Jun 29, 2017

Cuando mi jefe me confirmó que viajaba a Cartagena, lo primero en que pensé fue en la desigualdad tan marcada que vive la ciudad. Por esos días, había leído una nota en un medio nacional en la que se evidenciaba la gran cantidad de proyectos de inversión que tiene la ciudad, y sin embargo, las comunidades más pobres no se beneficiaban en nada. “Cada diez días inversionistas nacionales y extranjeros lanzan un proyecto de construcción en Cartagena” iniciaba el artículo. “Cartagena es la segunda ciudad de Colombia con el mayor número de pobres” enunciaba más adelante. Así inicié una búsqueda de contexto que me permitiera hacer mi trabajo  en el  segundo seminario regional de educación intercultural que desarrollaba el Cinep/PPP en la costa Caribe.

Una vez inició el seminario, estaba en medio de varias decenas de profesores de la región.  De La Guajira, de Valledupar, de Cartagena, de la Sierra Nevada de Santa Marta. El primer panel de esa mañana fue una presentación de varias experiencias significativas en educación que involucran marcados procesos de interculturalidad en la pedagogía.

En la tarde estaba programado un recorrido por Bocachica, uno de los cuatro pueblos de Tierra Bomba, para conocer el trabajo del consejo comunitario. Para llegar allí, debimos caminar hacia el muelle de la bodeguita, frente al Centro de Convenciones donde se firmó el acuerdo de paz. Caminamos por el centro histórico y más turístico de Cartagena. Pasamos la torre del reloj, el centro de convenciones y el museo de arte moderno, claro, justo al lado la muralla. Esta era la ciudad que había visto en fotos, en videos y la que todo turista conoce, pero estábamos a punto de partir hacia otra cara de Cartagena.

 Contrastan los lujosos yates cerca a Cartagena con las conoas y lanchas rumbo a Bocachica

El trayecto duró unos 50 minutos, que incluyó una parada para recoger algo de mercancía y en el que nos cruzamos con pequeñas lanchas de motor y otras balsas que se movían al ritmo de los remos.  “Eso que se ve allá al fondo, eso es Bocachica” dijo un joven que venía en la lancha y que toda su vida ha vivido en este pueblo. “Hay mucha movilidad de la gente de Bocachica porque no tenemos muchas opciones de trabajo, por eso hay que ir a Cartagena” añadió.

Al llegar, la primera imagen es la de varios hombres sentados en una canoa. Dos de ellos arreglando una red, otros sentados y varios niños jugando alrededor. Todos nos miran con bastante curiosidad al ver tantos visitantes. En total, tres lanchas. A medida que íbamos avanzando no paraban los saludos. “buenas tardes, ¿cómo están?, bienvenidos”, se escuchaba desde las puertas de las casas. Varias veces tuvimos que pedir indicaciones para llegar a la casa de la cultura. Esas calles que andamos eran muy diferentes a las que habíamos caminado una hora antes. Allí no estaban pavimentadas, eran de piedra y polvo. Una que otra tenía lozas de cemento pero no por más de tres cuadras seguidas. Se veía claramente las varillas que en algún momento sostendrán los andenes. Este es un pueblo en construcción.

Una vez adentro de la casa de la cultura, todo el salón se llenó. Tanto así que algunos profesores decidieron almorzar afuera, a la sombra de un árbol para estar más cómodos. Fui hacia el salón habilitado como cocina y había diez personas para servir y repartir el almuerzo de todas las que esperaban afuera. Se distribuyeron funciones, unos el arroz, otros el patacón, otros la ensalada y otros el pescado. A mí me correspondió el jugo. Durante todo el tiempo que estuvimos allí, no paraba la conversación, los chistes y uno que otro ánimo para acelerar el proceso. Esta no era la “alta cocina” de los lujosos restaurantes del barrio Getsemaní.  Allí la comida se acomodaba con los dedos,  los platos pasaban de mano en mano y en mi caso, del mismo afán, los vasos quedaban untados de jugo por fuera. A pesar de habernos visto apenas medio día, ya había un ambiente de confianza. “Vamo´migue, sirve el jugo que la gente tiene sed” me decían con cierta picardía.

