La historia de la energía eléctrica nace a mediados del siglo XVIII con Franklin y Volta. En la tercera década del siglo XIX Faraday crea un generador de energía y a finales de este siglo Swan y Edison crean la bombilla eléctrica. Por este tiempo se construyen las primeras hidroeléctricas en el mundo y Colombia entra rápido en este camino. La Compañía Eléctrica de Bucaramanga en 1890 construyó la Planta de Chitotá, en el río Suratá, primera hidroeléctrica del país. Pero es entre los años 70 y 90 del siglo XX que se construyen grandes hidroeléctricas como San Carlos, Chivor, Betania, Guatapé, Guavio y el país se interconecta. Sin embargo, este gran desarrollo de infraestructura no tuvo un esquema adecuado de financiación que garantizara su sostenibilidad, ni se estudió suficientemente el impacto social y ambiental de estos proyectos.

La historia de Hidroituango, uno de los proyectos más importante del país, comenzó hace 158 años, pero parece no leyó las lecciones de otros proyectos similares en Colombia. Hoy está en riesgo y seis municipios en alerta máxima: Ituango, Valdivia, Briceño, Tarazá, Cáceres y Caucacia. Según la Unidad nacional de riesgo y desastres, cerca de siete mil personas evacuaron sus casas y más de cien mil están en riesgo si colapsa la represa. La cuenca del río Magdalena, a la que pertenece el rio Cauca e Hidroituango, tiene 33 hidroeléctricas operando y dos en construcción, esto tiene efectos sobre la salud de toda la cuenca e impacta las planicies inundables en la Depresión Momposina en Bolívar, Cesar, Córdoba, Magdalena y Sucre. A esto se suma el estudio de 99 proyectos hidroeléctricos en la cuenca del Magdalena para alcanzar la meta de generación de energía que necesita el país en el 2050. Según estudios realizados por investigadores colombianos y extranjeros, publicados en la revista Hidrología y Ciencias de los Sistemas Terrestres, en mayo del presente año, si estos desarrollos no se sustentan en un enfoque de impacto ambiental integral y solo hacen estudios de impacto ambiental limitados al ecosistema puntual donde se planean ubicar, se seguirán produciendo impactos sociales, ambientales y económicos negativos en la cuenca del Magdalena. No se trata de desechar las hidroeléctricas sino de reconocer y minimizar los impactos con alternativas viables. La tendencia mundial es hacia formas de producción de energía menos impactante y Europa estudia la remoción de sus hidroeléctricas.

El número 183 de Laudato Si nos dice: “un estudio del impacto ambiental no debería ser posterior a la elaboración de un proyecto o de cualquier política a desarrollarse. Tiene que insertarse desde el principio y elaborarse de modo interdisciplinario, transparente e independiente de toda presión económica o política. Siempre es necesario alcanzar consensos entre los distintos actores sociales, pero en la mesa de discusión deben tener un lugar privilegiado los habitantes locales, quienes se preguntan por lo que quieren para ellos y sus hijos, y pueden considerar los fines que trascienden el interés económico inmediato”.

 

Luis Guillermo Guerrero Guevara

Director Cinep/Programa por la Paz

El próximo domingo será la primera vuelta para elegir el nuevo presidente de Colombia. La actividad se ha centrado en la publicidad de radio y televisión con un contenido profusamente emotivo y un debilitamiento de la reflexión sobre las soluciones que necesitan los problemas del país. Es preciso quebrar esta situación. Por eso, cada ciudadano y ciudadana tiene la responsabilidad y el derecho de preguntarse qué va a decidir con su voto y si va participará o no, con las consecuencias de esta decisión. No solo analizar por quién votará en particular, sino qué intereses representa su candidato, cuáles son sus propuestas, y si ellas son posibles, viables y necesarias.

Esta decisión no es un asunto cualquiera. El poder y la responsabilidad política de los ciudadanos y ciudadanas se expresa de manera directa el día de las elecciones. No expresarse en las urnas o vender el voto, es una decisión que trae consecuencias personales y colectivas.

Colombia tiene asuntos de la más alta gravedad para resolver y debemos ser conscientes de elegir quienes van a liderar y bajo qué criterios, las alternativas para alcanzar soluciones pertinentes, transparentes, eficaces, que no solo deben incluir los intereses de algunos actores influyentes de la sociedad. Entre otros problemas, cinco de ellos han llegado a ser crónicos y deben ser afrontados por el próximo gobierno. El primero: la atención a los más de ocho millones y medio de víctimas del conflicto social y armado que ha vivido el país por medio siglo.

