Jan 18, 2018

Editorial: Ética política

  • Ene 18, 2018
  • Publicado en Prensa

La política colombiana pasa por una etapa grave de ilegitimidad y déficit de ética. La corrupción administrativa, los partidos políticos convertidos en empresas electorales, las cortes atrofiadas y desnaturalizadas, vendiendo sentencias a los ladrones de cuello blanco, los entes de control convertidos en cómplices del delito y un Estado que improvisa, que no tiene capacidad de respuesta y que está en manos de intereses políticos y económicos para el provecho propio excluyendo el bienestar de la ciudadanía y el cuidado de los patrimonios naturales. Mientras que los líderes sociales, que deberían ser los primeros en ser protegidos por el Estado, caen víctimas de las balas y de las amenazas de sectores ligados a esos poderes políticos y económicos dominantes.

Si nos acercamos al problema de la corrupción, el informe entregado este año por Transparencia por Colombia, que analiza 69 municipios, calificados como territorios de paz por el Gobierno, muestra la tendencia estructural de este mal en el país. Se estudiaron 187 hechos de corrupción. Y 44% de estos hechos vulneraron derechos fundamentales asociados a la salud, la educación y la infraestructura. De otra parte, un 36% de los hechos analizados han tenido un impacto nocivo en sectores de la infraestructura, industria y comercio, tecnología, sector minero energético, transporte, turismo y desarrollo rural, todo esto se traduce en una violación directa a los derechos humanos civiles, políticos, económicos, sociales, culturales y ambientales en Colombia. Los departamentos más comprometidos son: La Guajira, Valle del Cauca, Nariño, Chocó, Antioquia, Bolívar y Cesar.

El pasado primero de octubre el Papa, en Cesena- Italia, propuso que “la política debe ser una forma de caridad y vida mártir”. Para hacer una buena política Francisco propone que ella no debe servir a “las ambiciones individuales o a la prepotencia de facciones o centros de interés. Una política que no sea ni sierva ni ama, sino amiga y colaboradora; ni temerosa ni temeraria, sino responsable y por tanto valiente y prudente al mismo tiempo; que haga crecer la implicación de las personas, su progresiva inclusión y participación; que no margine a ninguna clase, que no saquee ni envenene los recursos naturales. Una política que sepa armonizar las legítimas aspiraciones de los particulares y de los grupos teniendo bien aferrado el timón en interés de toda la ciudadanía”.

 

Luis Guillermo Guerrero Guevara

Director Cinep/Programa por la Paz

El transporte público masivo, en varias capitales del país, está colapsado. Es un lastre que lleva varios años en Colombia. Las erradas decisiones en materia de política pública de movilidad, el monopolio del negocio en pocas manos, la proliferación de buses chatarra y el cada vez mayor malestar de los usuarios, ha llevado a las administraciones municipales a caer en el vacío de soluciones. Cali, Barranquilla, Bucaramanga y especialmente Bogotá son los casos más complicados, pero no se ven soluciones a la vista. A esto se agrega, en el caso de Bogotá, el anuncio del aumento de las tarifas. Esta medida, inconveniente para el débil bolsillo de la gente y con un alto costo político, se hace inevitable desde el punto de vista financiero. El déficit del sistema de transporte, sólo en Bogotá, llegó a la suma de novecientos mil millones de pesos en el 2015, y el año pasado fue de seiscientos sesenta y un mil millones, déficit que para cubrirlo no tiene más fuente que los impuestos de los ciudadanos.

Pero lo que existe en el fondo es un gran negocio. En Bogotá, son nueve empresas privadas que se lucran luego de ganar una de las más grandes licitaciones de Colombia, son veinticinco años de concesión de un negocio que vale veinte mil millones de dólares. Sin embargo, este gran negocio adolece de inequidades. Mientras que para los grandes inversionistas es viable y productivo, así no sirva a los usuarios, para los pequeños propietarios ha sido un total fracaso. En este momento no hay medidas de fondo ni reglas de juego claras sobre cómo salvar o no al Sistema integral de transporte público en Bogotá. Las soluciones están en la mano del buen diseño de políticas públicas y en hacerlas cumplir, pero pesan más los intereses financieros de unos pocos que el servicio público masivo para una ciudad que necesita una buena movilidad que ayude al bienestar colectivo de nueve millones de personas.