Al terminar el almuerzo nos dividimos en tres grupos, cada uno tenía un líder que se encargaría de hacer el recorrido guiado. Yo salí en el último que era guiado por Pedro, un habitante de unos 27 años que nos iba contando la historia reciente del pueblo.  “Estas playas eran las más apetecidas por los turistas hace años, pero a las Islas Rosario y a Barú les metieron más plata y ahora se llevan casi todo el turismo” dijo. También relató los procesos organizativos que han tenido para exigir sus derechos. “Aquí han venido grandes poseedores a comprarle la tierra a nuestra gente. El problema es que la compran a precio de huevo, y como aquí mucha gente no sabe, terminan vendiéndola para megaproyectos y grandes construcciones privadas”. Pedro relató las capacitaciones que han dado a las comunidades para que no vendan sus predios y para que no se aprovechen de su desconocimiento. “A veces es difícil porque la gente no es consciente de que vivimos en un paraíso”

El calzado de Pedro durante el rrecorrido

Son muy marcadas las diferencias de condiciones que viven los isleños. En Bocachica el agua no es un derecho fundamental. “El agua la trae una lancha cada tres o cuatro días y cuesta $900 el galón. Sólo para lavar la ropa y la loza se pueden gastar 9 galones semanales” dijo Pedro ante la mirada del grupo. El servicio de energía eléctrica no es muy diferente.  “Son muy continuos los cortes de corriente, a veces se puede ir la luz dos o tres días hasta que vienen de Cartagena a arreglar el daño”.  Toda la conversación sucedía sobre el mayor atractivo turístico del pueblo. El fuerte de San Fernando de Bocachica, un fuerte militar que sirvió también de cárcel en la época colonial y que fue muy importante en la estrategia militar, pues era paso obligado de las embarcaciones para entrar a Cartagena.

Desde las costas de Bocachica se ven los grandes barcos de carga y los lujosos cruceros que llegan a Cartagena

El fuerte es muy similar al Castillo de San Felipe, solo que más pequeño y sin muralla que bordea la costa. Pedro hablaba de los túneles que interconectaban la parte alta del fuerte con la costa. Fue tanta la curiosidad que un par de niños de unos 9 o 10 años nos invitaron a recorrerlo. Entré con Jenny, la coordinadora del seminario y otros dos profesores. A la entrada los niños nos advirtieron que no había ninguna iluminación y que debíamos ser cuidadosos con las cabezas. No pasaron muchos metros cuando descubrimos la razón. Los túneles son de piedra, pero les han puesto unos refuerzos de madera que disminuyen el tamaño de los corredores. Debíamos pasar agachados para no golpearnos. Los túneles son realmente oscuros. No entra ni un rayo de luz, ni hay iluminación artificial. Como pudimos, andamos alumbrado con los celulares. En algunos puntos el aire era muy denso y con poco oxígeno, hasta que llegábamos a los respiraderos. “Estos son nuevos. Cuando los españoles esto no existía” dijo uno de los niños mirando hacia arriba, al respiradero.

Aunque había alguna desconfianza por seguir avanzando, los niños iban completamente seguros de donde estaban. Conocían estos túneles de arriba abajo. En un punto decidimos salir para no perder el grupo, pero ya se habían ido. Fue entonces cuando nos encontramos con Leister. Un isleño que sobrepasaba los 30 años y que ayudó a llevar las ollas a la casa de la cultura. Con él seguimos el  recorrido.

Mientras nos contaba historias del pueblo también nos hablaba de su vida. Tiene dos hijas y vive de eso, de dar recorridos a los turistas por el pueblo. “El trabajo no es fácil. Hay semanas en que llegan muy pocos turistas y somos varias personas las que nos dedicamos a esto” dijo.  Repitió lo que nos había dicho Pedro antes, el fortalecimiento de Barú y las Islas Rosario como destino turístico, los había afectado.  Mientras atravesábamos el pueblo, se repitió la escena de varias personas sentadas alrededor de una mesa jugando cartas o dominó.  Algunas de las cartas que apenas se veían los números y figuras de tanto uso.

Cuando llegamos a la costa parecía que llevábamos un letrero gigante que decía turistas. Al momento se acercaron muchas personas a ofrecernos sus productos. Manillas, cocadas, collares, mochilas, caracoles, figuras de cerámica nos ofrecieron con mucha insistencia. Por fin terminó el largo recorrido y quedaban unos minutos, mientras llegaba la lancha, para descansar. Sin pensarlo fui a la playa y por primera vez en mi vida me metí al mar. La primera sensación fue refrescar el fuerte calor que hacía. Y fue extraño sentir el sabor salado del agua. Fueron unos pocos minutos que de verdad calmaron el calor y dieron descanso, a los pies sobre todo.

