Jun 29, 2017

Cuando mi jefe me confirmó que viajaba a Cartagena, lo primero en que pensé fue en la desigualdad tan marcada que vive la ciudad. Por esos días, había leído una nota en un medio nacional en la que se evidenciaba la gran cantidad de proyectos de inversión que tiene la ciudad, y sin embargo, las comunidades más pobres no se beneficiaban en nada. “Cada diez días inversionistas nacionales y extranjeros lanzan un proyecto de construcción en Cartagena” iniciaba el artículo. “Cartagena es la segunda ciudad de Colombia con el mayor número de pobres” enunciaba más adelante. Así inicié una búsqueda de contexto que me permitiera hacer mi trabajo  en el  segundo seminario regional de educación intercultural que desarrollaba el Cinep/PPP en la costa Caribe.

Una vez inició el seminario, estaba en medio de varias decenas de profesores de la región.  De La Guajira, de Valledupar, de Cartagena, de la Sierra Nevada de Santa Marta. El primer panel de esa mañana fue una presentación de varias experiencias significativas en educación que involucran marcados procesos de interculturalidad en la pedagogía.

En la tarde estaba programado un recorrido por Bocachica, uno de los cuatro pueblos de Tierra Bomba, para conocer el trabajo del consejo comunitario. Para llegar allí, debimos caminar hacia el muelle de la bodeguita, frente al Centro de Convenciones donde se firmó el acuerdo de paz. Caminamos por el centro histórico y más turístico de Cartagena. Pasamos la torre del reloj, el centro de convenciones y el museo de arte moderno, claro, justo al lado la muralla. Esta era la ciudad que había visto en fotos, en videos y la que todo turista conoce, pero estábamos a punto de partir hacia otra cara de Cartagena.

 Contrastan los lujosos yates cerca a Cartagena con las conoas y lanchas rumbo a Bocachica

El trayecto duró unos 50 minutos, que incluyó una parada para recoger algo de mercancía y en el que nos cruzamos con pequeñas lanchas de motor y otras balsas que se movían al ritmo de los remos.  “Eso que se ve allá al fondo, eso es Bocachica” dijo un joven que venía en la lancha y que toda su vida ha vivido en este pueblo. “Hay mucha movilidad de la gente de Bocachica porque no tenemos muchas opciones de trabajo, por eso hay que ir a Cartagena” añadió.

Al llegar, la primera imagen es la de varios hombres sentados en una canoa. Dos de ellos arreglando una red, otros sentados y varios niños jugando alrededor. Todos nos miran con bastante curiosidad al ver tantos visitantes. En total, tres lanchas. A medida que íbamos avanzando no paraban los saludos. “buenas tardes, ¿cómo están?, bienvenidos”, se escuchaba desde las puertas de las casas. Varias veces tuvimos que pedir indicaciones para llegar a la casa de la cultura. Esas calles que andamos eran muy diferentes a las que habíamos caminado una hora antes. Allí no estaban pavimentadas, eran de piedra y polvo. Una que otra tenía lozas de cemento pero no por más de tres cuadras seguidas. Se veía claramente las varillas que en algún momento sostendrán los andenes. Este es un pueblo en construcción.

Una vez adentro de la casa de la cultura, todo el salón se llenó. Tanto así que algunos profesores decidieron almorzar afuera, a la sombra de un árbol para estar más cómodos. Fui hacia el salón habilitado como cocina y había diez personas para servir y repartir el almuerzo de todas las que esperaban afuera. Se distribuyeron funciones, unos el arroz, otros el patacón, otros la ensalada y otros el pescado. A mí me correspondió el jugo. Durante todo el tiempo que estuvimos allí, no paraba la conversación, los chistes y uno que otro ánimo para acelerar el proceso. Esta no era la “alta cocina” de los lujosos restaurantes del barrio Getsemaní.  Allí la comida se acomodaba con los dedos,  los platos pasaban de mano en mano y en mi caso, del mismo afán, los vasos quedaban untados de jugo por fuera. A pesar de habernos visto apenas medio día, ya había un ambiente de confianza. “Vamo´migue, sirve el jugo que la gente tiene sed” me decían con cierta picardía.

Al terminar el almuerzo nos dividimos en tres grupos, cada uno tenía un líder que se encargaría de hacer el recorrido guiado. Yo salí en el último que era guiado por Pedro, un habitante de unos 27 años que nos iba contando la historia reciente del pueblo.  “Estas playas eran las más apetecidas por los turistas hace años, pero a las Islas Rosario y a Barú les metieron más plata y ahora se llevan casi todo el turismo” dijo. También relató los procesos organizativos que han tenido para exigir sus derechos. “Aquí han venido grandes poseedores a comprarle la tierra a nuestra gente. El problema es que la compran a precio de huevo, y como aquí mucha gente no sabe, terminan vendiéndola para megaproyectos y grandes construcciones privadas”. Pedro relató las capacitaciones que han dado a las comunidades para que no vendan sus predios y para que no se aprovechen de su desconocimiento. “A veces es difícil porque la gente no es consciente de que vivimos en un paraíso”

