Mar 27, 2017

Lilia tiene 59 años, es una mujer de ojos claros que habla con firmeza y que ya no teme llorar en público. Lilia asegura que desde que estaba en el vientre de su madre ha tenido que vivir la violencia política y la estigmatización, sin embargo, estas situaciones la han fortalecido; ella sigue los pasos de su padre y trabaja por un mejor país, pues como ella dice: “la lucha por los derechos se hereda”.

Lilia es hija de Luis Eduardo Yaya, dirigente sindical de la Unión Patriótica y defensor de derechos humanos. Recuerda que siendo niña le reclamaba mucho a su papá por no estar con ella, Cuando él le regaló Veinte mil leguas de viaje submarino de Julio Verne en la dedicatoria le decía: “son más de veinte mil los sufrimientos para tu padre por no poder darte el calor que mereces, pero llegará el día que siempre me tendrás a tu lado mi adorada hijita Lili”.

El 21 de febrero de 1989 Luis Eduardo Yaya se comunicó por teléfono con su hija, le dijo: “nos vemos ya sabes cuándo”. Para ese momento ya estaba interceptado, tenían que hablar en clave. El “cuándo” al que se refería era el 25 de febrero, día del cumpleaños de Lilia, pero a ese encuentro nunca llegó. A Luis Fernando lo asesinaron el 23 de febrero en Villavicencio. “El Estado me hizo un regalito inolvidable”, dice Lilia entre lágrimas.

Ella trae a su memoria, las dedicatorias, los libros, los momentos que compartieron. Prosigue luego de una pausa: “a mi papi lo recordaré todos los días de mi vida. Este año cuando fue el aniversario de su asesinato pensé que iba estar más tranquila pero no fue así; ese día cuando me desperté estaba mi cara llenita de lágrimas, había estado soñando con él. Mi hija que es estudiante de psicología me dice: ‘mami no has cerrado eso’. Según ella porque no lo vi echar al hueco. A nosotros no nos permitieron estar en su funeral, nos sacaron porque dijeron que nos iban a asesinar”. 

“Habían transcurrido 23 años y jamás había hablado del asunto, jamás me había encontrado con otra persona que hubiera vivido un hecho victimizante en el marco de la guerra. Antes no lo hablaba con nadie porque mis hermanos no querían tocar el tema. El entorno en el que me desenvolvía era totalmente apático, de eso no se hablaba y cuando me daba la nostalgia pues lloraba”, recuerda Lilia Yaya.

Se unió a la iniciativa del costurero de la memoria, como terapia para reconstruir sucesos del pasado que vienen a la mente y no dejan de doler. Un espacio que reúne familiares de las víctimas, donde cada uno de los participantes cuenta en telas una parte de su vida, una parte de su historia.

Zurcir la memoria

El costurero de la memoria es un colectivo conformado por personas de distintas partes del país. Nació en 2008 cuando se conocieron los casos de los “falsos positivos” con la organización de las Madres de Soacha, la iniciativa antes se llamaba la Mesa de Chanchiros. Desde las organizaciones que estaban prestando atención sicosocial, como la Fundación Manuel Cepeda Vargas y Minga, se buscó ampliar el alcance de la iniciativa; no se quería dejar la metáfora de coser, tejer, unir y remendar fragmentos de vida, por lo que surge surge el costurero kilómetros de vida y de memoria.

Inicialmente se reunían víctimas de crímenes de Estado, familiares de los desaparecidos del Palacio de Justicia, madres y familiares de los “falsos positivos” y del exterminio de la Unión Patriótica; ahora todo aquel que quiera participar es bienvenido. El primer trabajo fue terapéutico porque muchas de las víctimas, como en el caso de Lilia, no había tenido acompañamiento psicológico. “Fue un espacio realmente sanador, yo le tenía desconfianza. Cuando dijeron ‘a tejer’ pensé en punto, cadeneta chisme… Fue difícil al principio, pero luego uno se va encarretando y se enamora del espacio, porque transformó nuestra vida, allá nos unió el dolor, llegamos personas muy diversas, de distintos territorios, de diversos hechos victimizantes por diversos actores de diferentes grupos: del Estado, de los paramilitares y de la guerrilla”, agrega Lilia.

