como un tesoro, un sobrecito con una carta escrita a cuatro manos por Mario y Elsa donde agradecen la llegada de Artura.  Por ahí está,  junto con el tarot que leía Mario y que años después, en un mes de mayo en Guatemala, me regaló Nohora Alvarado, su otra hermana,  cuando nos encontramos en uno de mis periplos latinoamericanos.

Es imposible olvidar a Elsa en tiempos de las redes virtuales, de los App, del WiFi, de la transformación del mundo por la tecnología y las telecomunicaciones. Este escrito me hace pensar que si estuviera viva, seguramente estaría dándonos pistas sobre los retos de la educación a las jóvenes generaciones que consumen diariamente información, que navegan en el mundo virtual cotidianamente, que construyen vidas paralelas, las reales y las virtuales, a través del celular o del laptop.  Toda esta revolución estaría mediada por su cuidadosa reflexión sobre mundos más justos para todos, donde el acceso a la información, pero sobretodo, el no tragar entero, debe estar en el centro de la reflexión educativa.  Estaríamos pensando como aprender a digerir toda esa información que diariamente nos bombardea y que tratamos de aprender a interactuar con los jóvenes de hoy, en estos tiempos donde la inmediatez es la unica manera de sobrevivir.

Elsa, Mario, Iván, están siempre en mi corazón.

 

Tatiana Romero Rey

Toronto, Abril 24 de 2017

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Aunque Ana María solía referirse a mí como su maestro y mentor, técnicamente nunca fue mi alumna en un salón de clase de esta universidad, sino que nuestra relación era más bien un continuo intercambio de ideas, en el que cada uno aportaba lo que había leído, recordado y aprendido a lo largo de los años. Eran largas conversaciones de horas y a veces hasta de días, en las que, de manera desprevenida y espontánea, compartíamos intereses, enfoques, críticas, análisis, que no siempre se reducían a la dimensión intelectual.

Así fuimos construyendo en mi equipo de investigación del Cinep una suerte de comunidad de ideas a partir de la discusión de los aportes de cada uno en un perpetuo seminario de investigación, en el que investigadores experimentados, jóvenes investigadores y asistentes de investigación íbamos construyendo juntos un acercamiento conjunto a los temas de interés en el análisis de la coyuntura e historia política del país. Recuerdo particularmente la manera como aproveché mi experiencia docente en la Universidad de los Andes para reclutar un magnífico grupo de investigadoras, que algún gracioso del Cinep bautizó como la Fundación Niñas de los Andes, en contraste con el hecho de que la mayoría de los investigadores provenía de la Nacional o Javeriana. De ese grupo hacían parte mis asistentes de investigación Renata Segura y Adriana Posada, recién graduadas, a las que se sumaron Ana María, que estaba ya iniciando sus estudios de doctorado y otra chica muy joven, que no había terminado todavía su carrera: Ingrid Bolívar.

En esa comunidad de ideas, Ana María aportaba sus lecturas sobre la necesidad de regresar a la reflexión teórica sobre la naturaleza y

el origen del Estado, inspirada en los trabajos de Theda Skocpol. Lo que se reflejó en sus artículos sobre la necesaria interacción entre sociedad civil y Estado y el carácter selectivo de los intentos de modernización estatal en Colombia, elaborado este último en colaboración con Renata Segura

En esas discusiones y reflexiones Ana María evidenciaba su enorme capacidad analítica que la hacía percibir matices y mostrar tanto los posibles aportes como las limitaciones de los autores, al lado de su claridad mental y gran facilidad de expresar temas complejos de manera sencilla y pedagógica. Todo esto sin las pretensiones de importancia a la que somos a veces dados en el mundo intelectual, donde era proverbial su inmensa generosidad para compartir sus opiniones, conceptos y lecturas. Además, sus serios aportes estaban condimentados con un gran sentido del humor y mucho respeto de las opiniones de las otras personas. Obviamente, la combinación de estos rasgos hacía que se ganara, con cierta facilidad, el respeto y sobre todo el corazón de sus colegas y alumnos.

