Visita de las relatora de las Naciones Unidas sobre la violencia contra las mujeres, sus causas y consecuencias

Las mujeres tienen la palabra. A propósito de la visita académica de la relatora de la Naciones Unidas sobre violencia contra la mujer, sus causas y consecuencias

Los días 7 y 8 de febrero se desarrolló la visita académica de la Relatora Especial de las Naciones Unidas sobre la violencia contra la mujer, sus causas y consecuencias, Reem Alsalem. Este encuentro, que se realizó en Bogotá, estuvo organizado por ABColombia, Cinep/PPP, Sisma Mujer, CODACOP y Ciase. En este espacio participaron mujeres de las diferentes regiones del país, quienes relataron las violencias estructurales que persisten en sus territorios, así como los procesos de resistencia que vienen agenciando desde sus procesos organizativos de base.

A propósito de la conmemoración del 8 de marzo (8M), Día Internacional de los Derechos de las Mujeres Trabajadoras, queremos compartir 5 grandes reflexiones que se generaron en este espacio y que nos convocan a seguir trabajando por la garantía de los derecho de las mujeres, particularmente en aquellos territorios donde se articulan economías extractivas, conflicto armado, racismo y despojo.

1. Continuum de las violencias más allá del conflicto armado. Patriarcado, racismo y capitalismo

Como lo han sostenido los diferentes informes que han reconstruido el conflicto armado interno en Colombia, las violencias que se han ejercido contra las mujeres y personas LGTBI no empezaron o terminaron con este. El uso de esta violencia, en sus propósitos y repertorios, fue posible por la persistencia de un sistema heteropatriarcal que la guerra ha reproducido y sostenido.

Ahora bien, las mujeres participantes de este encuentro -indígenas, negras, afrodescendientes, campesinas y urbano populares que habitan en contextos extractivos y desiguales- han sido enfáticas en anotar que el patriarcado, como sistema de opresión, es insuficiente para explicar la violencia vivida, pues hay una matriz que imbrica patriarcado, racismo y capitalismo sin una relación de jerarquía entre estos.

Una declaración enfática de este encuentro es que el racismo es una forma de violencia, estructural e histórica, que tiende a ser marginalizada. Aquí se cuestiona el llamado enfoque diferencial, centrado solo en nombrar las diferencias, pero que no asume compromisos radicales con la eliminación del racismo que enfrentan las mujeres negras e indígenas, quienes habitan territorios usurpados para actividades extractivas como minería, narcotráfico, turismo a gran escala, agroindustria o ganadería.

Así como se plantea que estos territorios se han convertido en zonas de sacrificio en nombre del ‘desarrollo’, esto es posible también porque quienes lo habitan se convierten en cuerpos sacrificables en tanto que son cuerpos racializados que desde la colonización ha sido cosificados para ser explotados, violados y asesinados sin que estas vidas generen un duelo nacional; esto ha sido una persistencia hasta hoy. Por esta razón, las mujeres plantearon que el feminismo no es suficiente para exigir justicia, verdad, reparación y garantías de no repetición. Estos procesos deben sostener una perspectiva antirracista capaz de reparar a sujetos históricamente excluidos por su posición étnico-racial.

En coherencia con lo anterior, cuando se habla de un continuum de violencia este implica colonización, conflicto armado y economías extractivas, que han producido históricamente despojo, desplazamiento forzado, violación y muerte. Esto también supone reconocer que en esta violencia que se ha ejercido contra las mujeres ha participado el Estado, grupos armados legales e ilegales y empresas, muchas veces actuando en articulación y/o connivencia para apropiarse de los territorios con fines de explotación.  Si bien las mujeres señalaron el papel de las empresas como actores violentos, se indicó el vacío jurídico existente para responsabilizarlas por los actos criminales que cometen lo que favorece la impunidad corporativa.

2. Hablar de la violencia sexual. Desafiando al patriarcado

Una de las violencias más denunciada y problematizada en esta visita académica fue la violencia sexual, sobre todo contra niñas. Organizaciones sociales plantearon la jerarquización de las violencias que han sido reconocidas en el marco del conflicto armado en Colombia, ocupando la violencia sexual contra mujeres, niñas y personas LGTBI un lugar marginalizado.

En este marco, algunas organizaciones enfatizaron en que hablar de esta violencia es un desafío al patriarcado -encarnado en los actores del conflicto- que pretende que estas violencias permanezcan en el ámbito de lo privado e íntimo. Esta marginalización ha implicado que muchas víctimas de violencia sexual no hayan sido reconocidas como sujetos de reparación. Para lograrlo han tenido que adelantar luchas jurídicas, acompañadas principalmente por organizaciones de mujeres y feministas. Una vez logrado, tienen que disputarse que la reparación sea proporcional al daño, toda vez que éste tiende a ser disminuido; por ejemplo, las reparaciones económicas para las víctimas de violencia sexual son inexistentes o considerablemente menores que otras. Según narraron las mujeres, esto da cuenta de la naturalización de la violencia sexual como algo que les ocurre cotidianamente a las mujeres, con lo que pueden vivir y que suele ser excluido del horror de la guerra; de manera que no amerita que esté en la agenda de paz y en los procesos de reparación y justicia. Al tiempo, da cuenta de la impunidad sistemática en materia de violencias basadas en género.