Caben en este ejemplo vivo de inequidad y de aprovechamiento egoísta de lo público, las palabras del Papa Francisco en el parque Simón Bolívar de Bogotá: “(en) esta querida ciudad, Bogotá, y este hermoso País, Colombia… se encuentran multitudes anhelantes de una palabra de vida, que ilumine con su luz todos los esfuerzos y muestre el sentido y la belleza de la existencia humana. Estas multitudes de hombres y mujeres, niños y ancianos habitan una tierra de inimaginable fecundidad, que podría dar frutos para todos. Pero también aquí, como en otras partes, hay densas tinieblas que amenazan y destruyen la vida: las tinieblas de la injusticia y de la inequidad social; las tinieblas corruptoras de los intereses personales o grupales, que consumen de manera egoísta y desaforada lo que está destinado para el bienestar de todos”.

 

Luis Guillermo Guerrero Guevera

Director Cinep/Programa por la Paz

El Papa Francisco visitó hace pocos días en Roma a la Organización mundial para la Alimentación y la Agricultura, FAO, por sus siglas en inglés. Esta visita tuvo que ver con la Jornada Mundial de la Alimentación. Francisco expresó un discurso articulando temas estratégicos sobre la lucha contra el hambre, la desnutrición, la guerra del agua y los desafíos para la solidaridad mundial. Insistió el Papa que hoy se necesita “una mayor responsabilidad a todos los niveles, no sólo para garantizar la producción necesaria o la equitativa distribución de los productos, sino sobre todo para garantizar el derecho de todo ser humano a alimentarse según sus propias necesidades, tomando parte además en las decisiones que lo afectan”.

El hambre aqueja a ochocientos quince millones de personas, once por ciento de la población mundial, y asegura Francisco: "Las guerras y el cambio climático son una de las causas del hambre, así que no presentemos el hambre como si se tratase de una enfermedad incurable". Francisco recuerda que los conflictos se previenen y se resuelven, siguiendo el derecho internacional humanitario, sin embargo, la humanidad no está aplicándolo, lo que trae la martirizante guerra, el hambre y el desplazamiento forzado, situaciones que duran muchos años, pudiéndose haber evitado o detenido.

Para frenar esto, Francisco apela al diálogo y al compromiso total por un desarme gradual y sistemático, previsto por la Carta de las Naciones Unidas e interroga: “¿De qué vale denunciar que a causa de los conflictos millones de personas sean víctimas del hambre y de la desnutrición, si no se actúa eficazmente en aras de la paz y el desarme?” En cuanto al cambio climático, tema central para el Papa, afirma que se ven sus consecuencias todos los días, pero gracias a los conocimientos científicos, sabemos cómo se pueden afrontar. Además, la comunidad internacional ha elaborado instrumentos jurídicos como el Acuerdo de París, pero no todos lo reconocen y prefieren manipular la naturaleza para saciar la avidez de sus beneficios.

El Papa hace un llamado vehemente para que se haga un consenso concreto y práctico si se quieren evitar los efectos más trágicos, que siempre recayendo con fuerza sobre las personas más pobres. Y concluye: “Estamos llamados a proponer un cambio en los estilos de vida, en el uso de los recursos, en los criterios de producción, hasta en el consumo, que en lo que respecta a los alimentos, presenta un aumento de las pérdidas y el desperdicio. No podemos conformarnos con decir «otro lo hará»".

 

Luis Guillermo Guerrero Guevara

Director CINEP/Programa por la Paz

Hace pocas semanas Colombia vivió la visita del Papa Francisco como una experiencia de excepcional sentido emotivo, reflexivo y espiritual. La inequidad, la pobreza, la violencia, la justicia, la reconciliación y la paz fueron los temas que estuvieron presentes en los mensajes papales. Sin embargo, los efectos de este importante pasaje de la vida nacional aún falta madurarlos. Si el legado que nos dejó Francisco, no se trabaja con un discernimiento libre, intencionado y consciente, puede ser presa de la memoria de corto plazo y finalmente del olvido. Tenemos un gran desafío.

La visita del Papa se enmarca en su momento especialmente crítico de la vida del país. Su decisión de venir a Colombia estuvo motivada por el servicio a la construcción de la paz. Francisco tuvo como propósito elevar la calidad social y política de la paz, haciendo un vehemente y profundo llamado espiritual por la humanización de la Paz.

En Bogotá, interpeló al establecimiento político diciendo: “No es la ley del más fuerte sino la fuerza de la ley, la que es aprobada por todos, la que rige la convivencia pacífica. Se necesitan leyes justas que puedan garantizar esa armonía, (Ellas) nacen del deseo de resolver las causas estructurales de la pobreza que generan exclusión y violencia. Les pido que escuchen a los pobres, a los que sufren. Mírenlos a los ojos y déjense interrogar en todo momento por sus rostros surcados de dolor y sus manos suplicantes”.

