Sep 24, 2017

Con el aval de varias organizaciones sindicales, universidades y organizaciones sociales, el Cinep/Programa por la Paz, postuló al investigador Mauricio Archila, para que ocupe uno de los once cargos nacionales designados para la Comisión de Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la no Repetición.

La Comisión de la Verdad, hace parte del Sistema Integral de Verdad, Justicia, Reparación y No Repetición. Tiene un carácter extrajudicial y temporal. Sus propósitos principales son contribuir al esclarecimiento de los patrones de violencia ocurridos en el marco del conflicto armado, promover y contribuir al reconocimiento de las víctimas y así mismo promover la convivencia en los territorios.

De esta manera, la creación de la Comisión de la Verdad, llega en un momento trascendental para la historia del país. En esta etapa de transición, Mauricio Archila, investigador Cinep/PPP y postulado para ser parte de esta Comisión, cree que independientemente de la firma de los acuerdos de la Habana, el país necesitaba una Comisión de la Verdad. “Creo que una Comisión de la Verdad es necesaria en el caso colombiano como un procedimiento para que las víctimas hablen, para que se conozcan esas versiones tanto de víctimas como de victimarios. En este sentido, es un aporte fundamental para procesos -no necesariamente de perdón y menos de olvido- pero sí de reconciliación, de reconocimiento de las víctimas, de identificación de los hechos y de los patrones de violencia en el país, que hace parte  del mandato de la Comisión de la Verdad.”

No es la primera vez que existe una Comisión de la Verdad en nuestro país, recientemente existió una sobre el tema del Palacio de Justicia. A diferencia de este ejercicio o el de la Comisión de Historiadores, el mandato actual pretende rescatar unos relatos más de conjunto, en donde se permita conocer lo que pasó, por qué sucedió así, quiénes estuvieron involucrados, las diferentes consecuencias y afectaciones para poder encaminar esta transición política a escenarios que velen por las garantías de no repetición.

Es por esto que la participación de las víctimas es muy importante. Pues además de participar en las audiencias y dando a conocer sus versiones, las víctimas también podrán ser parte de la Comisión aunque este no sea el objetivo principal de esta. La Comisión pretende ser diversa y plural, teniendo en cuenta la participación en términos de raza, género, posición regional, interdisciplinar, presencia extranjera. Para Mauricio Archila, esa pluralidad no sólo se debería dar en estos términos “sino también en la diversidad de las versiones, eso creo que hará complejo el trabajo porque va a ser difícil llegar a consensos en torno a  grandes patrones de comportamientos de la violencia pero hacia allá apunta la cuestión, recoger la diversidad del país, la diversidad de las versiones de esta violencia reciente de la historia de Colombia.”

En este proceso fueron 218 las personas inscritas para ocupar los once cargos que establece el mandato de la Comisión de la Verdad. Del total, 203 son nacionales y 15 son extranjeros. Hasta el 21 de septiembre, cualquier ciudadano, organización y sector interesado podrá conocer en detalle la trayectoria de los postulados y realizar observaciones a alguna postulación.

Para respaldar la postulación de Mauricio Archila, debe ingresar a http://www.comitedeescogencia.com/. Estas observaciones serán de uso exclusivo y confidencial del Comité de Escogencia, no son un sistema de votación y no podrán ser anónimas.

Marco Fidel Vargas, subdirector y los investigadores Ana María Restrepo y Fernán González respondieron a las preguntas  ¿en qué aportaría una persona como Mauricio Archila a la Comisión de la Verdad? y ¿cuáles son las características que debería tener un comisionado?

 

 

Laura Inés Contreras Vásquez

Equipo de comunicaciones

Aunque Ana María solía referirse a mí como su maestro y mentor, técnicamente nunca fue mi alumna en un salón de clase de esta universidad, sino que nuestra relación era más bien un continuo intercambio de ideas, en el que cada uno aportaba lo que había leído, recordado y aprendido a lo largo de los años. Eran largas conversaciones de horas y a veces hasta de días, en las que, de manera desprevenida y espontánea, compartíamos intereses, enfoques, críticas, análisis, que no siempre se reducían a la dimensión intelectual.

Así fuimos construyendo en mi equipo de investigación del Cinep una suerte de comunidad de ideas a partir de la discusión de los aportes de cada uno en un perpetuo seminario de investigación, en el que investigadores experimentados, jóvenes investigadores y asistentes de investigación íbamos construyendo juntos un acercamiento conjunto a los temas de interés en el análisis de la coyuntura e historia política del país. Recuerdo particularmente la manera como aproveché mi experiencia docente en la Universidad de los Andes para reclutar un magnífico grupo de investigadoras, que algún gracioso del Cinep bautizó como la Fundación Niñas de los Andes, en contraste con el hecho de que la mayoría de los investigadores provenía de la Nacional o Javeriana. De ese grupo hacían parte mis asistentes de investigación Renata Segura y Adriana Posada, recién graduadas, a las que se sumaron Ana María, que estaba ya iniciando sus estudios de doctorado y otra chica muy joven, que no había terminado todavía su carrera: Ingrid Bolívar.

