En Colombia la participación es constitutiva del ejercicio de la democracia. Este derecho vincula a la ciudadanía con las decisiones que los afectan y con la vida económica, política, administrativa y cultural. Además la hace parte de la conformación, ejercicio y control del poder político.

Según la Procuraduría General de la Nación es justamente este último asunto, el control social el escenario que mayor evolución ha tenido en lo que respecta con el derecho a la participación. Esto se le atribuyen no solo a la creación de múltiples mecanismos legales con los cuales se puede ejercer control social sobre las instituciones públicas y la gestión de los recursos;  sino a las distintas iniciativas ciudadanas que desde su legitima preocupación por los asuntos públicos han adelantado acciones de control social que profundizan el sentido de la democracia.

Esta es la primera entrega de una serie de programas que dedicaremos a reflexionar sobre la cultura de la integridad, la transparencia y el sentido de lo público. Queremos contribuir con la construcción de un ejercicio público transparente y una ciudadanía comprometida; además de fortalecer la confianza de los ciudadanos en el Estado y en la democracia para que podamos dar prioridad a los asuntos públicos y transformar así la relación con el entorno social al que, como colombianos, estamos llamados a pertenecer.

Cuáles son los mecanismos de control social y de qué forma se convierten en la expresión viva de la democracia, qué retos existen para ejercer control social y cuáles son las alternativas para enfrentarlos, cómo motivar a la ciudadanía para que participen activamente a través del control social y qué experiencias o iniciativas ciudadanas y estatales son ejemplo de ello serán algunos de los asuntos a tratar en el programa. 

Invitados:

 

El pasado 30 de septiembre, el libro Poder y Violencia en Colombia, escrito por Fernán González, fue declarado fuera de concurso en la categoría Ciencias Sociales y Humanas en los Premios Nacionales de Ciencias y Solidaridad (2015) de la Fundación Alejandro Ángel Escobar.

A propósito de este premio, el CINEP/ Programa por la Paz otorgó un reconocimiento a Fernán por su invaluable trabajo y dedicación a lo largo de su vida; sus aportes investigativos y de reflexión contribuyen a la discusión en el arduo camino para hacer de Colombia un país en paz.

Como parte de este homenaje, el CINEP/PPP presenta la siguiente línea de tiempo que recoge algunos de los momentos de la vida de uno de los investigadores más importantes del país.

Colombia es el segundo país más biodiverso del mundo. Ocupa el primer lugar en biodiversidad de aves y orquídeas, y es el hogar de especies fascinantes, como la rana dorada, el vertebrado más venenoso del mundo, y el mono titi cabeciblanco, los cuales habitan solo en nuestro país.

A pesar de esta innegable riqueza natural, nuestros animales, plantas y ecosistemas están en riesgo. Se estima que 40 mamíferos, 55 anfibios y 68 tipos de aves se encuentran en peligro crítico o en estado de vulnerabilidad. Según el Informe de Biodiversidad realizado por el Instituto Humboldt en el 2014, “La mayor amenaza para la diversidad a nivel de especies es la pérdida de hábitat generalmente relacionada con la expansión de las fronteras agrícola y ganadera", situación que afecta al 85 % de las especies.

Este mismo informe también revela que “si se mantiene la tendencia actual, a 2030 se perdería un 12 % adicional de los bosques remanentes, principalmente en la región andina y en las zonas del piedemonte", alcanzando de esta manera una deforestación del 27 %.

Ante este panorama, en Rompecabezas nos preguntamos ¿cómo asimila el país esta biodiversidad?, ¿qué se está proponiendo desde la política pública para proteger los ecosistemas y la vida que en ellos habita?, ¿de qué manera se ha empoderado la ciudadanía para proteger la fauna y flora?

 Invitados:

Las luchas y el dolor de las personas victimizadas por el Estado y el paramilitarismo son analizadas desde la academia por Diana Gómez, antropóloga e historiadora, en su tesis doctoral “De vientre, amor y sangre” que expuso el pasado 20 de octubre. Ésta fue la primera presentación del ciclo de discusiones Transiciones en disputa. Pensando la paz entre teoría y práctica.

El trabajo de Gómez se centra en comprender la realidad de las víctimas en dos perspectivas: desde la transformación del dolor en capacidad de lucha y desde los afectos que se manifiestan en los cuerpos de quienes sufren la pérdida de sus seres queridos. Además, define su investigación como participativa y autoetnográfica, pues su padre, Jaime Gómez, fue desaparecido y asesinado cuando trabajaba como asesor de Piedad Córdoba.

“Los muertos tienen agencia” dice Gómez, integrante del movimiento Hijos e Hijas por la Memoria y contra la Impunidad, mientras planteaba la influencia de esos seres queridos en la continuidad de los procesos de lucha que motivan la conformación de colectivos en los que participan las personas victimizadas. En estos espacios se reconfiguran las relaciones de quienes los integran “son entendidos como familia, donde encuentran solidaridad y compañía”, asegura.

Paralelamente, Gómez explicó que existen unas cartografías del cuerpo, unos métodos que usa para que las víctimas puedan representar gráficamente las emociones de sus duelos desde las sensaciones en su cuerpo. Es así como, en uno de los ejercicios, un participante manifestó en un brazo (del dibujo que representaba su cuerpo) la esperanza y en el otro la venganza.