La economía de la isla se basa en productos a los turistas, pues la pesca ya no es tan rentable

“Muy bacana tu gorra, donde la compraste” me dijo Leister, “En Bogotá” le respondí, “si la quiere es suya” le dije. Sin dudarlo la recibió e inmediatamente se la puso, dejando en su mano la descolorida y rota que traía. “Esto es para que te acuerdes de nosotros y vuelvas por aquí” me dijo mientras me entregaba una manilla hecha de semillas y pedazos de madera. Nos despedimos y retornamos a Cartagena, La heroica, esa construida por esclavos. La amurallada, que en sus túneles batallaron los más pobres. Esa misma que en su centro histórico desplazó a las comunidades afro y palenqueras para dar paso a los restaurantes, los hoteles y las tiendas, como explicaba uno de los profesores. Frente a este panorama de diversas culturas conviviendo, diferentes clases sociales, dinámicas sociales tan contradictorias, nacía la reflexión de cómo educar a los niños y prepararlos para la ciudadanía responsable y de convivencia que enfrenta a las dos Cartagenas. Este tema  se desarrolló durante los dos siguientes días en el seminario. Próximamente en nuestro canal de Youtube publicaremos los videos en que algunos docentes intentan responder a estas preguntas.

 

Miguel Martínez

Equipo de Comunicaciones

 

 
La Fiscalía declaró el 11 de mayo de 2017 que los homicidios de los investigadores del CINEP, Mario Calderón y Elsa Alvarado, así como el de Carlos Alvarado Pantoja y la tentativa de homicidio de Elvira Chacón de Alvarado, padres de Elsa, son crímenes de lesa humanidad

A pocos días de cumplirse 20 años del asesinato de Mario Calderón, Elsa Alvarado y de su padre Carlos Alvarado Pantoja, ocurrido el 19 de mayo de 1997, la Fiscalía acaba de emitir una decisión en la que determina que estos crímenes se categorizan como delitos de lesa humanidad y, en consecuencia, son imprescriptibles.

Para adoptar esta decisión, el ente fiscal sostuvo que “los delitos fueron cometidos dentro de un plan sistemático y generalizado contra la población civil”. Por lo tanto, reitera y ratifica la calificación hecha en la resolución de situación jurídica del actualmente investigado Coronel ® Jorge Eliécer Plazas Acevedo.

La Comisión Colombiana de Juristas, en su calidad de representante judicial de las víctimas, había solicitado el pasado 7 de abril de 2017 que estos crímenes se declararan expresamente como delitos de lesa humanidad, al considerar que, junto a otros homicidios, como el de Jesús María Valle Jaramillo, Eduardo Umaña Mendoza y Jaime Garzón, fueron parte de la ejecución de un plan de carácter generalizado y sistemático en contra de defensores de derechos humanos.

Esta decisión, además de contribuir a que estos crímenes no queden en la impunidad y a saldar una grave deuda con el pasado, también debe constituirse en una admonición para que ni el Estado ni grupos irregulares vuelvan a cometer estos execrables crímenes que son ofensa para toda la humanidad.

Comisión Colombiana de Juristas
Mayo 12 de 2017

El sábado 13 de mayo, a las 2 de la tarde en el barrio Mariscal Sucre conmemoraremos desde allí, los 20 años del asesinato de Mario Calderón, Elsa Alvarado y Carlos Alvarado. La junta de acción comunal del barrio Mariscal Sucre, amigos cercanos de los investigadores y de Carlos, habitantes de barrios cercanos y todos los interesados,se reunirán en el parque Mario Calderón, en una jornada de recolección de basuras, siembra de árboles siete cueros, pintada de murales a cargo del colectivo Dexpierte y música y rap en vivo a cargo de Jacob D.M.C. (dj set).

Cinep/Programa por la Paz habló con Dexpierte sobre su trabajo y lo que esperan de esta jornada.

¿Cómo nace el colectivo Dexpierte?

Dexpierte: Surgió hacia mediados del 2010 como parte de un proceso de organización estudiantil que llevábamos a cabo de manera autónoma, en el que nos pensamos las diferentes maneras que comunicar una realidad oculta que aún se mantiene en matices de grises. La historia oculta de Colombia, homenajes a líderes y luchadores políticos que han defendido históricamente el territorio de intereses ajenos a los propios.