En esa comunidad de ideas, Ana María aportaba sus lecturas sobre la necesidad de regresar a la reflexión teórica sobre la naturaleza y

el origen del Estado, inspirada en los trabajos de Theda Skocpol. Lo que se reflejó en sus artículos sobre la necesaria interacción entre sociedad civil y Estado y el carácter selectivo de los intentos de modernización estatal en Colombia, elaborado este último en colaboración con Renata Segura

En esas discusiones y reflexiones Ana María evidenciaba su enorme capacidad analítica que la hacía percibir matices y mostrar tanto los posibles aportes como las limitaciones de los autores, al lado de su claridad mental y gran facilidad de expresar temas complejos de manera sencilla y pedagógica. Todo esto sin las pretensiones de importancia a la que somos a veces dados en el mundo intelectual, donde era proverbial su inmensa generosidad para compartir sus opiniones, conceptos y lecturas. Además, sus serios aportes estaban condimentados con un gran sentido del humor y mucho respeto de las opiniones de las otras personas. Obviamente, la combinación de estos rasgos hacía que se ganara, con cierta facilidad, el respeto y sobre todo el corazón de sus colegas y alumnos.

Pero, más allá de la admiración por sus calidades académicas, creo que lo que más apreciamos los que tuvimos el honor de haberla acompañado en su lucha contra la enfermedad y las adversidades de su vida personal, fue su inmensa fortaleza, que contrastaba con su apariencia física aparentemente frágil. Durante casi veinte años, no sabemos de dónde sacaba ella fuerzas para luchar con la enfermedad que reaparecía de vez en cuando, al tiempo que dedicaba sus cuidados maternales a su hijo Federico, como “mamá gallina” como ella se describía, pero sin descuidar sus actividades de docencia e investigación.

Recuerdo que cuando estaba ya recuperando sus capacidades físicas y mentales después del primer episodio de su enfermedad, cuando estaba reasumiendo sus labores en el CIJUS, superando lo que ella denominaba “su cerebro de quimioterapia”, el atentado contra Eduardo Pizarro la obligó a un forzoso exilio, que ella aprovechó para culminar y defender su tesis doctoral, que había aprovechado mucho las reflexiones y discusiones en el equipo del Cinep. Pero, este éxito profesional la llevó luego a una peregrinación de varios años por varias universidades en los Estados Unidos, hasta que logró establecerse ya definitivamente en la Universidad de Toronto. Allí continuó profundizando su vida académica, combinando su docencia e investigación con sus deberes de madre y el cultivo de sus amistades, tanto allá como acá, pues nunca perdió el contacto permanente con sus colegas, alumnos y amigos.

Obviamente, este desarrollo personal distaba mucho de ser lineal, pues se veía interrumpido periódicamente por la reiterada aparición de su enfermedad. Recuerdo la alegría e ilusión que me manifestaba cuando, cinco años después de su primer episodio, me llamó para celebrar, desde la distancia, el que había sido declarada oficialmente curada. Sin embargo, ante la reiterada aparición del mal, Ana María siguió luchando fiel a la meta que se había fijado: no dejar este mundo sin ver a su hijo Federico adulto, capaz de defenderse por sí solo en la vida.

Por eso, cuando conversaba con mi médica personal, sobre los avatares por las cuales había pasado Ana María, me decía que deberíamos estar agradeciendo a Dios por el milagro de haberla tenido con nosotros esos años, pues su caso era médicamente inexplicable. Yo le comentaba que efectivamente había sido un MILAGRO DE AMOR de Ana María por su hijo Federico, pero del cual nos habíamos beneficiado sus familiares, amigos, colegas, alumnos y todos aquellos a los cuales tocó a lo largo de los años.

Por eso, quiero, rompiendo con mi tradicional separación-un tanto esquizofrénica entre mi vida como académico y mi experiencia religiosa como sacerdote jesuita, terminar estos recuerdos del significado de la presencia de Ana María en nuestras vidas con una oración de ACCIÓN DE GRACIAS por el beneficio de haber compartido su vida durante estos años.

 

Dios Padre, de cuyo amor provienen todos los amores de nuestra vida humana, que manifestaste tu mensaje de amor universal por medio de tu HIJO, que compartió los afanes de nuestra vida pasando por el dolor y la muerte,

Te damos gracias por el amor que desplegó Ana María entre nosotros, siendo testigo de tu bondad mediante su entrega generosa a todos los que tuvimos el privilegio de contar con su presencia en nuestras vidas, empezando por su hijo Federico, su madre y hermanas, sus familiares, sus compañeros de colegio y universidad, sus colegas, alumnos y amigos, que hoy lamentamos su ausencia física entre nosotros,

Pero que seguimos experimentando su presencia, de manera misteriosa, en el amor que ella sembró entre nosotros, que garantiza, como dice San Juan en una de sus cartas, que hemos pasado de la muerte a la VIDA, y que nos anuncia la esperanza de un mundo mejor, donde todos podamos vivir como hermanos que somos e hijos de un mismo Padre.

Y te pedimos que esas semillas de amor que Ana María sembró entre nosotros sigan produciendo frutos de amor en nuestras vidas,

TE LO PEDIMOS por nuestro Señor Jesús, que compartió con nosotros su vida, impulsado por la fuerza del ESPIRITU SANTO, espíritu de amor, que vive y reina contigo por los siglos de los siglos.

 

Bogotá, abril 24 de 2017    

 

 Fernán González S.J.