En el marco del segundo seminario regional de interculturalidad desarrollado en Cartagena, Sandra Raggio, docente de la Universidad Nacional de la Plata y Directora general de la Comisión por la Memoria de la Provincia de Buenos Aires, Argentina, participó con profesores de la región caribe en la discusión sobre el papel de la memoria desde la escuela. 

¿Por qué es importante hacer ejercicios de memoria?

En principio la memoria es una construcción social que existe y que tiene que ver con la conformación de los grupos sociales, de las comunidades. La activación de los procesos de memoria en comunidades que han sido atravesadas por procesos de violencia, que han desestructurado las relaciones sociales, tiene que ver con poder reconstruir esa comunidad y reconstruir los lazos en clave de poder vivir juntos y de otra manera. Esta es la memora como un trabajo social, cultural y político. La memoria es profundamente política en el sentido en que la memoria puede ser usada para consolidar el poder de determinadas minorías que legitiman la dominación, que reivindican la violencia o puede ser una memoria ligada a los sectores populares, a las grandes mayorías, que les permitan pensarse en relación con ese poder. Las secuelas de los periodos de violencia son muy largos y difíciles de superar y la memoria es el trabajo de las comunidades por superar ese pasado.

¿Existe una forma correcta de hacer memoria?

Si, claro está, no de validez universal. Uno se posiciona desde algún lugar, porque la memoria siempre implica una posición, no hay memoria desde un lugar neutral, pero para uno hay una memoria que es la correcta. Esa memoria es aquella que es capaz de construir y generar nuevas expectativas de futuro que tengan que ver con vivir mejor, con superar los pasados duros, asociadas a los procesos de democratización de la sociedad que  es a fin de cuentas la conquista de derechos.  La memoria correcta tiene que ver con poder asociarse, y que esos procesos de memoria estén asociados con los procesos de democratización y con procesos de ampliación de derechos.  Hay algunos usos de las memorias que no se orientan a responder a los derechos de las mayorías. En ese sentido, sí hay algunas formas correctas de hacer memoria.

¿Cómo deben las comunidades apropiarse de esas memorias para exigir la reivindicación de sus derechos?

En principio, la primera demanda de las víctimas es la exigencia del reconocimiento del daño, es decir, ser reconocidos como víctimas. La memoria como trabajo, como acto voluntario, implica hacer cosas: juntarse con otros, testimoniar, conversar, registrar, narrar, tener actos colectivos. La memoria no es solo un relato o un registro de los hechos sino que eso tiene que construir sentido, tiene que clamar por justicia. No solo una justicia punitiva, puede ser una justicia restaurativa, una justicia reparadora. La memoria tiene un efecto reparador sobre la comunidad. Un simple registro de los hechos no tiene valor por sí misma. Adquiere valor cuando repara a la comunidad que necesita que lo que le hicieron sea reconocido, sea visibilizado, no sea negado, no sea silenciado.

 Esos son actos de reparación. El muerto no volverá, pero por lo menos se le reconoce que su muerte fue injusta y eso no es menor. La memoria tiene mucho para que las comunidades vuelvan a ser comunidades. El trabajo de la memoria es volver a repensarnos colectivamente, la pregunta, después de la violencia, es ¿Quiénes somos?  Porque la violencia afecta profundamente las identidades.

¿Qué hacer frente a los actores estatales que son sentenciados a hacer actos de perdón, pero que realmente no sienten ninguna intención de hacerlo?

La función del Estado no es solo enunciar, sino que debe actuar. No se trata solo de reconocer un acto. Debe realizar otro tipo de acciones para reparar a las comunidades que se vieron afectadas por los actos de sus miembros. Esa formalidad de actos de perdón, no repara a nadie. Capaz que repara más el hecho de que sean obligados a hacerlo que el mismo acto formal.

¿Se puede lograr un relato unificado del conflicto?