Segundo: clarificar la propiedad, acceso y uso de la tierra. Generando una reforma rural que incluya la economía campesina, estrategias contra los cultivos de uso ilícito y la minería que atente contra la creación. Tercero: fortalecer garantías para la participación política de todos los movimientos y partidos, e impulsar una reforma política que implique cambios positivos para la institucionalidad pública.

Cuarto: hacer una reforma de fondo en la justicia para disminuir la alta impunidad y la corrupción vivida por décadas en el país. Y quinto: reconstruir un sistema de seguridad social que humanice y desarticule la comercialización de la salud; que fortalezca una educación de calidad para la vida, que sea equitativa entre la ciudad y el campo, que no segregue a nadie. Así como una política laboral que exija trabajo decente, equidad de género en el ingreso y pensiones dignas.

Los obispos en el texto titulado: Construir juntos un país que sea patria y casa para todos, brindan criterios claros para participar en las elecciones, entre otros, nos dicen: “Analicemos cuidadosamente la trayectoria y las propuestas de los candidatos. Para dar nuestro voto responsablemente, tenemos que llegar a la convicción moral de que la persona, el proyecto político y el equipo de trabajo que se eligen aportarán realmente al bienestar de todos los colombianos”.

 

 

Luis Guillermo Guerrero Guevara

Director del Cinep/Programa por la Paz

Editorial: Sin tierra no hay paz

  • Jul 20, 2018
  • Publicado en Prensa

El conflicto por la propiedad y uso de la tierra en Colombia es uno de los principales problemas sin resolver. Quizá el más profundo y estructural. Por eso en el Acuerdo de Paz, el punto sobre la reforma rural integral, tiene como desafío resolver este grave problema. Colombia es uno de los países que históricamente ha sido uno de los más desiguales de Latinoamérica en distribución de tierra. Y, esta desigualdad ha sido reconocida como uno de los detonantes en la creación de organizaciones guerrilleras y paramilitares. Si bien esta situación no justifica la terrible violencia, si la explica.

El reciente informe, Radiografía de la Desigualdad en Colombia, elaborado por la Oxfam Internacional, con base en el Censo Nacional Agropecuario, arrojó datos y análisis alertando sobre la dura situación que viven las comunidades rurales del país. Se indica que el 1% de las fincas de mayor tamaño tienen en su poder el 81% de la tierra; mientras el restante 19% de tierra se reparte entre el 99% por ciento de las fincas. Es injusto que el 0,1% de las fincas que superan las 2.000 hectáreas ocupen el 60% de la tierra. La propiedad de la tierra se ha venido concentrando en pocas manos, mientras la tierra de los desplazados y los baldíos de la nación han quedado en poder de personas y empresas terratenientes. En consecuencia, un millón de hogares campesinos viven en menos espacio del que tiene una vaca para pastar. A esto se agrega que el 42,7% de los grandes propietarios dicen no conocer el origen legal de sus terrenos. Respecto al uso de la tierra, los datos hablan del mal uso que se hace de ella: de 43 millones de hectáreas con uso agropecuario, 34,4 se dedican a ganadería y solo 8,6 a la agricultura. El uso debería ser a la inversa: 15 millones deberían utilizarse para ganadería y se usan el doble; mientras 22 millones deberían usarse para cultivar, pero estamos lejos de esta cifra. No hay duda, se necesita un fuerte cambio en el campo si queremos una paz justa, estable y duradera.

En carta enviada por campesinos colombianos al Papa durante su visita a Colombia el año pasado, decían: “Creemos, al igual que el santo padre, que la tierra debe estar al servicio de la vida y la justicia. Que la agricultura, la alimentación y la vida digna de los campesinos son factores indispensables para el presente y el futuro de la humanidad. Que la madre tierra es un don de Dios y no debe ser utilizada por multinacionales extrayendo de sus entrañas y acabando con la vida, favoreciendo solo a unos pocos vulnerando los derechos de los menos favorecidos. Acogemos con gozo y esperanza su mensaje a los campesinos del mundo donde nos abriga con sus palabras llamando a la solidaridad, la justicia y la equidad. Con esperanza y fe en Dios”.

Luis Guillermo Guerrero Guevara

Director del Cinep/Programa por la Paz

Editorial: Ríos de agua muerta

  • Jul 20, 2018
  • Publicado en Prensa

 En medio de la campaña por la presidencia del país, el tema del medio ambiente se ha tratado sin un debate de fondo entre los candidatos. Decir que se aplicará una política ambiental que ajustará las normas para explotar los recursos naturales con reducidos impactos ecológicos o una intervención minera con bajos niveles de contaminación, tiene un cierto sabor a retórica. Lo cierto es que esto se viene diciendo desde hace ya veinticinco años cuando se emanó la ley 99 de 1993, por la cual se creó el Ministerio del Medio Ambiente, se reordenó el sector público encargado de la gestión y conservación del medio ambiente y los recursos naturales renovables y se organizó el Sistema Nacional Ambiental. Los resultados, sin embargo, dejan mucho que desear.