Igualmente, indicó, como Pastor, a los obispos: No tengan miedo de perderse si salen de sí mismos. No enmudezcan la voz de Aquel que los ha llamado ni se ilusionen en que sea la suma de sus pobres virtudes o los halagos de los poderosos de turno quienes aseguran el resultado de la misión. Construyan una Iglesia que ofrezca a este país un testimonio elocuente de cuánto se puede progresar cuando se está dispuesto a no quedarse en las manos de unos pocos. No sirven alianzas con una parte u otra sino la libertad de hablar a los corazones de todos. Algunos continúan propagando la cómoda neutralidad de aquellos que nada eligen para quedarse con la soledad de sí mismos. No participen en ninguna negociación que mal-venda sus esperanzas”.

En Villavicencio, al encontrarse con las víctimas, expresó con claridad sobre la reconciliación: “No significa desconocer o disimular las diferencias y los conflictos. No es legitimar las injusticias personales o estructurales. El recurso a la reconciliación no puede servir para acomodarse a las situaciones de injusticia. Debemos estar preparados y sólidamente asentados en principios de justicia que en nada disminuyen la caridad. La historia nos pide asumir un compromiso definitivo en defensa de los derechos humanos. Si Colombia quiere una paz estable y duradera, tiene que dar urgentemente un paso en esta dirección, que es aquella del bien común, de la equidad, de la justicia, del respeto de la naturaleza y de sus exigencias.

Nuestro desafío no solo pasa por recordar el mensaje del Papa Francisco, sino por llevarlo a los hechos de reconciliación y paz que necesita Colombia.

Luis Guillermo Guerrero Guevara

Director CINEP/Programa por la Paz

 

Continua el deterioro estructural de la salud en Colombia. Y no hay una solución profunda a tan grave problema. Según la Asociación Colombiana de Hospitales, el 14% de cerca de mil instituciones que funcionan en el país, se han visto obligadas a cerrar servicios médicos. El 29% de los hospitales disminuyeron su capacidad, cunde el déficit presupuestal. Esta situación afecta al personal médico, pero especialmente a los usuarios, quienes tienen que recorrer varios centros hospitalarios para conseguir atención.

Esto se ha convertido en una queja que se repite desde hace varios años. Los gobiernos prometen, pero no cumplen sus compromisos. La salud se deteriora día a día. La gente sigue padeciendo un sistema inoperante que heredamos de la ley cien desde mil novecientos noventa y tres. Las EPS no pagan el servicio a hospitales y clínicas, por eso no se les puede pagar a los médicos ni a los trabajadores del sector, ni a los que invierten sus capitales y se endeudan para atender los pacientes. La tutela, para alcanzar algún servicio se volvió tan habitual que los médicos en lugar recetarios tienen formatos para que los enfermos demanden mediante tutela la atención médica. Por la mala paga de las EPS, los pacientes acumulan dolencias, crece el sufrimiento y mueren. Los empleados del sector público, profesionales y paramédicos, son maltratados, no hay para ellos un trabajo digno y decente. Nadie vigila, nadie controla, ninguna corrección ni sanción, cunde la impunidad frente a la violación del derecho fundamental a la salud. Las deudas de Caprecom, que son del Estado, continúan. El Estado parece encubrir las de Saludcoop a la que intervino y liquidó con pésimos resultados. Quebró a Cafesalud y no se sabe que va a pasar con sus pacientes y obligaciones. Tampoco se sabe para dónde va Medimás.

La Iglesia católica en Colombia ha generado llamados de atención a las autoridades de salud. En julio de dos mil dieciséis, en la Asamblea plenaria del Episcopado, el Cardenal Rubén Salazar dijo “Hago un llamado de humanidad y respeto a los operadores de la salud y a la red hospitalaria para que presten mejores servicios. Es indudable, que la inmensa mayoría de la población tiene dificultades para acceder rápida y efectivamente a la salud que necesita. Hay que hacer un llamamiento profundo a las IPS y EPS para que tomen conciencia de la dignidad de la persona, sobre todo durante la enfermedad, uno de los percances más duros de la vida. Muchos de los recursos destinados a la salud van a parar a los bolsillos de particulares, que se apropian de ese dinero”. El Arzobispo de Cali, Dario Monsalve, complementó: “Basta ver los casos en el Hospital Universitario de Cali para darse cuenta del horror que significa la corrupción en el sector salud y la pérdida de los presupuestos. A los pobres los están sepultando en vida”.

 

Luis Guillermo Guerrero Guevara

Director CINEP/Programa por la Paz