En ese momento pensamos en que esto debía darse mediante las expresiones de acciones gráficas en el espacio público, con el fin de comunicar e interpelar aquellas realidades hegemónicas. Es una apuesta colectiva de comunicación, en realidad siempre lo hemos planteado como una invitación abierta a recorrer los olvidos interpuestos con el tiempo, olvidos marcados por la mentira, y el silencio como parte del dominio estructural sobre este pueblo. Es una apuesta gráfica por reconocer la identidad de lo que somos aún en medio de una guerra silenciosa, que intenta perpetuarse a manera de ley o norma.

 ¿Cuáles son sus apuestas y en cuáles proyectos han trabajado?

 D: En este momento las disputas por la memoria se amplían y abren las posibilidades de comunicación directa sobre los hechos que en este país han venido ocurriendo. Las expectativas están puestas en facilitar y servir de comunicadores de esa memoria no oficial en la que más de uno se ve reflejado cotidianamente, pero que aún necesita más color y sensibilidad para que pueda llegar a más personas. No existen finalidades en el colectivo, creo que a largo plazo nos podríamos ver en el mismo ejercicio, sólo que con mayor dedicación. Básicamente durante este tiempo hemos venido trabajando alrededor de estas apuestas colectivas por la memoria y el trabajo en aras de resaltar y dignificar el sentido de lo que somos como país y como región latinoamericana. 

¿Cómo se vinculan al homenaje que desde Cinep/PPP se le está haciendo a Mario, Elsa y Carlos?

D: Nos vinculamos desde los afectos que hemos generado desde hace algunos años que conocimos el caso del asesinato de Mario y Elsa en particular.

Nos vinculamos por el mismo sentido que tiene el colectivo al interpelar en el espacio público el uso y las disputas por la memoria.

El caso de Mario y Elsa es uno de los miles de casos en los que se ve el reflejo de la legitimidad de la impunidad en este país. Uno puede ser asesinado sin que existan responsables puntuales, pero siempre hay una estructura criminal que por acción u omisión, siempre se configurará como la responsable de este tipo de violaciones; este tipo de estructuras son las que nos han venido sometiendo en una guerra histórica durante años.

Por razones como esas creemos en la pintura como un lenguaje más, en el que se pueden relacionar desde las alegrías, las ausencias y los sueños que tenemos de manera individual o colectiva. Mario y Elsa no son sólo dos investigadores del Cinep, son los soñadores que cada uno llevamos dentro como transformadores de esta realidad.

¿Cuál es el mensaje que envían a las personas que quieran participar de este homenaje?

D: En esta ocasión la particularidad de la acción radica en que es una intervención en el parque que Mario Calderón creó hace algunos años y que actualmente se llama paradójicamente “Mariscal Sucre”. La idea es renovar y compartir ese día alrededor de un conflicto que aunque nos apacigua, siempre hay oportunidades para compartir en medio de la pintura, la música y una memoria activa que debe consolidarse en la transformación de nuestra propia realidad.

 

Más sobre Dexpierte:

www.dexpierte.blogspot.com

www.flickr.com/photos/dexpiertecolombia

 

 

Laura Inés Contreras Vásquez

Equipo de comunicaciones



Luz Elena Patarroyo, investigadora del Cinep/Programa por la Paz fue una de las representantes de las organizaciones sociales invitada a compartir su trabajo en la audiencia pública sobre educación rural que se llevó a cabo el 11 de mayo en el Congreso de la República. Vea aquí el balance que hace la investigadora sobre esta jornada:

 

A esta audiencia asistieron diversos miembros de la Mesa Nacional de Educación Rural, el Ministerio de Educación, el Ministerio de Agricultura, Colciencias y el Sena, entre otros. Estas fueron algunas de las conclusiones de esta jornada:

