El 17 de octubre de 2017 se radicó el proyecto de ley que declararía el 19 de mayo como el Día nacional de la lucha contra la impunidad de los crímenes contra defensores de derechos humanos en Colombia. Desde el Cinep/Programa por la Paz se impulsó este proyecto de ley, que el pasado martes 30 de octubre se cayó en el segundo debate ante la Cámara de Representantes.

Esta propuesta se presentó ante el Congreso en el marco de la conmemoración de los 20 años del asesinato de Mario Calderón, Elsa Alvarado y Carlos Alvarado, padre de la investigadora, sobre el cual la justicia no ha operado, a pesar de haber sido declarado un crimen de lesa humanidad por la Fiscalía General de la Nación.

El objetivo del proyecto además de rendir homenaje a los defensores y defensoras de derechos humanos en el país, buscaba declarar el 19 de mayo, día del asesinato de la pareja de investigadores y padre de la investigadora, como el día que recordara al país la urgencia que tiene garantizar la investigación y sanción efectiva de los crímenes en contra de quienes defienden los derechos humanos en el país.

No obstante, después de un año y cinco meses, la Cámara de Representantes le dijo “no” a esta iniciativa que ya había pasado en primer debate. No fueron suficientes los argumentos expuestos en la primera ponencia realizada por el autor y coordinador del proyecto, el entonces representante, Alirio Uribe; ni el respaldo de los 12 Congresistas firmantes: Angela María Robledo, Angélica Lozano, Inti Asprilla, Oscar Ospina, de la Alianza Partido Verde; Víctor Correa, Germán Navas Talero, Iván Cepeda Castro y Senen Niño, del Polo Democrático; Carlos Guevara, del Mira; y Luciano Grisales, del Partido Liberal.

 

Tampoco se tuvo en cuenta lo expuesto por la ponente en el segundo debate, Milene Jarava Díaz, representante a la Cámara por Opción Ciudadana quien manifestó el proyecto era necesario para respaldar la labor de defensores de derechos humanos en el país y honrar la memoria de quienes han perdido su vida por esa labor.

Con la negativa de la Cámara de Representantes se pierde la oportunidad de rendir un homenaje, no solo a Mario Calderón, Elsa Alvarado y Carlos Alvarado, sino a todas las personas que en este país arriesgan su vida y la de sus familias defendiendo los derechos humanos. Como lo dice el informe de la ponencia:   

“Esta ley sería precisamente una de esas acciones de reconocimiento público que contribuya a generar un clima de mayores garantías para defensores que incluya, además, la realización del mandato que tiene el Estado de desplegar acciones de protección efectiva a la integridad de los líderes sociales y la Fiscalía General de la Nación, de impulsar las investigaciones correspondientes para la identificación de los responsables de las agresiones contra estos”.

El Día nacional de la lucha contra la impunidad es parte de las acciones que componen Una utopía posible, así como la justicia, la verdad, la reparación y las garantías de no repetición para las víctimas; o una sociedad justa, sostenible y en paz. “Con el corazón lleno de dolor y esperanza” como se tituló el editorial de la revista institucional Cien Días vistos por Cinep, el año del crimen de Mario, Elsa y don Carlos, hoy decimos:

(…) la vida, la realidad, la amistad que construyeron nuestros amigos y que perdura entre tantas personas es mucho más fuerte que nuestro dolor y se convierte para nosotros en fuerza, ternura, ánimo, compromiso y ESPERANZA (...) Nuestra esperanza también brota de la voluntad de solidarizarnos con todos los que son afectados por la violencia, y de nuestro rechazo por todas las formas intimidatorias para solucionar nuestros conflictos. (#37 abril - junio 1997 In memoriam Mario y Elsa)

Nota:

Mario Calderón, Elsa Alvarado y el padre de Elsa Carlos Alvarado fueron asesinados el 19 de mayo de 1997. Mario y Elsa eran líderes sociales y defensores de derechos humanos y ese liderazgo fue incómodo para alguien que decidió quitarles la vida. Después de 20 años la impunidad impera en su caso y es por esto que buscamos que esta fecha sea reconocida como el Día nacional contra la impunidad.