Es difícil hablar de una única memoria o una versión consenso. La dinámica de la memoria es básicamente la disputa. La memoria existe en la medida en que disputa y se enfrenta con otras. Los regímenes totalitarios siempre imponen una mirada única del pasado, para borrar el futuro. Más que crear un relato unificado, hay que construir un piso, una base de dónde partir. En Argentina eso se hizo con la producción de la verdad jurídica. Uno puede tener muchas discrepancias con la forma en que la justicia narra los hechos, pero hay un reconocimiento de que esos hechos sucedieron.  Cuando el Estado no reconoce lo que hizo, o lo que dejó de hacer, es muy difícil que la memoria que se construya sea creíble.  Lo principal es que el Estado reconozca su participación y luego cree el relato de qué hicieron los otros. Eso, por lo menos, es lo que hace particular el caso argentino, que hay una clara responsabilidad del Estado en el ejercicio de la violencia. Hay que diferenciar también las características de cada país. La violencia colombiana no es comparable con los procesos de violencia argentina.  Cada actor involucrado debe hacerse cargo de su responsabilidad, y en el caso colombiano es lo que complica el proceso, que el Estado es uno más.

¿A qué se refiere el término de la memoria feliz?

Es un proceso de recuperar las historias de lucha, de una organización, de lo que  vino a destruir la violencia. Es pensar uno qué ha sido, para plantear en qué quiere convertirse. La memoria feliz es poder repensarse antes de la violencia, porque uno de los primeros efectos de la violencia es borrar las identidades anteriores, entonces hay que repensarlo. No para volver a ser lo que fuimos, sino para incorporarlo a nuestra propia identidad. Hay que pensarse memorias mucho más largas independientemente de la violencia. Las comunidades indígenas, los pueblos originarios tienen memorias así, no de 30 o 40 años sino de 100 o 200 años. Estas memorias más cortas hay que lograr incrustarlas en las más largas para construir los relatos locales y así llegar a un relato nacional.

¿Cómo es hacer memoria en Argentina?

Es siempre un desafío. La memoria siempre trae desafíos. Hoy estamos en un momento histórico muy diferente al de hace 10 años y hace 20 años. La violencia marcó tanto al pueblo argentino que constantemente están reactualizándose, están en la agenda política, y atraviesan a la cultura, la trama social y sobre todo están atravesando a las nuevas generaciones.  La dictadura empezó hace 41 años y aún, a los jóvenes que nacieron en la democracia, la dictadura es un proceso que les sigue significando, siguen interesados en saber qué pasó y se siguen viendo implicados en la dictadura.

¿Qué consejos dejaría a los colombianos para trabajar la memoria?

A mí me parece que más allá de las posibles limitaciones del acuerdo, hay una memoria de abajo y hay una dinámica de las comunidades que es sumamente interesante y que sería muy importante activarla, más allá de las políticas del Estado. Me ha parecido muy interesante en el caso colombiano la participación que tiene  las mismas comunidades locales para reconstruirse. Esa territorialización de la memoria es muy importante que no se pierda. Ojalá que el acuerdo de paso a esos proceso locales de las comunidades para construir memoria y para repensarse hacia el futuro. Otro consejo es que no asuste que la memoria es un conflicto y una disputa permanente. La memoria no es un remanso. Pero puede haber disputa en otros términos que no sean tramitados por medio de la violencia.

 

Miguel Martínez

Equipo de comunicaciones

Cuando mi jefe me confirmó que viajaba a Cartagena, lo primero en que pensé fue en la desigualdad tan marcada que vive la ciudad. Por esos días, había leído una nota en un medio nacional en la que se evidenciaba la gran cantidad de proyectos de inversión que tiene la ciudad, y sin embargo, las comunidades más pobres no se beneficiaban en nada. “Cada diez días inversionistas nacionales y extranjeros lanzan un proyecto de construcción en Cartagena” iniciaba el artículo. “Cartagena es la segunda ciudad de Colombia con el mayor número de pobres” enunciaba más adelante. Así inicié una búsqueda de contexto que me permitiera hacer mi trabajo  en el  segundo seminario regional de educación intercultural que desarrollaba el Cinep/PPP en la costa Caribe.

Una vez inició el seminario, estaba en medio de varias decenas de profesores de la región.  De La Guajira, de Valledupar, de Cartagena, de la Sierra Nevada de Santa Marta. El primer panel de esa mañana fue una presentación de varias experiencias significativas en educación que involucran marcados procesos de interculturalidad en la pedagogía.

En la tarde estaba programado un recorrido por Bocachica, uno de los cuatro pueblos de Tierra Bomba, para conocer el trabajo del consejo comunitario. Para llegar allí, debimos caminar hacia el muelle de la bodeguita, frente al Centro de Convenciones donde se firmó el acuerdo de paz. Caminamos por el centro histórico y más turístico de Cartagena. Pasamos la torre del reloj, el centro de convenciones y el museo de arte moderno, claro, justo al lado la muralla. Esta era la ciudad que había visto en fotos, en videos y la que todo turista conoce, pero estábamos a punto de partir hacia otra cara de Cartagena.