 Por tomar solo un aspecto clave, ¿preguntémonos qué ha pasado con los páramos y el agua en el país? Recordemos que los páramos son fábricas de agua y el 50% de los que existen en el mundo se encuentran en nuestro país, en total 36 páramos. Ellos proveen el 70% del agua que se consume en la nación. A pesar de las políticas ambientales ya citadas, en estos momentos, uno de los problemas más graves en Colombia es la tendencia a la posible desaparición de los páramos. Los cambios climáticos de las últimas décadas, los procesos de desarrollo basados en las actividades agrícolas y ganaderas intensivas, el desarrollo de la minería del oro legal e ilegal, el mal uso, la destrucción y desaparición de la vegetación y fauna propia, así como la introducción de especies vegetales no propias, trae la destrucción paulatina de los páramos. A esto se agrega, el negativo impacto que los páramos han recibido por la violencia, el control territorial de los actores, el marginamiento y un modelo económico inequitativo articulado a una gestión política amparada en la corrupción y en el uso del poder como control para beneficios propios.

 En el capítulo primero de la Encíclica Laudato Si, el Papa Francisco habla sobre el agua, la contaminación y el agotamiento de ella, afirma: “El agua potable representa una cuestión de primera importancia, porque es indispensable para la vida humana. Grandes sectores de la población no acceden al agua potable o padecen sequias que deterioran la producción de alimentos. La baja calidad del agua la sufren los pobres y provoca muchas muertes. En algunos lugares avanza la privatización de este recurso escaso. Pero el acceso al agua potable es un derecho humano básico, fundamental y universal, porque determina la sobrevivencia de las personas, y por lo tanto es condición para el ejercicio de los demás derechos humanos”.

 

Luis Guillermo Guerrero Guevara

Director CINEP/Programa por la Paz

La Comisión de Esclarecimiento de la Verdad, creada en el Acuerdo Final de Paz, es ante todo una medida reparadora para la sociedad colombiana. Pero para que el trabajo de la Comisión sea profundamente eficaz, debe esforzarse por construir, a partir de diversas visiones, una comprensión del conflicto colombiano lleno de sentido, incluyente y sanador, una comprensión de la verdad sobre lo sucedido que nos haga preguntas, que nos mueva a todos de nuestro lugar de comodidad, una comprensión de la verdad que nos llame a la responsabilidad, al reconocimiento de nuestras acciones promotoras de violencia y nos interpele sobre los sentimientos de odio y la satisfacción de la venganza, que nos impulse al perdón y la reconciliación.

La Comisión de la Verdad es un instrumento para construir una verdad de sentido profundo y no para pugnar o guerrear sobre cuál verdad le gana a otra verdad. Históricamente las comisiones de verdad se han creado en otros conflictos del mundo como un órgano de carácter extra-judicial, y se han usado para procesos políticos de transición, para pasar de las dictaduras a la democracia o de conflictos armados a la paz.

El fin de estas comisiones se concentra en esclarecer lo que pasó en esa sociedad violenta y lo que llevó a usar patrones de violencia para la tramitación de los conflictos. Por eso la Comisión no es un mecanismo para administrar justicia sino para contribuir a la construcción de una verdad compleja.

La Comisión de la verdad es una oportunidad para que todos aportemos nuestros dolores, pero también nuestras acciones violentas y nuestras omisiones al no hacer lo suficiente para parar la violencia. La Comisión de la Verdad debe esclarecer las responsabilidades del Estado, de los poderes políticos, empresariales y de la economía transnacional, de las organizaciones armadas guerrilleras y paramilitares, de los actores de sociedad civil que auspiciaron o apoyaron la violación de los derechos humanos en medio del conflicto que fue y aún es, eminentemente político y económico.

El Padre Francisco de Roux, presidente de la Comisión de la Verdad, afirma: “No es una Comisión contra nadie, es por las víctimas. Es una Comisión que quiere, a través de las heridas, alcanzar una movilización hacia la compasión y esclarecer qué fue lo que nos aconteció en el país; ¿por qué nos vimos metidos con tantos sufrimientos y cómo podemos salir juntos?”.

 

Luis Guillermo Guerrero Guevara

 Director CINEP / Programa por la Paz