La cita de las costureras es cada jueves por la tarde en el Centro de Memoria Paz y Reconciliación, cada participante lleva sus telas y comparte las historias alegres y tristes.

El costurero de la memoria es una experiencia de reconciliación a través del arte, es una manera de zurcir el duelo, de coser un nuevo país. Son costureras y no tejedoras, porque coser es el simbolismo de unir, de remendar, de poner parches. A Lilia le gusta coser mapas, según ella porque su vida ha transcurrido alrededor de lo que ha sucedido en Colombia y su padre junto a sus compañeros soñaba con cambiar la estructura social y política del país.

Al preguntarle a Lilia qué es para las costureras la reconciliación, asegura que es una esperanza, es un sueño, pero también un trabajo. “Sin darnos cuenta lo que hacemos en el costurero es una forma de reconciliarnos con la vida y con nosotros mismos. Con mis compañeros hemos aprendido mucho, hemos hecho pedagogía de la memoria, tenemos un pasado doloroso pero proyectado a un futuro diferente”.

 

Jennipher Corredor
Equipo comunicaciones
  

 

La Fundación Reconciliación Colombia y el Centro Nacional de Consultoría entregaron la semana pasada, los resultados sobre el primer estudio de la reconciliación en el país. Se aplicaron novecientos setenta y siete encuestas en cuarenta y tres municipios, algunos de ellos altamente afectados por el conflicto armado ¿A qué estamos dispuestos los colombianos y colombianas para hacer realidad una reconciliación en función de la paz?

El setenta y tres por ciento de los consultados están dispuestos a que sus hijos compartan aulas con hijos de personas desmovilizadas, mientras que el sesenta y tres por ciento afirma que si fueran dueños de una empresa contratarían a un excombatiente, pueda ser que los que realmente tienen empresas piensen lo mismo.

Los encuestados creen que existen tres factores que prioritariamente influyen en la reconciliación del país: en primer lugar, los programas sociales que impulsan la convivencia pacífica con un cincuenta y seis por ciento; el segundo, el fortalecimiento de proyectos productivos para las víctimas, con un cincuenta y cinco por ciento y, en tercer lugar, la participación de la iglesia católica y de otras creencias religiosas en la promoción de la reconciliación, con un cincuenta y tres por ciento. Otros aspectos importantes señalan que para el setenta y nueve por ciento la forma como se castiga y se hace frente a la corrupción está muy mal manejada, mientras que un sesenta y nueve por ciento percibe que se ha conducido mal la presencia de las bandas criminales o paramilitares en el país.

Al preguntar que puede influir con mayor impacto en la reconciliación del país el mayor porcentaje, un treinta y seis por ciento, respondió que la participación de la iglesia católica y las demás creencias religiosas en la promoción de la reconciliación. Este último resultado, no es solo un reconocimiento al trabajo de las iglesias y creencias, sino que también se puede interpretar como una llamada, como un campanazo de alerta y una invitación, motivada por la confianza a que los actores religiosos y espirituales permanezcan y profundicen su compromiso por la reconciliación como aporte a la paz del país.

El Papa Francisco, respecto al proceso de paz en Colombia, expresó en La Habana el año pasado: "Por favor, no tenemos derecho a permitirnos otro fracaso más en este camino de paz y reconciliación. Que la sangre vertida por miles de inocentes durante tantas décadas de conflicto armado, unida a aquella del Señor Jesucristo, sostenga todos los esfuerzos que se están haciendo".

 
Luis Guillermo Guerrero Guevara
Director General CINEP/PPP

“Para vivir en paz, la racionalidad colectiva es más rentable que la racionalidad individual, porque evita que el pez grande termine por comerse a todos los peces chicos”, afirmó Alejandro Angulo S.J., mientras hablaba de los desafíos para la reconciliación en el país durante la cátedra Martín Baró realizada en la Universidad Javeriana el pasado 21 de octubre.