 Contrastan los lujosos yates cerca a Cartagena con las conoas y lanchas rumbo a Bocachica

El trayecto duró unos 50 minutos, que incluyó una parada para recoger algo de mercancía y en el que nos cruzamos con pequeñas lanchas de motor y otras balsas que se movían al ritmo de los remos.  “Eso que se ve allá al fondo, eso es Bocachica” dijo un joven que venía en la lancha y que toda su vida ha vivido en este pueblo. “Hay mucha movilidad de la gente de Bocachica porque no tenemos muchas opciones de trabajo, por eso hay que ir a Cartagena” añadió.

Al llegar, la primera imagen es la de varios hombres sentados en una canoa. Dos de ellos arreglando una red, otros sentados y varios niños jugando alrededor. Todos nos miran con bastante curiosidad al ver tantos visitantes. En total, tres lanchas. A medida que íbamos avanzando no paraban los saludos. “buenas tardes, ¿cómo están?, bienvenidos”, se escuchaba desde las puertas de las casas. Varias veces tuvimos que pedir indicaciones para llegar a la casa de la cultura. Esas calles que andamos eran muy diferentes a las que habíamos caminado una hora antes. Allí no estaban pavimentadas, eran de piedra y polvo. Una que otra tenía lozas de cemento pero no por más de tres cuadras seguidas. Se veía claramente las varillas que en algún momento sostendrán los andenes. Este es un pueblo en construcción.

Una vez adentro de la casa de la cultura, todo el salón se llenó. Tanto así que algunos profesores decidieron almorzar afuera, a la sombra de un árbol para estar más cómodos. Fui hacia el salón habilitado como cocina y había diez personas para servir y repartir el almuerzo de todas las que esperaban afuera. Se distribuyeron funciones, unos el arroz, otros el patacón, otros la ensalada y otros el pescado. A mí me correspondió el jugo. Durante todo el tiempo que estuvimos allí, no paraba la conversación, los chistes y uno que otro ánimo para acelerar el proceso. Esta no era la “alta cocina” de los lujosos restaurantes del barrio Getsemaní.  Allí la comida se acomodaba con los dedos,  los platos pasaban de mano en mano y en mi caso, del mismo afán, los vasos quedaban untados de jugo por fuera. A pesar de habernos visto apenas medio día, ya había un ambiente de confianza. “Vamo´migue, sirve el jugo que la gente tiene sed” me decían con cierta picardía.

Al terminar el almuerzo nos dividimos en tres grupos, cada uno tenía un líder que se encargaría de hacer el recorrido guiado. Yo salí en el último que era guiado por Pedro, un habitante de unos 27 años que nos iba contando la historia reciente del pueblo.  “Estas playas eran las más apetecidas por los turistas hace años, pero a las Islas Rosario y a Barú les metieron más plata y ahora se llevan casi todo el turismo” dijo. También relató los procesos organizativos que han tenido para exigir sus derechos. “Aquí han venido grandes poseedores a comprarle la tierra a nuestra gente. El problema es que la compran a precio de huevo, y como aquí mucha gente no sabe, terminan vendiéndola para megaproyectos y grandes construcciones privadas”. Pedro relató las capacitaciones que han dado a las comunidades para que no vendan sus predios y para que no se aprovechen de su desconocimiento. “A veces es difícil porque la gente no es consciente de que vivimos en un paraíso”

El calzado de Pedro durante el rrecorrido

Son muy marcadas las diferencias de condiciones que viven los isleños. En Bocachica el agua no es un derecho fundamental. “El agua la trae una lancha cada tres o cuatro días y cuesta $900 el galón. Sólo para lavar la ropa y la loza se pueden gastar 9 galones semanales” dijo Pedro ante la mirada del grupo. El servicio de energía eléctrica no es muy diferente.  “Son muy continuos los cortes de corriente, a veces se puede ir la luz dos o tres días hasta que vienen de Cartagena a arreglar el daño”.  Toda la conversación sucedía sobre el mayor atractivo turístico del pueblo. El fuerte de San Fernando de Bocachica, un fuerte militar que sirvió también de cárcel en la época colonial y que fue muy importante en la estrategia militar, pues era paso obligado de las embarcaciones para entrar a Cartagena.