Pero, más allá de la admiración por sus calidades académicas, creo que lo que más apreciamos los que tuvimos el honor de haberla acompañado en su lucha contra la enfermedad y las adversidades de su vida personal, fue su inmensa fortaleza, que contrastaba con su apariencia física aparentemente frágil. Durante casi veinte años, no sabemos de dónde sacaba ella fuerzas para luchar con la enfermedad que reaparecía de vez en cuando, al tiempo que dedicaba sus cuidados maternales a su hijo Federico, como “mamá gallina” como ella se describía, pero sin descuidar sus actividades de docencia e investigación.

Recuerdo que cuando estaba ya recuperando sus capacidades físicas y mentales después del primer episodio de su enfermedad, cuando estaba reasumiendo sus labores en el CIJUS, superando lo que ella denominaba “su cerebro de quimioterapia”, el atentado contra Eduardo Pizarro la obligó a un forzoso exilio, que ella aprovechó para culminar y defender su tesis doctoral, que había aprovechado mucho las reflexiones y discusiones en el equipo del Cinep. Pero, este éxito profesional la llevó luego a una peregrinación de varios años por varias universidades en los Estados Unidos, hasta que logró establecerse ya definitivamente en la Universidad de Toronto. Allí continuó profundizando su vida académica, combinando su docencia e investigación con sus deberes de madre y el cultivo de sus amistades, tanto allá como acá, pues nunca perdió el contacto permanente con sus colegas, alumnos y amigos.

Obviamente, este desarrollo personal distaba mucho de ser lineal, pues se veía interrumpido periódicamente por la reiterada aparición de su enfermedad. Recuerdo la alegría e ilusión que me manifestaba cuando, cinco años después de su primer episodio, me llamó para celebrar, desde la distancia, el que había sido declarada oficialmente curada. Sin embargo, ante la reiterada aparición del mal, Ana María siguió luchando fiel a la meta que se había fijado: no dejar este mundo sin ver a su hijo Federico adulto, capaz de defenderse por sí solo en la vida.

Por eso, cuando conversaba con mi médica personal, sobre los avatares por las cuales había pasado Ana María, me decía que deberíamos estar agradeciendo a Dios por el milagro de haberla tenido con nosotros esos años, pues su caso era médicamente inexplicable. Yo le comentaba que efectivamente había sido un MILAGRO DE AMOR de Ana María por su hijo Federico, pero del cual nos habíamos beneficiado sus familiares, amigos, colegas, alumnos y todos aquellos a los cuales tocó a lo largo de los años.

Por eso, quiero, rompiendo con mi tradicional separación-un tanto esquizofrénica entre mi vida como académico y mi experiencia religiosa como sacerdote jesuita, terminar estos recuerdos del significado de la presencia de Ana María en nuestras vidas con una oración de ACCIÓN DE GRACIAS por el beneficio de haber compartido su vida durante estos años.

 

Dios Padre, de cuyo amor provienen todos los amores de nuestra vida humana, que manifestaste tu mensaje de amor universal por medio de tu HIJO, que compartió los afanes de nuestra vida pasando por el dolor y la muerte,

Te damos gracias por el amor que desplegó Ana María entre nosotros, siendo testigo de tu bondad mediante su entrega generosa a todos los que tuvimos el privilegio de contar con su presencia en nuestras vidas, empezando por su hijo Federico, su madre y hermanas, sus familiares, sus compañeros de colegio y universidad, sus colegas, alumnos y amigos, que hoy lamentamos su ausencia física entre nosotros,

Pero que seguimos experimentando su presencia, de manera misteriosa, en el amor que ella sembró entre nosotros, que garantiza, como dice San Juan en una de sus cartas, que hemos pasado de la muerte a la VIDA, y que nos anuncia la esperanza de un mundo mejor, donde todos podamos vivir como hermanos que somos e hijos de un mismo Padre.

Y te pedimos que esas semillas de amor que Ana María sembró entre nosotros sigan produciendo frutos de amor en nuestras vidas,

TE LO PEDIMOS por nuestro Señor Jesús, que compartió con nosotros su vida, impulsado por la fuerza del ESPIRITU SANTO, espíritu de amor, que vive y reina contigo por los siglos de los siglos.

 

Bogotá, abril 24 de 2017    

 

 Fernán González S.J.