El calzado de Pedro durante el rrecorrido

Son muy marcadas las diferencias de condiciones que viven los isleños. En Bocachica el agua no es un derecho fundamental. “El agua la trae una lancha cada tres o cuatro días y cuesta $900 el galón. Sólo para lavar la ropa y la loza se pueden gastar 9 galones semanales” dijo Pedro ante la mirada del grupo. El servicio de energía eléctrica no es muy diferente.  “Son muy continuos los cortes de corriente, a veces se puede ir la luz dos o tres días hasta que vienen de Cartagena a arreglar el daño”.  Toda la conversación sucedía sobre el mayor atractivo turístico del pueblo. El fuerte de San Fernando de Bocachica, un fuerte militar que sirvió también de cárcel en la época colonial y que fue muy importante en la estrategia militar, pues era paso obligado de las embarcaciones para entrar a Cartagena.

Desde las costas de Bocachica se ven los grandes barcos de carga y los lujosos cruceros que llegan a Cartagena

El fuerte es muy similar al Castillo de San Felipe, solo que más pequeño y sin muralla que bordea la costa. Pedro hablaba de los túneles que interconectaban la parte alta del fuerte con la costa. Fue tanta la curiosidad que un par de niños de unos 9 o 10 años nos invitaron a recorrerlo. Entré con Jenny, la coordinadora del seminario y otros dos profesores. A la entrada los niños nos advirtieron que no había ninguna iluminación y que debíamos ser cuidadosos con las cabezas. No pasaron muchos metros cuando descubrimos la razón. Los túneles son de piedra, pero les han puesto unos refuerzos de madera que disminuyen el tamaño de los corredores. Debíamos pasar agachados para no golpearnos. Los túneles son realmente oscuros. No entra ni un rayo de luz, ni hay iluminación artificial. Como pudimos, andamos alumbrado con los celulares. En algunos puntos el aire era muy denso y con poco oxígeno, hasta que llegábamos a los respiraderos. “Estos son nuevos. Cuando los españoles esto no existía” dijo uno de los niños mirando hacia arriba, al respiradero.

Aunque había alguna desconfianza por seguir avanzando, los niños iban completamente seguros de donde estaban. Conocían estos túneles de arriba abajo. En un punto decidimos salir para no perder el grupo, pero ya se habían ido. Fue entonces cuando nos encontramos con Leister. Un isleño que sobrepasaba los 30 años y que ayudó a llevar las ollas a la casa de la cultura. Con él seguimos el  recorrido.

Mientras nos contaba historias del pueblo también nos hablaba de su vida. Tiene dos hijas y vive de eso, de dar recorridos a los turistas por el pueblo. “El trabajo no es fácil. Hay semanas en que llegan muy pocos turistas y somos varias personas las que nos dedicamos a esto” dijo.  Repitió lo que nos había dicho Pedro antes, el fortalecimiento de Barú y las Islas Rosario como destino turístico, los había afectado.  Mientras atravesábamos el pueblo, se repitió la escena de varias personas sentadas alrededor de una mesa jugando cartas o dominó.  Algunas de las cartas que apenas se veían los números y figuras de tanto uso.

Cuando llegamos a la costa parecía que llevábamos un letrero gigante que decía turistas. Al momento se acercaron muchas personas a ofrecernos sus productos. Manillas, cocadas, collares, mochilas, caracoles, figuras de cerámica nos ofrecieron con mucha insistencia. Por fin terminó el largo recorrido y quedaban unos minutos, mientras llegaba la lancha, para descansar. Sin pensarlo fui a la playa y por primera vez en mi vida me metí al mar. La primera sensación fue refrescar el fuerte calor que hacía. Y fue extraño sentir el sabor salado del agua. Fueron unos pocos minutos que de verdad calmaron el calor y dieron descanso, a los pies sobre todo.

La economía de la isla se basa en productos a los turistas, pues la pesca ya no es tan rentable

“Muy bacana tu gorra, donde la compraste” me dijo Leister, “En Bogotá” le respondí, “si la quiere es suya” le dije. Sin dudarlo la recibió e inmediatamente se la puso, dejando en su mano la descolorida y rota que traía. “Esto es para que te acuerdes de nosotros y vuelvas por aquí” me dijo mientras me entregaba una manilla hecha de semillas y pedazos de madera. Nos despedimos y retornamos a Cartagena, La heroica, esa construida por esclavos. La amurallada, que en sus túneles batallaron los más pobres. Esa misma que en su centro histórico desplazó a las comunidades afro y palenqueras para dar paso a los restaurantes, los hoteles y las tiendas, como explicaba uno de los profesores. Frente a este panorama de diversas culturas conviviendo, diferentes clases sociales, dinámicas sociales tan contradictorias, nacía la reflexión de cómo educar a los niños y prepararlos para la ciudadanía responsable y de convivencia que enfrenta a las dos Cartagenas. Este tema  se desarrolló durante los dos siguientes días en el seminario. Próximamente en nuestro canal de Youtube publicaremos los videos en que algunos docentes intentan responder a estas preguntas.