Desde las costas de Bocachica se ven los grandes barcos de carga y los lujosos cruceros que llegan a Cartagena

El fuerte es muy similar al Castillo de San Felipe, solo que más pequeño y sin muralla que bordea la costa. Pedro hablaba de los túneles que interconectaban la parte alta del fuerte con la costa. Fue tanta la curiosidad que un par de niños de unos 9 o 10 años nos invitaron a recorrerlo. Entré con Jenny, la coordinadora del seminario y otros dos profesores. A la entrada los niños nos advirtieron que no había ninguna iluminación y que debíamos ser cuidadosos con las cabezas. No pasaron muchos metros cuando descubrimos la razón. Los túneles son de piedra, pero les han puesto unos refuerzos de madera que disminuyen el tamaño de los corredores. Debíamos pasar agachados para no golpearnos. Los túneles son realmente oscuros. No entra ni un rayo de luz, ni hay iluminación artificial. Como pudimos, andamos alumbrado con los celulares. En algunos puntos el aire era muy denso y con poco oxígeno, hasta que llegábamos a los respiraderos. “Estos son nuevos. Cuando los españoles esto no existía” dijo uno de los niños mirando hacia arriba, al respiradero.

Aunque había alguna desconfianza por seguir avanzando, los niños iban completamente seguros de donde estaban. Conocían estos túneles de arriba abajo. En un punto decidimos salir para no perder el grupo, pero ya se habían ido. Fue entonces cuando nos encontramos con Leister. Un isleño que sobrepasaba los 30 años y que ayudó a llevar las ollas a la casa de la cultura. Con él seguimos el  recorrido.

Mientras nos contaba historias del pueblo también nos hablaba de su vida. Tiene dos hijas y vive de eso, de dar recorridos a los turistas por el pueblo. “El trabajo no es fácil. Hay semanas en que llegan muy pocos turistas y somos varias personas las que nos dedicamos a esto” dijo.  Repitió lo que nos había dicho Pedro antes, el fortalecimiento de Barú y las Islas Rosario como destino turístico, los había afectado.  Mientras atravesábamos el pueblo, se repitió la escena de varias personas sentadas alrededor de una mesa jugando cartas o dominó.  Algunas de las cartas que apenas se veían los números y figuras de tanto uso.

Cuando llegamos a la costa parecía que llevábamos un letrero gigante que decía turistas. Al momento se acercaron muchas personas a ofrecernos sus productos. Manillas, cocadas, collares, mochilas, caracoles, figuras de cerámica nos ofrecieron con mucha insistencia. Por fin terminó el largo recorrido y quedaban unos minutos, mientras llegaba la lancha, para descansar. Sin pensarlo fui a la playa y por primera vez en mi vida me metí al mar. La primera sensación fue refrescar el fuerte calor que hacía. Y fue extraño sentir el sabor salado del agua. Fueron unos pocos minutos que de verdad calmaron el calor y dieron descanso, a los pies sobre todo.

La economía de la isla se basa en productos a los turistas, pues la pesca ya no es tan rentable

“Muy bacana tu gorra, donde la compraste” me dijo Leister, “En Bogotá” le respondí, “si la quiere es suya” le dije. Sin dudarlo la recibió e inmediatamente se la puso, dejando en su mano la descolorida y rota que traía. “Esto es para que te acuerdes de nosotros y vuelvas por aquí” me dijo mientras me entregaba una manilla hecha de semillas y pedazos de madera. Nos despedimos y retornamos a Cartagena, La heroica, esa construida por esclavos. La amurallada, que en sus túneles batallaron los más pobres. Esa misma que en su centro histórico desplazó a las comunidades afro y palenqueras para dar paso a los restaurantes, los hoteles y las tiendas, como explicaba uno de los profesores. Frente a este panorama de diversas culturas conviviendo, diferentes clases sociales, dinámicas sociales tan contradictorias, nacía la reflexión de cómo educar a los niños y prepararlos para la ciudadanía responsable y de convivencia que enfrenta a las dos Cartagenas. Este tema  se desarrolló durante los dos siguientes días en el seminario. Próximamente en nuestro canal de Youtube publicaremos los videos en que algunos docentes intentan responder a estas preguntas.