En relación al Acuerdo de Paz, las mujeres hicieron memoria y reflexionaron críticamente sobre algunos aspectos de este proceso relacionados con la participación de las mujeres organizadas. Al respecto, anotaron que hubo una suerte de pretensión de que fuera las mujeres las sacrificadas de la paz, pues se planteaba que incorporar la violencia sexual, como parte de la agenda de acuerdos, tendía más a la división que a la negociación; incluso, recibieron señalamiento de detractoras del proceso.

Si bien la lucha de las mujeres por el reconocimiento de la violencia sexual -como uno de los crímenes más graves cometidos en el marco de conflicto- ha tenido efectos importantes, ha sido un proceso de continua disputa, en tanto que la paz ha sido una negociación dominada por hombres que tienen el poder del Estado y de las armas. En consecuencia, ha sido tratada, más bien, como un crimen aislado y sin conexidad del actuar de grupos armados. Tanto así, que durante 6 años de funcionamiento de la Jurisdicción Especial de Paz no se aperturó un macrocaso de violencia sexual. Solo hasta el año 2022 se anunció el Macrocaso 11 que conocerá crímenes de violencia sexual, violencia reproductiva y otros crímenes cometidos por prejuicio, odio o discriminación de género, sexo, identidad y orientación sexual diversa.

3. Acceso a la justicia, impunidad y reparaciones. La necesidad de perspectivas integrales

Hubo una narrativa común en las participantes sobre la persistencia de un sistema de justicia patriarcal y racista, que establece barreras para que las mujeres hagan las denuncias, que estas tengan el respectivo trámite y se tomen las medidas de prevención, atención y protección correspondientes. De manera particular, las mujeres indígenas han manifestado que tanto el sistema de justicia propio de sus pueblos, así como el occidental son impunes con las víctimas de violencias basadas en género, quienes, además, quedan desprotegidas cuando deciden denunciar; esto aumenta su situación de riesgo.

Por otro lado, la reparación que merecen las mujeres víctimas de violencia de sexual carece de perspectiva feminista y antirracista que tenga como centro el cuidado de la vida en todas sus dimensiones y que le apueste a la sanación. La reparación sigue centrada en una episteme occidental incapaz de reconocer el territorio como víctima, así como los daños espirituales que la guerra ha ocasionado. Desde esta perspectiva, una reparación transformadora integral debe contemplar dimensiones individuales, comunitarias y territoriales; aspectos económicos, psicosociales y espirituales, es decir, una reparación para sanar.

Ahora bien, la reparación de la que hablan las mujeres no idealiza su vida antes de haber sido victimizadas, como una situación a la que desean retornar donde la violencia no existía. Justamente, reconocer la continuidad de las violencias a la que hemos estado expuestas implica que, en términos estructurales, reparar y garantizar la no repetición exige un compromiso radical para eliminar el orden patriarcal, racista y de acumulación capitalista que reproduce estas violencias a manos del Estado, grupos armados, las empresas, actores comunitarios y familiares.

4. Fortalecimiento de las organizaciones de mujeres. Las mujeres resisten juntándose

Este encuentro pone una vez más en evidencia que las mujeres, desde sus comunidades y organizaciones, han desarrollado históricamente procesos de resistencia a la violencia, la militarización, el despojo y la muerte. Ante el escenario antes descrito, las mujeres han fortalecido su capacidad de organización social para protegerse entre ellas, acuerparse y construir alternativas no armadas para hacerle frente a guerra. Lo primero para destacar es que las mujeres resisten juntándose. Ahí donde se ha pretendido fracturar las relaciones comunitarias, el encuentro social y el vínculo territorial, las mujeres han consolidado procesos colectivos que han permanecido en el tiempo. Por otro lado, han aumentado su capacidad de respuesta a la violencia desarrollando procesos de formación en materia de derechos humanos, y han producido materiales pedagógicos situándose en epistemologías propias de sus pueblos.

Vinculado a lo anterior, las mujeres han construido y fortalecido procesos autónomos de investigación y documentación, generando conocimientos y datos propios sobre la situación de violencia que enfrentan en sus territorios, y que muchas veces no registran en las cifras regionales y nacionales. Esto es de particular importancia puesto que las mujeres participantes del encuentro, muchas ubicadas en territorialidades que han sido periferizadas y excluidas del poder político y económico, están desarrollando acciones que les permitan narrarse a sí mismas y no ser narradas, documentadas u observadas por otras mujeres y feministas, ubicadas en organizaciones sociales del centro del país.

Y este 8M…

Las fechas conmemorativas son oportunidades para seguir poniendo en lo público las agendas propias y territoriales de las mujeres; las reflexiones y demandas antes planteadas, abonan motivos para este 8M. Desde diferentes territorios, mareas moradas y verdes se movilizan para seguir exigiendo el país en el que queremos y merecemos vivir: donde podamos tener soberanía y seguridad alimentaria, autonomía económica, permanecer dignamente en los territorios sin riesgo de ser despojadas, donde podamos circular la palabra sin ser silenciadas, donde podamos vivir seguras y sin miedo, y esto excluye definitivamente la militarización. Las esperanzas y promesas de cambio rodean el actual ambiente político nacional y regional, y las mujeres sostienen la premisa histórica ¡Sin nosotras, el cambio no va! Para nosotras, las que participamos de este encuentro, ese cambio necesariamente debe ser feminista, antirracista, redistributivo y popular.

Por: Leidy Laura Perneth Pareja, investigadora de la línea de interculturalidad del Cinep/PPP. Las opiniones expresadas en los artículos son de exclusiva responsabilidad de sus autores y no necesariamente reflejan los puntos de vista de Cinep/PPP.

Foto de portada: Joy Triviño


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