 

Miguel Martínez

Equipo de Comunicaciones

 

Este número de la Revista Controversia busca analizar ¿Cuáles son los retos de la educación intercultural frente al contexto de post-acuerdo? ¿Qué tipo de procesos pedagógicos interculturales se puede desarrollar en el reconocimiento de los derechos de los grupos campesinos, étnicos, de víctimas y excombatientes en la nueva geografía nacional?

 Esta articulación de la educación con enfoque intercultural con el contexto actual nacional permite problematizar y complejizar el lugar que ocupará la formación frente a la construcción de otras narrativas del conflicto y la paz territorial.

 Los ejes temáticos para este número son:

 El papel de la escuela en la comprensión del conflicto y la construcción de paz que implica situar a la educación desde una mirada crítica y propositiva frente a la firma de los Acuerdos de La Habana y en clave del lugar que ocuparán en la escuela niños, niñas, jóvenes y adolescentes víctimas y excombatientes. Esto significaría repensar cuáles son los retos de la educación en el contexto de post-acuerdo.

  • El reconocimiento de los derechos de los grupos étnicos, de víctimas y excombatientes en la nueva geografía del conflicto y la paz territorial que significa construir una mirada diferenciada en el reconocimiento de la etnicidad, el género y la raza. A su vez implica comprender los impactos de los modelos de desarrollo que se han construido y proyectado para la región Caribe.
  • Las memorias del territorio, pedagogías de la memoria y su lugar de incidencia en la escuela que nos interpelan en los ejercicios de la memoria histórica, las pedagogías de la memoria y la paz, y la construcción de nuevas narrativas contextualizadas para las diversas regiones, especialmente la Caribe.
  • Educación rural y derechos del campesinado que busca situar la reflexión sobre la tensión entre los procesos educativos que se vienen adelantando en las ruralidades colombianas y la construcción de la política pública en educación rural.

 Editora invitada: Jenny Paola Ortiz Fonseca, CINEP

 

Fechas

Apertura: 17 de abril.

Cierre: 31 de julio.

Publicación: diciembre 2017.

No. 205, primer semestre de 2016

Tema: Interculturalidad, convivencias y gobernanzas territoriales

La constitución de 1991 reconoció la diversidad cultural en Colombia y en consecuencia introdujo un esquema diferencial de derechos, que busca garantizar la integridad cultural de los pueblos indígenas y afrodescendientes, muchos de los cuales habitan en el campo colombiano y conviven con población campesina mestiza. El modelo multicultural anteriormente descrito ha incentivado las subjetividades identitarias en clave étnica, situación que en muchos lugares de la geografía nacional ha significado la emergencia de tensiones comunitarias, en tanto enfrenta diversas concepciones, trayectorias, principios de organización del territorio y percepciones en torno a lo público. Sin embargo, al mismo tiempo, los procesos organizativos étnicos y el sistema multicultural de derechos han funcionado como una extraordinario mecanismo de resistencia social frente al despojo territorial resultante del conflicto armado y del modelo neo-extractivista.

Estas dinámicas de conflicto y resistencia tienen lugar en un contexto de profunda concentración de la tierra, marginamiento productivo y exclusión social; los anteriores elementos en sus múltiples combinaciones, tienden a exacerbar las tensiones y la competencia por espacios de representación y de acceso a derechos diferenciados entre poblaciones rurales. Pese a ello, puede asegurarse que una característica predominante del campo colombiano es el  ejercicio permanente de diálogo y negociación intercultural que ha permitido, desde la diferencia, la construcción conjunta de gobernanzas y autonomías específicas sobre idénticos territorios. Desde el anterior punto de vista, la interculturalidad constitutiva de la ruralidad colombiana puede entenderse como aquellas dinámicas por medio de las cuales, diversas culturas dejan de correr paralelas y se intersectan entre sí afectándose; lo que implica entonces, el entreveramiento de identidades en los terrenos definitorios de los órdenes sociales y políticos, así como el énfasis en los aspectos comunes de la cotidianidad entre los diferentes actores.

El número 205 de la Revista Controversia busca plantear preguntas y proponer debates en torno a los retos que para la nación multicultural significa “La Interculturalidad, la convivencia y las gobernanzas territoriales”. El reto de la interculturalidad se explica porque en el objetivo de hacer efectivos los derechos territoriales de las poblaciones rurales en el país, el Estado y las organizaciones sociales etnico-campesinas enfrentan hoy, además de las tradicionales dificultades del sector agrario, el reto de construir ordenamientos territoriales que fortalezcan espacios de convivencia social y productiva. Lo anterior adquiere aún mayor relevancia ante la expectativa de un posible escenario de post-acuerdo donde las espacialidades y gobernanzas rurales, implementadas por los movimientos sociales, jugarán un papel protagónico en la sostenibilidad y desarrollo del campo colombiano.

Carlos Duarte (editor encargado)
Instituto de Estudios Interculturales
Universidad Javeriana de Cali
 
 
Cierre de convocatoria
Fecha límite de recepción de artículos: 29 de febrero de 2016
Los textos podrán ser enviados a la siguiente dirección: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.