 

Miguel Martínez

Equipo de Comunicaciones

 

Luz Elena Patarroyo, investigadora del Cinep/Programa por la Paz fue una de las representantes de las organizaciones sociales invitada a compartir su trabajo en la audiencia pública sobre educación rural que se llevó a cabo el 11 de mayo en el Congreso de la República. Vea aquí el balance que hace la investigadora sobre esta jornada:

 

A esta audiencia asistieron diversos miembros de la Mesa Nacional de Educación Rural, el Ministerio de Educación, el Ministerio de Agricultura, Colciencias y el Sena, entre otros. Estas fueron algunas de las conclusiones de esta jornada:

  • La necesidad de construir un proceso intersectorial entre estado, organizaciones y privados para la elaboración de un Plan Especial de Educación Rural y posterior a este, una política pública de Educación Rural.
  • Una educación rural tiene que estar adecuadamente financiada.
  • Esta política deberá reconocer la pluralidad que compone nuestro país, deberá tener un enfoque étnico, de género, de inclusión, teniendo en cuenta las particularidades de los territorios.
  • La reconstrucción del tejido social y económico a partir de los objetivos de la economía solidaria, buscando llegar a una educación liberadora, con calidad, donde se vincule en lo rural los proyectos productivos que aporten a la construcción de innovación tecnológica. Que sean las mismas comunidades que lideren estas reflexiones sobre el conocimiento. 
  • Reconocer cuáles fueron las razones y los efectos de la guerra en la ruralidad. 
  • La educación rural tiene la potencialidad de transformar las condiciones de vida en los territorios, mejorando las condiciones existenciales de la población rural y cerrando brechas de desigualdad entre el campo y la ciudad. 
  • La educación rural puede ser una forma de transformar los saberes desde las dinámicas culturales de las comunidades.
  • Las condiciones de opresión de la mujer en las zonas rurales son mayores que en las urbanas. 

Aquí, la ponencia presentada en la audiencia pública:

 
 
Laura Inés Contreras Vásquez
Comunicaciones Cinep/PPP

 

 

Este número de la Revista Controversia busca analizar ¿Cuáles son los retos de la educación intercultural frente al contexto de post-acuerdo? ¿Qué tipo de procesos pedagógicos interculturales se puede desarrollar en el reconocimiento de los derechos de los grupos campesinos, étnicos, de víctimas y excombatientes en la nueva geografía nacional?

 Esta articulación de la educación con enfoque intercultural con el contexto actual nacional permite problematizar y complejizar el lugar que ocupará la formación frente a la construcción de otras narrativas del conflicto y la paz territorial.

 Los ejes temáticos para este número son:

 El papel de la escuela en la comprensión del conflicto y la construcción de paz que implica situar a la educación desde una mirada crítica y propositiva frente a la firma de los Acuerdos de La Habana y en clave del lugar que ocuparán en la escuela niños, niñas, jóvenes y adolescentes víctimas y excombatientes. Esto significaría repensar cuáles son los retos de la educación en el contexto de post-acuerdo.

  • El reconocimiento de los derechos de los grupos étnicos, de víctimas y excombatientes en la nueva geografía del conflicto y la paz territorial que significa construir una mirada diferenciada en el reconocimiento de la etnicidad, el género y la raza. A su vez implica comprender los impactos de los modelos de desarrollo que se han construido y proyectado para la región Caribe.
  • Las memorias del territorio, pedagogías de la memoria y su lugar de incidencia en la escuela que nos interpelan en los ejercicios de la memoria histórica, las pedagogías de la memoria y la paz, y la construcción de nuevas narrativas contextualizadas para las diversas regiones, especialmente la Caribe.
  • Educación rural y derechos del campesinado que busca situar la reflexión sobre la tensión entre los procesos educativos que se vienen adelantando en las ruralidades colombianas y la construcción de la política pública en educación rural.

 Editora invitada: Jenny Paola Ortiz Fonseca, Cinep/PPP

 

Fechas

Apertura: 17 de abril.

Cierre: 31 de julio.

Publicación: diciembre 2017.

Según cifras del censo general del Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas (DANE) en 2005 el 25% de la población colombiana –11,2 millones– y el 62% de los municipios del país –692– son considerados rurales. Aunque son muchas las cifras en las que se evidencia la inequidad entre la población rural y la urbana, preocupa el tema de la educación. Un informe del Ministerio de Educación Nacional de 2013 demuestra que de cada 100 estudiantes que ingresan al sistema educativo en la zona rural, 48 culminan la educación media, mientras que en las áreas urbanas lo hacen 82 estudiantes.