  • La necesidad de construir un proceso intersectorial entre estado, organizaciones y privados para la elaboración de un Plan Especial de Educación Rural y posterior a este, una política pública de Educación Rural.
  • Una educación rural tiene que estar adecuadamente financiada.
  • Esta política deberá reconocer la pluralidad que compone nuestro país, deberá tener un enfoque étnico, de género, de inclusión, teniendo en cuenta las particularidades de los territorios.
  • La reconstrucción del tejido social y económico a partir de los objetivos de la economía solidaria, buscando llegar a una educación liberadora, con calidad, donde se vincule en lo rural los proyectos productivos que aporten a la construcción de innovación tecnológica. Que sean las mismas comunidades que lideren estas reflexiones sobre el conocimiento. 
  • Reconocer cuáles fueron las razones y los efectos de la guerra en la ruralidad. 
  • La educación rural tiene la potencialidad de transformar las condiciones de vida en los territorios, mejorando las condiciones existenciales de la población rural y cerrando brechas de desigualdad entre el campo y la ciudad. 
  • La educación rural puede ser una forma de transformar los saberes desde las dinámicas culturales de las comunidades.
  • Las condiciones de opresión de la mujer en las zonas rurales son mayores que en las urbanas. 

Aquí, la ponencia presentada en la audiencia pública:

 
 
Laura Inés Contreras Vásquez
Comunicaciones Cinep/PPP

 

 

 

Estaba haciendo la fila para entrar a ver  “Monsieur Periné” en el Koerner  Hall de Toronto,  cuando recibí un mensaje de texto de Elvira Alvarado recordándome que el próximo mes de mayo se cumplen 20 años del vil asesinato de su hermana y mi buena amiga Elsa,  junto con su esposo y también cómplice generacional Mario Calderón y el papá Alvarado. Me invitaba a escribir algo, alguna frase relacionada con los dos últimos años de la vida de Elsa y de su pensamiento.  Lo primero que se me vino a la memoria fue un “mini casete” que me regaló quince días antes de su asesinato y que dejó en mi apartamento camino a dictar su clase de “Comunicación para el Desarrollo” en la Universidad Externado de Colombia (nuestra universidad). Se trataba de las canciones de una nueva y desconocida joven cantante barranquillera que había sacado su primer disco “Pies descalzos”, el cual le gustaba mucho a sus estudiantes. Estaba utilizando las letras de algunas de sus canciones para trabajar con ellos los mensajes clave de esas letras, mezcladas con las melodías de esa joven cantante que movía los corazones de los chicos.

 Las nuevas y refrescantes melodías de los integrantes de Monsieur Periné, junto con el recorderis que me hizo Elvira de la partida de Elsa, removieron la memoria de nuestras vidas de hace 20 años, cuando estábamos en los 30s y éramos buscadoras de nuevas formas de educar a los jóvenes estudiantes; de hacer de la comunicación en todas sus formas, una potente arma educadora y de “utilizar” las propuestas de los jóvenes, como una herramienta pedagógica  para propiciar interés por el conocimiento, por la crítica, por el “no tragar entero”.

Desde hace 20 años,  aparece cada año, en mayo, el recuerdo de Elsa y Mario bajo diversas formas.  Tratamos de esquivar el dolor de su partida prematura y de la rabia de pensar por qué esas fuerzas oscuras no se dieron el permiso de haberlos conocido, pues seguro que si se hubieran sentado a conversar con ellos, no les hubieran tocado un pelo. Si hubieran llamado a la puerta en vez de haberla violado a tiros de metralleta, seguramente Elsa y Mario les habrían abierto la puerta de su casa y les brindarían una taza de té o un aromático café colombiano para entablar una charla que se hubiera convertido en una noche de dialogo, de compartir historias, alternada con deliciosos platillos que habrían salido de la cocina siempre lista para hacer sentir a los visitantes como en su casa. Pero no fue así. Llegaron y sin permiso masacraron unas vidas llenas de vida. Mataron vilmente a esos andantes del bien, de la paz, a esos protectores del planeta que buscaban que el agua rodara fresca por los manantiales.