Para Gómez, las emociones de las víctimas  se han movilizado políticamente y “no hay paz posible si no reconocemos el gran poder del afecto”. Las víctimas le dieron características políticas a sus lazos de afectos al llevarlos a la esfera pública. “Hemos emergido del dolor… el amor por ellos [sus seres queridos asesinados] nos ha hecho luchar” expresó en su intervención Gloria Gómez, coordinadora de la Asociación de Familiares de Detenidos Desaparecidos (Asfaddes).

La antropóloga Gómez indicó que en este punto las víctimas actúan políticamente, dándoles un rol que va más allá de los testimonios que generalmente son registrados por la academia.  “Buscamos que la academia se acerque a la realidad y sobre todo a la sensibilidad de las víctimas” explicó la coordinadora de Asfaddes.

Esta primera presentación es parte de una serie de trabajos y discusiones elaborados por integrantes de Hijos e Hijas por la Memoria y contra la Impunidad alrededor de la paz, los sujetos victimizados y la justicia transicional. La segunda presentación, Justicia transicional  y neoliberalismo: debates para la construcción de paz,  se realizará en la Pontificia Universidad Javeriana el 3 de noviembre.

 
Gisselle Martín Chocontá
Equipo de comunicaciones

En la comunidad de La Horqueta 2, cerca al municipio de Albania en La Guajira, decenas de líderes regionales y comunitarios del departamento y del resto del país se dieron cita para continuar en la lucha de evitar el desvío del arroyo Bruno. El CINEP/PPP, además de acompañar a estas comunidades, registró el recorrido por el arroyo, una caminata que dio cuenta del impacto de la mina del Cerrejón en la zona.

Hacia la cabecera del arroyo Bruno todavía se escuchan las voces de los micos aulladores que hablan desde las copas de los árboles verdes y frondosos. Los insectos y las serpientes se cuelan entre las rocas que sobresalen en el sendero húmedo de hojas y tierra que solía ser un arroyo caudaloso, mucho antes de la llegada de Cerrejón al departamento.

Hilos de agua muy reducidos, en comparación al espacio total donde corría libremente el afluente, dan cuenta de la falta de este recurso en la región. Algunos nacimientos naturales brotan entre las rocas y en pequeños posos todavía viven peces de colores y anfibios.

En la parte media del arroyo se ve un carrotanque extrayendo agua del río, una actividad que, según los habitantes Wayúu de la zona, es bastante común, sobre todo para suplir a aquellas comunidades que por la extracción minera se han quedado sin agua. Detrás del sonido del arroyo, de las aves y de los árboles al viento se escucha la actividad minera de Cerrejón.

“Estamos asustados con la desviación del arroyo Bruno porque vamos a sufrir más, ¿de dónde vamos a sacar el agua?”, afirma Lorenza Pérez Pushaina, autoridad tradicional de La Horqueta 2, una de las comunidades que se benefician de este arroyo que Cerrejón pretende desviar para explotar el carbón que reside bajo su cauce. La idea es correr un tramo del arroyo 700 metros hacia el norte, acción que está aprobada en los planes de Cerrejón desde 1998 y que cuenta con el permiso de la Autoridad Nacional de Licencias Ambientales.

A medida que el arroyo se acerca al área privada de la mina la naturaleza pierde su color. Los árboles son grises, la tierra es árida, no se escuchan animales y el sol cae, inclemente, sobre los caminos sin sombra, la zona está militarizada y entre la hojarasca se divisan las estructuras herrumbradas de lo que alguna vez fueron viviendas A esta altura el agua se hace espesa por los desechos que recibe, el lugar es conocido como el “botadero”. El aire caliente del medio día entra a los pulmones como humo denso, como humo de carbón.

“La relación nuestra con el arroyo Bruno, principalmente, representa las venas, es la vena de la tierra. Cortar una vena significa la muerte, entonces esto tiene un alto de representatividad espiritualmente para nosotros porque ahí surge el soñar, las prácticas espirituales las realizamos en nuestro arroyo, todo está relacionado con todo. Estos cuerpos de agua tienen que ver con nuestras formas de vida, con nuestra comunidad, con nuestra tierra”, afirma Jazmín Romero, líder del Movimiento Fuerza de Mujeres Wayúu.

El desvío del arroyo Bruno, además de impactar el recurso hídrico, está acabando con las prácticas ancestrales y cotidianas de quienes habitan cerca a su cauce. Las comunidades Wayúu de La Horqueta 1 y 2, El Zahíno, La Gran Parada y El Rocío, entre otras, se están uniendo para resistir el impacto de la mina y evitar el desvío del arroyo.

El Bruno todavía está vivo, en su nacimiento todavía respira. Es un gran cuerpo viviente cuya garganta se seca por la minería; su canto de agua ya poco se escucha. Por eso el arroyo pide nuestra voz para exigir el respeto de su cauce, para no destruir el hogar de las especies que viven en él, para calmar la sed de los habitantes de La Guajira y para mantener el lugar ancestral de decenas de comunidades que, a diferencia de muchos colombianos, sí comprenden el valor natural y espiritual de nuestros recursos, los cuales están siendo acabados por la minería a gran escala. #SalvemosElBruno

Maria Alejandra Navarrete
Oficina comunicaciones