Frente a este panorama, que ha sido constante desde hace décadas, diversas organizaciones, instituciones y maestros han creado procesos educativos con un enfoque diferencial que permiten cerrar las brechas en acceso, permanencia, calidad y, sobre todo, pertinencia  de la educación que reciben las comunidades rurales del país.

Colombia es un país con una gran diversidad. A lo largo del territorio confluyen diferentes culturas que tienen sus propias formas de entender, ver y vivir su realidad. Dadas estas condiciones, no es coherente tener un solo modelo educativo para la niñez y la juventud de todo el país.

“La misma educación que se le da a los niños y jóvenes, los hace querer salir del campo para vivir en la ciudad, porque enseña que la ciudad es progreso y bienestar y que en el campo está la ignorancia, la pobreza y el atraso”, afirma Jorge Iván Marín, educador de zonas rurales de Antioquia. El mismo Marín manifiesta que existe en el país un  sistema educativo que habla de ruralidad pero no marca mayores diferencias entre la pedagogía y la didáctica que emplea en el contexto urbano y el rural.

 

De ahí que sea importante que el sistema educativo reconozca la cultura propia de los pobladores rurales y busque mecanismos para responder a sus necesidades porque, tal como lo señala Ariel Rueda, de la Asociación campesina de Antioquia, “la educación que nos están llevando a nosotros los campesinos no es acorde a las necesidades del campo porque las personas que imparten esta educación desconocen las realidades del campo”.

  Instalación de la mesa

Como resultado de las negociaciones con la guerrilla de las Farc, quedó estipulado en el acuerdo final, en su punto 3.2.2.2., la creación del Plan Especial de Educación Rural. En este se dan los lineamientos generales de la política pública que reformará la educación que reciben los habitantes rurales del país.

Para reglamentar este punto del acuerdo, 72 organizaciones e instituciones dedicadas a la educación y al desarrollo del sector rural han designado a sus representantes a la Mesa Nacional de Educación Rural, que en los próximos meses discutirán con el Ministerio de Educación Nacional el texto que será incluido en el Plan Marco de Implementación de los Acuerdos. Esta mesa fue instalada formalmente el pasado 9 de febrero en las instalaciones del Cinep/PPP con la presencia y representación de las organizaciones.

Estas organizaciones, instituciones, maestros y líderes de base coinciden en afirmar que parte de la enorme brecha de inequidad y la desigualdad en oportunidades y garantías que viven las poblaciones rurales del país son causa del sistema educativo que no está diseñado con enfoque diferenciado para las personas que viven y trabajan en el campo. Por eso han venido debatiendo las necesidades que tienen los pobladores rurales en los congresos Nacionales de Educación Rural, de donde salen las propuestas que se llevarán al Ministerio para su discusión.

Una de las propuestas es lograr que la educación que reciban los habitantes del campo no se reduzca a la básica, sino que la educación técnica, tecnológica e incluso la profesional tengan su espacio dentro del Plan nacional de educación. Tal como lo expresa Beatriz López, de la Corporación para la Investigación y el Desarrollo, “la educación como motor del desarrollo debe llegar a los campesinos en todos sus niveles. Es un reto que la educación superior llegue al campo y aún más, que los campesinos se queden y con esos conocimientos aporte al desarrollo integral de la ruralidad”.  

 

Otras propuestas en las que trabaja la mesa nacional están relacionadas con la adaptación de modelos educativos de diferentes culturas, contenidos pertinentes para cada región, infraestructura adecuada para la enseñanza, calidad educativa, permanencia,  educación en ciudadanía, desarrollo del campo y construcción de paz desde las regiones.

Durante los primeros meses del 2017 el Ministerio de Educación  deberá presentar los lineamientos de la política pública de educación rural para que pase al Departamento Nacional de Planeación y al Ministerio del Posconflicto para construir el Plan Marco de Implementación de los Acuerdos, en el que se articulan las políticas que cada ministerio está construyendo a partir de lo acordado en La Habana. Una vez aprobadas, se asignarán presupuestos y se iniciará la implementación.  

 

Miguel Angel Martínez
Equipo de Comunicaciones