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Equipo Comunicaciones Cinep/Programa por la Paz

 

Estaba haciendo la fila para entrar a ver  “Monsieur Periné” en el Koerner  Hall de Toronto,  cuando recibí un mensaje de texto de Elvira Alvarado recordándome que el próximo mes de mayo se cumplen 20 años del vil asesinato de su hermana y mi buena amiga Elsa,  junto con su esposo y también cómplice generacional Mario Calderón y el papá Alvarado. Me invitaba a escribir algo, alguna frase relacionada con los dos últimos años de la vida de Elsa y de su pensamiento.  Lo primero que se me vino a la memoria fue un “mini casete” que me regaló quince días antes de su asesinato y que dejó en mi apartamento camino a dictar su clase de “Comunicación para el Desarrollo” en la Universidad Externado de Colombia (nuestra universidad). Se trataba de las canciones de una nueva y desconocida joven cantante barranquillera que había sacado su primer disco “Pies descalzos”, el cual le gustaba mucho a sus estudiantes. Estaba utilizando las letras de algunas de sus canciones para trabajar con ellos los mensajes clave de esas letras, mezcladas con las melodías de esa joven cantante que movía los corazones de los chicos.

 Las nuevas y refrescantes melodías de los integrantes de Monsieur Periné, junto con el recorderis que me hizo Elvira de la partida de Elsa, removieron la memoria de nuestras vidas de hace 20 años, cuando estábamos en los 30s y éramos buscadoras de nuevas formas de educar a los jóvenes estudiantes; de hacer de la comunicación en todas sus formas, una potente arma educadora y de “utilizar” las propuestas de los jóvenes, como una herramienta pedagógica  para propiciar interés por el conocimiento, por la crítica, por el “no tragar entero”.

Desde hace 20 años,  aparece cada año, en mayo, el recuerdo de Elsa y Mario bajo diversas formas.  Tratamos de esquivar el dolor de su partida prematura y de la rabia de pensar por qué esas fuerzas oscuras no se dieron el permiso de haberlos conocido, pues seguro que si se hubieran sentado a conversar con ellos, no les hubieran tocado un pelo. Si hubieran llamado a la puerta en vez de haberla violado a tiros de metralleta, seguramente Elsa y Mario les habrían abierto la puerta de su casa y les brindarían una taza de té o un aromático café colombiano para entablar una charla que se hubiera convertido en una noche de dialogo, de compartir historias, alternada con deliciosos platillos que habrían salido de la cocina siempre lista para hacer sentir a los visitantes como en su casa. Pero no fue así. Llegaron y sin permiso masacraron unas vidas llenas de vida. Mataron vilmente a esos andantes del bien, de la paz, a esos protectores del planeta que buscaban que el agua rodara fresca por los manantiales.

Es inevitable no pensar en lo que quisiéramos borrar de nuestra memoria. Es imposible no preguntarnos una y otra vez ¿por qué?... Pero esto no es a lo que me ha invitado a recordar Elvira. Entonces volvamos a esa mujer alta y esbelta, de sonrisa grande y cabello fino. A esa chica que le robó el corazón al “Obispo de Oriente”… Elsa era una comunicadora por esencia y una educadora por convicción. Nos unía que yo soy educadora por esencia y comunicadora por convicción. Nos unía también que nos encantaban las jóvenes generaciones, los niños, los muchachos y las chicas, por su inocencia, su franqueza y sus búsquedas y nos interesaba llegarles a ellos. Pero también nos importaba pensar en  los más excluidos, en los que no tienen voz, en los que sufren por la pobreza, por no tener un pan en la mesa u oportunidades para estudiar. Teníamos buenas charlas sobre el papel de los medios de comunicación en la educación de las jóvenes generaciones, en el uso de la televisión, de la radio con fines educativos, pero no para producir aburridores programas que se dicen “educan” sino los medios, como potentes instrumentos para cambiar mentalidades y no para mantener el statu quo de los pueblos. Eran tiempos en donde el internet no se había popularizado, ni las redes sociales virtuales aún existían, ni mucho menos existían los celulares inteligentes que todo lo hacen. Eran tiempos del betamax, de los CD, de las videotecas para sacar películas en beta o VHS, de los cine clubs y de las salas con grandes computadores donde accedíamos para tareas puntuales.  Los pequeños laptops eran propiedad de reducidas minorías.  Me pregunto cuál podría ser nuestra conversación de hoy si Elsita estuviera, sobre el papel de la educación mediada por tanta información, por el inmediatismo de la noticia, por  los bancos de música que se bajan en el celular, o las bibliotecas virtuales al servicio de quien los quiera con solo prender un teléfono?