En su reflexión, Angulo explicó acciones que considera necesarias para recobrar la confianza entre los colombianos, proceso fundamental para la reconciliación. La primera de ellas se refiere a entender que el otro es esencial para la vida de cada ciudadano, por lo que propone la educación cívica para transformar el egoísmo o la racionalidad individual en prácticas más justas y con equidad.

Marcela Gallego, del Programa de Formación a Lideresas Afectivas en Medellín, narró en su intervención la experiencia de la comunidad con la que trabaja a través de la  conformación de grupos de apoyo, espacios de encuentro que sirven para la reconstrucción de lazos y fortalecimiento de la colectividad. Gloria Zapata, lideresa de los grupos de apoyo cuenta como a través de su propia vivencia genera vínculos con las personas participantes. “Como víctima me es posible acompañar a otras víctimas”, afirmó.

Por su parte, los actores armados que se desmovilizarán deben reconocer todas las barbaridades que cometieron y deben ganarse la confianza de los ciudadanos, de acuerdo con Angulo. Además, explicó que existen niveles de confianza que se escalarán en el largo plazo: primero, el respeto a la vida donde “yo no te mato, tu no me matas”; luego, el nivel donde existe una interacción “hacemos un negocio juntos, tú pones parte y yo pongo parte”; y por último, la colaboración sin necesidad de negociaciones explícitas que se organiza conjuntamente por un objetivo que favorezca al país.

En un nivel más amplio, Angulo indicó que se debe adquirir la noción de espacio público. “Hay que construir el mecanismo de la gobernanza: la capacidad de los ciudadanos de crear instituciones que cuiden ese espacio y de organizar a los grupos ciudadanos que les exigen rendición de cuentas a los cuidadores. Así se previene la impunidad”.

Este ejercicio cobra realidad con las Lideresas Afectivas, pues de acuerdo con Gallego se potencian las habilidades de las mujeres víctimas para que se conviertan en ciudadanas activas que aportan al bienestar de su comunidad.

Acercar las visiones políticas polarizadas es otra de las acciones para recuperar la confianza, pues “planteamos las propias opiniones en términos de amigo-enemigo y adoptando una mentalidad intolerante lo que  genera continuamente enfrentamientos a muerte” explicó Angulo.

Las anteriores acciones enuncian pasos importantes con las que la ciudadanía puede contribuir a la reconciliación. La confianza entre ciudadanos, la construcción colectiva de la sociedad, la apropiación del espacio público y el reconocimiento de las visiones políticas opuestas a la propia son claves para que los acuerdos que se firmen en La Habana operen en la realidad colombiana y se logre su continuidad en el tiempo.

 
Gisselle Martín Chocontá
Equipo de comunicaciones

El pasado 12 de agosto se convocó desde la Corporación de Investigación y Acción Social y Económica (CIASE), Redprodepaz, Conciliation Resources y el proyecto Iniciativas de Paz del CINEP/PPP a un encuentro para reflexionar sobre los desafíos, alcances y límites de la reconciliación en Colombia. Desde el intercambio de experiencias se invitó a pensar en estrategias que susciten un proceso social más efectivo, coordinado y coherente.

“La reconciliación implica un proceso transformador: es un lugar de llegada y no de partida”, explicó Rosa Emilia Salamanca, directora ejecutiva del CIASE. Es indispensable generar espacios propicios para que el ejercicio social de toda la ciudadanía facilite la reconciliación. En este sentido, uno de los desafíos que se encontró fue promover los procesos sociales desde la institucionalidad.

Otro de los retos es la articulación de la diversidad de apuestas y experiencias de reconciliación. Se ve con preocupación la desvinculación de metodologías que actúan en sus propios campos sin espacios de diálogo entre las mismas, como explicó Salamanca, “no hay una metodología que sea la salvadora, sino que el conjunto de metodologías expuestas son la posibilidad de una visión integral de acceso a la reconciliación”.