Es inevitable no pensar en lo que quisiéramos borrar de nuestra memoria. Es imposible no preguntarnos una y otra vez ¿por qué?... Pero esto no es a lo que me ha invitado a recordar Elvira. Entonces volvamos a esa mujer alta y esbelta, de sonrisa grande y cabello fino. A esa chica que le robó el corazón al “Obispo de Oriente”… Elsa era una comunicadora por esencia y una educadora por convicción. Nos unía que yo soy educadora por esencia y comunicadora por convicción. Nos unía también que nos encantaban las jóvenes generaciones, los niños, los muchachos y las chicas, por su inocencia, su franqueza y sus búsquedas y nos interesaba llegarles a ellos. Pero también nos importaba pensar en  los más excluidos, en los que no tienen voz, en los que sufren por la pobreza, por no tener un pan en la mesa u oportunidades para estudiar. Teníamos buenas charlas sobre el papel de los medios de comunicación en la educación de las jóvenes generaciones, en el uso de la televisión, de la radio con fines educativos, pero no para producir aburridores programas que se dicen “educan” sino los medios, como potentes instrumentos para cambiar mentalidades y no para mantener el statu quo de los pueblos. Eran tiempos en donde el internet no se había popularizado, ni las redes sociales virtuales aún existían, ni mucho menos existían los celulares inteligentes que todo lo hacen. Eran tiempos del betamax, de los CD, de las videotecas para sacar películas en beta o VHS, de los cine clubs y de las salas con grandes computadores donde accedíamos para tareas puntuales.  Los pequeños laptops eran propiedad de reducidas minorías.  Me pregunto cuál podría ser nuestra conversación de hoy si Elsita estuviera, sobre el papel de la educación mediada por tanta información, por el inmediatismo de la noticia, por  los bancos de música que se bajan en el celular, o las bibliotecas virtuales al servicio de quien los quiera con solo prender un teléfono?

Trabajábamos en el CINEP. Para ese entonces construíamos en el Proyecto Urbano una estrategia educativa para capacitar al movimiento de madres comunitarias en el país encargadas de la atención a la primera infancia. Las madres comunitarias no tenían voz, no eran reconocidos sus derechos como educadoras. Eran simples cuidadoras, que abrían las puertas de sus casas para proteger a los niños pequeños y enseñarles con juegos y cantos las primeras letras. Con Elsita discutíamos ideas para cualificarlas, que tal producir materiales usando comics, grabarles música, ponerles películas para que el mundo se les abriera hacia el universo de la infancia en sus primeros años?… Así nacían las semanas de la creatividad en el Sur Oriente de Bogotá, el cineclub cine-Cinep para los niños del barrio La Perseverancia o el programa Fosdimac de formación a las madres comunitarias.

Fuimos también cómplices de amores secretos. De compartir su sueño de tener un hijo. De su complicidad cuando supo que en mi vientre crecía mi José Alejandro.  La primera persona que llegó a la clínica después de mi familia inmediata a visitar a mi  Ale fue Elsita. Siempre con su sonrisa grande, lo miró a los ojos y yo le se lo entregué para que lo cargara. Ella lo tomó en sus brazos  y con la complicidad que nos caracterizaba, recordamos lo que algún día una madre comunitaria nos había dicho, que era importante cargar a los bebés pues así llegaba el propio. Meses después, la semilla de Iván, su hijo, prendió y también él llegó al mundo.

No compartimos mucho tiempo la primera infancia de nuestros hijos juntas. Nos fuimos para París y ellos, Mario y Elsa, empezaron su crianza en Colombia. Iván recibió un regalo de José Alejandro, “Artura la Cangura”, que cuidadosamente seleccionamos para mandar con un mensajero visitante en Paris que volvía a Colombia. Guardo como un tesoro, un sobrecito con una carta escrita a cuatro manos por Mario y Elsa donde agradecen la llegada de Artura.  Por ahí está,  junto con el tarot que leía Mario y que años después, en un mes de mayo en Guatemala, me regaló Nohora Alvarado, su otra hermana,  cuando nos encontramos en uno de mis periplos latinoamericanos.

Es imposible olvidar a Elsa en tiempos de las redes virtuales, de los App, del WiFi, de la transformación del mundo por la tecnología y las telecomunicaciones. Este escrito me hace pensar que si estuviera viva, seguramente estaría dándonos pistas sobre los retos de la educación a las jóvenes generaciones que consumen diariamente información, que navegan en el mundo virtual cotidianamente, que construyen vidas paralelas, las reales y las virtuales, a través del celular o del laptop.  Toda esta revolución estaría mediada por su cuidadosa reflexión sobre mundos más justos para todos, donde el acceso a la información, pero sobretodo, el no tragar entero, debe estar en el centro de la reflexión educativa.  Estaríamos pensando como aprender a digerir toda esa información que diariamente nos bombardea y que tratamos de aprender a interactuar con los jóvenes de hoy, en estos tiempos donde la inmediatez es la unica manera de sobrevivir.

Elsa, Mario, Iván, están siempre en mi corazón.

 

Tatiana Romero Rey

Toronto, Abril 24 de 2017