Trabajábamos en el CINEP. Para ese entonces construíamos en el Proyecto Urbano una estrategia educativa para capacitar al movimiento de madres comunitarias en el país encargadas de la atención a la primera infancia. Las madres comunitarias no tenían voz, no eran reconocidos sus derechos como educadoras. Eran simples cuidadoras, que abrían las puertas de sus casas para proteger a los niños pequeños y enseñarles con juegos y cantos las primeras letras. Con Elsita discutíamos ideas para cualificarlas, que tal producir materiales usando comics, grabarles música, ponerles películas para que el mundo se les abriera hacia el universo de la infancia en sus primeros años?… Así nacían las semanas de la creatividad en el Sur Oriente de Bogotá, el cineclub cine-Cinep para los niños del barrio La Perseverancia o el programa Fosdimac de formación a las madres comunitarias.

Fuimos también cómplices de amores secretos. De compartir su sueño de tener un hijo. De su complicidad cuando supo que en mi vientre crecía mi José Alejandro.  La primera persona que llegó a la clínica después de mi familia inmediata a visitar a mi  Ale fue Elsita. Siempre con su sonrisa grande, lo miró a los ojos y yo le se lo entregué para que lo cargara. Ella lo tomó en sus brazos  y con la complicidad que nos caracterizaba, recordamos lo que algún día una madre comunitaria nos había dicho, que era importante cargar a los bebés pues así llegaba el propio. Meses después, la semilla de Iván, su hijo, prendió y también él llegó al mundo.

No compartimos mucho tiempo la primera infancia de nuestros hijos juntas. Nos fuimos para París y ellos, Mario y Elsa, empezaron su crianza en Colombia. Iván recibió un regalo de José Alejandro, “Artura la Cangura”, que cuidadosamente seleccionamos para mandar con un mensajero visitante en Paris que volvía a Colombia. Guardo como un tesoro, un sobrecito con una carta escrita a cuatro manos por Mario y Elsa donde agradecen la llegada de Artura.  Por ahí está,  junto con el tarot que leía Mario y que años después, en un mes de mayo en Guatemala, me regaló Nohora Alvarado, su otra hermana,  cuando nos encontramos en uno de mis periplos latinoamericanos.

Es imposible olvidar a Elsa en tiempos de las redes virtuales, de los App, del WiFi, de la transformación del mundo por la tecnología y las telecomunicaciones. Este escrito me hace pensar que si estuviera viva, seguramente estaría dándonos pistas sobre los retos de la educación a las jóvenes generaciones que consumen diariamente información, que navegan en el mundo virtual cotidianamente, que construyen vidas paralelas, las reales y las virtuales, a través del celular o del laptop.  Toda esta revolución estaría mediada por su cuidadosa reflexión sobre mundos más justos para todos, donde el acceso a la información, pero sobretodo, el no tragar entero, debe estar en el centro de la reflexión educativa.  Estaríamos pensando como aprender a digerir toda esa información que diariamente nos bombardea y que tratamos de aprender a interactuar con los jóvenes de hoy, en estos tiempos donde la inmediatez es la unica manera de sobrevivir.

Elsa, Mario, Iván, están siempre en mi corazón.

 

Tatiana Romero Rey

Toronto, Abril 24 de 2017