Se espera mantener la articulación de las organizaciones como una posibilidad de dar continuidad a la reflexión de los desarrollos conceptuales de la reconciliación y alrededor de los procesos que conlleva.

 

Gisselle Martín Chocontá
Oficina comunicaciones

 

Luego de los procesos de paz firmados en los años 90 con grupos como el M-19, EPL y el movimiento armado Quintín Lame entre otros, algunos de los excombatientes han impulsado iniciativas productivas, crearon las cooperativa Colectivos del Café, empresa de transporte de pasajeros reconocida en Pereira y otros tantos conformaron proyectos agropecuarios en Cesar. El pasado 28 de abril se llevó a cabo la presentación del libro “Aprendizajes para la reconciliación: Experiencias de reconciliación entre excombatientes y comunidades receptoras”, como un aporte que va más allá de narrar éxitos y fracasos, que puede ser de utilidad en un momento de posacuerdos para la reconciliación de los diferentes actores de la sociedad colombiana.

En el conversatorio, los representantes de las cuatro experiencias analizadas en el texto narraron algunas de sus anécdotas sobre el proceso inicial de reinserción. “Nosotros teníamos miedo de llegar a la comunidad, y ellos de que nosotros llegáramos”, contó Blanca Aguilar, excombatiente del EPL que trabaja en Colectivos del Café. La construcción y reconstrucción de las relaciones entre los actores son parte esencial de la reconciliación.

Dentro de las reflexiones de la publicación, se destacan los factores que posibilitan la reconciliación, como las señales de cambio de los excombatientes: “Fue difícil convivir con las mismas personas que en el monte eran el enemigo, pero nos decían que debíamos demostrarle a la sociedad que si teníamos un cambio… Con el tiempo, terminamos siendo como una gran familia”, explicó Manuel Ballestas, representante de la experiencia Ganchos y Amarras del Valle, organización ubicada en Cali, que cuenta con la participación de excombatientes de las FARC y las AUC.

Asimismo, la cooperación de actores intermediadores como la Fundación Progresar y el Programa de Desarrollo y Paz contribuyen al proceso de reconciliación, tal como lo afirma César González, de la iniciativa civil Comité Cívico del Sur de Bolívar: “El acompañamiento de las ONG ha ido muy importante para la continuidad de los proyectos”.

En este sentido, se pueden generar escenarios que propicien la reconciliación pero no como acto que se impone, como se explica en el primer apartado del libro: este proceso o meta es espontáneo, dinámico y parcial. Por ello, debe gestarse desde la comunidad y no se puede garantizar su permanencia en el tiempo.

“Todo depende del apoyo de ustedes [la sociedad colombiana], que no nos dejen a mitad de camino porque no vamos a poder solos” asegura Ballestas. Para la reconciliación como proceso que involucra a todas las partes resulta insuficiente un esfuerzo unilateral, o de ser así, podrían darse experiencias de coexistencia (ausencia de violencia directa) o convivencia pacífica (reconocimiento de la existencia de un proyecto colectivo).

Además, se resaltó la importancia del acompañamiento por parte de las víctimas y excombatientes en la construcción de los proyectos como factor que facilita la reconciliación. “La paz no implica pasividad ni renunciar a los ideales, sino actuar de otras maneras, encontrar otros escenarios”, afirma Vera Grabe, exintegrante del M-19 y actual directora del Observatorio para la Paz.

Esta publicación, que habla desde la diversidad de las experiencias, permite comprender que no existe un método específico ni una forma única de llegar a la reconciliación. Sin embargo, los aprendizajes que se pueden extraer de la propia historia colombiana son una guía muy acertada para definir las acciones que pueden proporcionar las condiciones más adecuadas para crear o reestablecer las relaciones de confianza entre actores por mucho tiempo antagónicos en el conflicto.